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La compasión y la fatiga

Retrato de las recompensas y los retos de una misión humanitaria que por estos días asiste a Colombia.

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Es un hombre enérgico, de caminar seguro y elegante. Se llama James Ware, capitán de la misión humanitaria que  estos días tiene a varios cientos de médicos de la Marina norteamericana en una escuela de Tumaco, Nariño. Se le ve siempre con las manos atrás, sonriendo, hablando de la misión que realiza su equipo repitiendo una y otra vez: “Hay que hacer las cosas bien”, “hay que contar esta historia para que cada día ayudemos a más y más…”.

No habla de su pasado. Así que pocos de los que lo acompañan en el buque hospital Comfort, que zarpó el 1° de abril en una gira de cuatro meses por siete países del Caribe y el Pacífico, saben de su época como odontólogo de la Misión de Paz en Beirut, Líbano; ninguno imagina de qué manera los dos camiones bomba que explotaron una madrugada de octubre, en 1983, en el edificio donde se encontraba acuartelado, determina hoy su carácter y la forma en que maneja sus misiones.

Ware prefiere, en cambio, hablar de médicos como Michael Pattison, jefe de optometría de la Marina norteamericana, quien hace unos meses se ofreció como voluntario en la misión para, antes de jubilarse, “tener una experiencia de esas que te cambian la vida”, dice con nobleza. ¿Su mayor satisfacción? “La sonrisa de la gente”, suele repetir, esa que aparece “cada vez que les pones los anteojos y se dan cuenta de que pueden volver a ver”.

El capitán Ware prefiere que también sean voluntarios como Andy Taylor los que aparezcan en las noticias. Californiano en sus veinte, look despreocupado, parecido a Shaggy, el amigo de Scooby-Doo, les pidió dinero a unos cien amigos y familiares para financiar su llegada al buque. Con US$2.000 en el bolsillo, gastó una tercera parte en agujas y se embarcó en el Comfort, en el que vive hace dos meses. Cada vez que la misión llega a una de sus paradas, Andy prepara una mesita y escribe en una hoja de papel: “Acupuntura”. Es un éxito. Sólo el lunes, en Tumaco, atendió a 25 personas.

Como muchos otros, Andy tiene que enfrentar la realidad y explicarles a sus pacientes que sólo habrá una sesión, que la misión se va y que no hay manera de continuar. Hace unas semanas, en Antigua y Barbuda, los nuevos fanáticos de la acupuntura, tras la partida de Taylor, quedaron en manos del doctor Chen, único sabedor de esta técnica ancestral. Cobra por consulta US$180.

Dejar atrás a las comunidades que reciben la súbita y masiva atención de la misión médica es la parte más difícil para este grupo de médicos y voluntarios. Cuando estaban cerrando su trabajo en Haití (la primera parada del Comfort) la capitana Andrea Beltrán lo vivió en carne propia. Esta descendiente de paisas tuvo que explicarle a un haitiano angustiado que ya no había forma de atenderlo. El viejo había entrado al centro de atención con los genitales hinchados, tan adolorido que los traía en sus manos, a plena vista. Su dolencia exigía tiempo y tratamiento. “Me sentí mal, le di incluso mi comida y pensé: cuatro meses de esto, ¿qué voy a hacer?”.

Al no saber manejar esta experiencia algunos pueden sufrir el síndrome de fatiga por compasión. ¿Síntomas? “Irritabilidad, falta de sueño, pérdida de apetito, tristeza e ira”, resume la psiquiatra del buque Karen A. Daily. “En Estados Unidos estamos acostumbrados a hacer más por las pacientes que lo que podemos hacer en estos países”, explica y enumera los casos de pacientes que llegan con tumores en estado avanzado, nunca antes tratados por las instituciones de salud locales, o enfermedades crónicas que la misión no puede tratar.

Poco le gusta hablar de su pasado al capitán Ware. Pero cuando le mencionan el síndrome de la fatiga por compasión cambia la firmeza en su voz y suaviza la mirada. “Les pasa a muchos”, reconoce, “cuando los proveedores quieren darles todas las cosas a todos los pacientes, en todo momento”. Dice estar más allá de este síndrome. Y entonces habla de Beirut. Cuenta que esa madrugada, cuando el edificio de las fuerzas de paz se vino abajo, 241 de sus compañeros, incluyendo sus superiores, murieron casi en el acto por el poder de los explosivos contenidos en dos camiones.

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Como era odontólogo de la misión, el capitán tenía muestras dentales de cada uno de ellos. Los conocía a todos. Y muertos sus superiores, debió liderar la atención a los sobrevivientes y emprender el fatigoso diálogo, de regreso a casa, para ayudarles a los familiares en su duelo, recomponiendo detalle a detalle los últimos momentos de la misión.

Por eso, asegura, no hay espacio para la fatiga. Y así se lo repite a los 750 miembros de su equipo que llegaron a Tumaco y que después de atender a unos 10 mil pacientes en 11  días,   según lo calculado, dejarán a Tumaco y a sus problemas atrás, de regreso a casa.

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El capitán sabe que aún queda por hacer. Pero con una frase le resume a su equipo lo que aprendió con los familiares de los fallecidos en el 83. “No podemos hacerlo todo y, a veces, pese a los muertos, tienes que enfocarte en los vivos”.

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