Mientras se espera el informe de los inspectores de Naciones Unidas, la cuestión de las armas químicas sigue en el centro del debate, no sólo porque aún no se sabe si dicho informe, más allá de establecer la utilización, permitiría conocer si su uso fue autoría del gobierno o de elementos rebeldes, sino por las consecuencias que una intervención militar tendría sobre el control del arsenal químico sirio.
Para Elisande Nexon, encargada de la investigación de armas químicas y biológicas de la Fundación de la Investigación Estratégica y miembro del Observatorio de No Proliferación, es difícil pensar en bombardeos directos de centrales de producción y almacenamiento. “Por un lado hay que tener en cuenta un muy alto riesgo de contaminación de las poblaciones aledañas; por otro, que municiones y agentes tóxicos queden fuera del control del régimen y sean recuperados por agentes no estatales, que no sólo tienen la capacidad de manipularlos con la seguridad debida, sino que pueden estar tentados a utilizarlos”.
En cambio cree poco posible que Al Asad llegara a utilizarlas como medio de combate o como represalia contra los países vecinos. “Él sabe que la respuesta en ese caso sería brutal, lo que tal vez explica por qué Sadam Hussein tampoco hizo en su momento uso de las reservas de armas químicas con las que contaba. Habría que agregar también que en el caso iraquí los sistemas de control de armas químicas fueron muy rápidamente destruidos y que las condiciones climáticas (el viento se dirige hacia el interior del país) hacían muy riesgoso utilizarlas contra las tropas de la coalición”.
Si, para Nexon, muy probablemente se utilizaron armas químicas en los ataques del 21 de agosto, nada asegura que los autores sean identificados: el gobierno dispone de este tipo de armas y los rebeldes habrían podido fabricar gas sarín artesanal, como el utilizado en los atentados del metro de Tokio, o haber accedido a él por otros conductos. “Una cosa es saber si se usaron armas, otra identificar el agente usado y una más demostrar quién lo utilizó. La interpretación de los resultados puede ser muy delicada, y no siempre la ciencia puede ofrecer las certezas que de ella se esperan”.
De hecho, no hay seguridades en el tema de las armas químicas. Basta con revisar el primer convenio en contra del uso de armas químicas, firmado en el Protocolo de Ginebra de 1925, y que no fue respetado en la Primera Guerra Mundial cuando se usaron armas letales. Tras la guerra, un nuevo acuerdo dejó abierta la posibilidad a algunos países de crear y almacenar agentes tóxicos. Eso sí, aclara el acuerdo, no podían usarlos contra los países que ratificaron el acuerdo, sí contra aquellos que no lo habían firmado o incluso contra sus ciudadanos.
Tras 12 años de negociaciones, en 1992, se adoptó en la Conferencia de Desarme en Ginebra el texto de la Convención sobre Armas Químicas, un tratado internacional por el que se prohíbe el desarrollo, la producción, el almacenamiento, la transferencia y el empleo de armas químicas, además establece la destrucción de estas armas en un plazo de tiempo específico. Entró en vigor en 1997 y la ratificaron 189 países. Siria no fue uno de ellos.
Siria, en alerta máxima
La inminencia de un ataque en Siria por parte de Estados Unidos y Francia hizo que el régimen de Bashar al Asad desplazara un buen número de tropas y armas de Damasco hacia varias ciudades del país. El gobierno sirio se concentra en reorganizar su red de defensa, compuesta principalmente por misiles antiaéreos. Ya se desplazaron varias baterías de misiles balísticos Scud de la que hasta ahora ha sido su base en el monte Calamún, al norte de Damasco, según la inteligencia israelí.
El régimen sirio ha negado hasta el momento haber usado armas químicas, acusa a los rebeldes y califica el informe de Estados Unidos de falso. Asegura que éste se basa en los datos de grupos rebeldes y de la oposición.
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