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La amenaza desapercibida de Al Shabab

El secuestro en el centro comercial de Nairobi muestra el fracaso de la guerra contra el terrorismo.

24 de septiembre de 2013 - 05:00 p. m.
El ejército de Kenia retomó el control del centro comercial Westgate. / AFP
Foto: AFP - CARL DE SOUZA
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En la década de los ochenta, Washington decidió embarcarse en uno de los proyectos más absurdos y contradictorios de su política exterior, porque modificaría para siempre el orden de Oriente Medio. En ese entonces había triunfado la revolución iraní de corte islámico y se temía por una eventual expansión del modelo teocrático antioccidental. Británicos y estadounidenses ya se habían involucrado en Irán, cuando en 1953 apoyaron el golpe contra el primer ministro Mossadeq ante la nacionalización del petróleo.

Años después el miedo a la revolución comandada por los ayatolás en Irán conduciría a Estados Unidos a cometer un error craso frente al islam: asumir que la versión chiita tendía al radicalismo, mientras el islam suní contaba con mayores posibilidades de compatibilidad con Occidente. Sadam Hussein, entonces presidente de Irak, se erigía como enemigo acérrimo de la revolución chiita iraní.

Y, como si fuera poco, Hussein proclamaba un modelo de Estado laico, lo que hizo pensar a los estadounidenses que se trataba de una alianza viable para detener la expansión islamista. De igual forma, y asumiendo que la región de Asia Central podía entrar en la lógica de la Guerra Fría, Washington apostó por apoyar en Afganistán a los muyahidines comandados por Osama bin Laden, que acabaron con la ocupación soviética. Dos desaciertos que aún le cuestan al mundo.

Paralelamente, Estados Unidos, Francia y Reino Unido sacaron provecho de la guerra fratricida entre chiitas y suníes en el ámbito islámico, para aislar aún más al gobierno de Teherán, al que siguen castigando utilizando el enfrentamiento en el mundo musulmán.

Entre tanto, en algunas regiones de la África subsahariana, y concretamente en el Sahel, grupos extremistas como Ansar Eddine, Boko Haram y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) han ganado terreno. El caso de Malí aunque de los más visibles, no es el único.

El ataque en Nairobi ejecutado por Al Shabab muestra el fracaso rotundo de la guerra contra el terrorismo y demuestra, con un costo humano lamentable, los errores inexcusables de quienes han combatido en nombre del mundo libre pero con el mismo desprecio por el DIH que los denominados terroristas.

El origen de Harakat al Shabab al Moudjahidin (Al Shabab significa “la juventud”) es revelador de la postura errática sobre el terrorismo desde Occidente. El principal líder y creador del grupo, Aden Fashi Harah, fue miliciano de grupos islamistas somalíes formados en los campos de entrenamiento de Osama bin Laden, utilizado y apoyado por Washington en su contención al socialismo real en Afganistán.

Un dato final que da cuenta del alcance de Al Shabab y la delicada situación regional: se calcula que dos tercios de Somalia llegaron a estar bajo su control, hasta la entrada de tropas de la Unión Africana, motivo que habría desencadenado el ataque de la semana anterior en Nairobi.

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Aunque se insistió en un terrorismo que se limitaba a Asia Central y Oriente Medio, es claro que la radicalización del islam inspirada por las torpezas de Occidente seguirá causando estragos en regiones donde Al Qaeda ha encontrado debilidad estatal para su refugio y expansión. La situación invita a una reflexión profunda, desde todos los confines, sobre el significado y las formas de prevención del terrorismo.

 

 

 

* Profesor de la U. del Rosario

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