Parece inevitable que cuando una mujer rompe el techo de cristal que tradicionalmente le estaba reservado como tope, los cumplidos y halagos que recibe suelen ser estereotipos masculinos. “Tiene más pelotas que los Yankees de Nueva York”, dijo de ella Al Hunt, hoy responsable de la oficina en Washington de Bloomberg News y quien contrató a Jill Abramson cuando era jefe de The Wall Street Journal en la misma ciudad. Por aquella época, 1999, otro comentario sobre Abramson publicado en Village Voice era más burdo “tiene pelotas como melones de acero”.
Jill Abramson, de 57 años, será la primera mujer que dirija el prestigioso The New York Times, una institución dominada durante mucho tiempo por el género masculino, en sustitución del actual director, Bill Keller. El género: esa ha sido la cualidad más destacada por los medios de comunicación al informar del ascenso de Abramson en la vieja dama del periodismo, que ya ha cumplido 160 años.
“Sé que no he conseguido este trabajo por ser mujer. Lo he logrado porque soy la persona más cualificada para desarrollarlo”, declaraba Abramson en los días siguientes al anuncio de su nombramiento. Sea como fuere, muchas de las mujeres de la generación de Abramson que ejercen o ejercían el periodismo se han sentido reivindicadas. Según el último censo de la American Society News Editors, sólo hay el 34% de mujeres en puestos de responsabilidad y liderazgo en los periódicos. No es tan lejano para las contemporáneas de Abramson el hecho de que la Sociedad de Periodistas Profesionales no permitió la entrada de mujeres en su fraternidad hasta 1969.
Pero eso ya es historia. El día de su nombramiento, a principios de junio, la propia Abramson reconoció en la redacción del Times que los tiempos han cambiado. Al recordar a sus predecesores, la nueva directora aseveró que ella se sustentaba “en otros hombros”. “Hablo de las mujeres del Times que han tenido que luchar para que sus trabajos se tomasen en consideración y de todas aquellas que lo han logrado”, explicó. Abramson mencionó a Janet Robinson, a la excolumnista Anna Quindlen, a su amiga íntima Maureen Dowd, y a las fallecidas periodistas Robin Toner y Nan Robertson.
De ADN —y fuerte acento— neoyorquino forjado en el Upper West Side de Manhattan, Abramson creció con una biblia distinta a la que existía en muchos hogares. “En mi casa, para mis padres, lo que decía el Times era la verdad absoluta. El Times sustituía a la religión”, explica. Licenciada en historia y literatura por la Universidad de Harvard, colaboró con la revista Time en las elecciones presidenciales de 1976 y después pasó por CBS Noticias, The American Lawyer y Legal Times antes de recalar en 1988 en la oficina en Washington del The Wall Street Journal. Casada con su compañero de universidad Henry Griggs III, con quien tiene dos hijos, Abramson conoció en 1997 a la periodista del Times Maureen Dowd. Ella fue quien le preguntó si sabía de alguna reportera que el diario debiera contratar y Abramson se ofreció. Así pasó a engrosar las filas del diario en Washington. Entre 1999 y 2000 escaló posiciones y llegó a ser la responsable de esa oficina del Times.
Los años vividos en Washington fueron tumultuosos políticamente. Los ataques del 11-S y la invasión de Irak convulsionaron a la Casa Blanca y a los medios. Vivía bajo el asedio del entonces director del rotativo, Howell Raines, que no acababa de confiar en su criterio y la quería fuera de Washington.
Abramson sobrevivió a todas las batallas. En el verano de 2003, a los 49 años de edad, Abramson volvía al hogar como un soldado que regresa del campo de batalla, victoriosa, pero con cicatrices. Entonces decidió tatuarse el hombro derecho para conmemorar la vuelta a su ciudad. El tatuaje elegido fue un token, la ficha que se utiliza para acceder al metro de Nueva York. La razón de su elección obedece a la leyenda que se inscribe en los tokens: “Válido sólo para un viaje”. “Esa es mi filosofía —explica—. La frase es la perfecta combinación de una gran filosofía y la ciudad que amo y en la que nací”.