Las últimas encuestas dicen que Escocia permanecerá como parte del Reino Unido, con un 52% de la votación del referendo que hoy se celebra y que promete cambiar para siempre la historia de este territorio.
Lentamente, la campaña por el no a la independencia de Escocia ha ganado un pequeño margen de victoria sobre el sí. Y es que al menos hasta la semana pasada la idea de independencia para los escoceses comenzó a ser un asunto casi inmediato; en ese momento las encuestas revelaban una corta victoria del sí para después reflejar un empate técnico.
La ventaja del no, de confirmarse la tendencia en las urnas, es casi un efecto directo de una dura campaña de lobby que los políticos británicos emprendieron para mantener la integridad del Reino Unido, claro, pero también la porción importante de la economía que se iría hacia el norte si Escocia llegase a independizarse. Y en esa especie de súplica pública que lleva un par de semanas andando, el gobierno de Londres comenzó a ceder: más autonomía en términos de gobernanza, pero también de redistribución de impuestos e incluso de fijación de tarifas para ciertos tributos.
Pero además de ventajas y concesiones, la munición más dura de Londres en el debate ha sido el miedo: si Escocia se independiza no podrá conservar la libra esterlina como moneda propia y saldrá de la Unión Europea, principalmente.
Ambos puntos están sujetos a un debate amplio, pues Alex Salmond, ministro principal escocés y cabeza de la campaña por el sí, asegura que la libra sería la moneda de una Escocia independiente, aunque los líderes de los tres partidos británicos han negado esta posibilidad y una reciente encuesta señala que dos tercios de los ciudadanos del Reino Unido rechazarían que la propuesta de Salmond se haga realidad.
En cuanto a la entrada a la Unión Europea, el terreno también es algo inestable, pues no resulta claro cuál es el procedimiento para que un nuevo territorio, que ya era parte del bloque, entre de nuevo a un grupo cuyas regulaciones y leyes ya aplicaba. Salmond ha asegurado que el proceso de reingreso a la UE tomaría 18 meses, declaraciones que contrastan con lo dicho por Johannes Hahn, designado comisario europeo de Ampliación y Política de Vecindad, quien dijo que Escocia quedaría por fuera de la UE si gana el voto independentista.
Cabe aclarar que la entrada de un nuevo miembro a la UE requiere que los países que conforman el bloque acepten esta medida, un asunto que, quizá, no le resulte muy cómodo a España, que ya tiene un movimiento independentista en Cataluña.
Pero más allá del debate legal, que no deja de ser importante, Escocia parece tener una mano ganadora en cualquiera de los dos escenarios. Esto tiene que ver con la funcionalidad de sus instituciones y la solidez de una economía que, además de amplios recursos energéticos (gas y petróleo), también cuenta con sectores fuertes como servicios financieros y educación. De ganar el no, es muy probable que el gobierno de Londres rediseñe su relación con Escocia para mejorar la distribución de los recursos y las fortalezas escocesas.
En el caso contrario, la labor de construir un país nuevo no se empezaría completamente de cero ni en un escenario enormemente vulnerable, como sucedió, por ejemplo, en Sudán del Sur: Escocia no se encuentra en medio de una guerra civil o bajo la amenaza inminente de ser invadida por un poder extranjero. De hecho, en su territorio Inglaterra tiene buena parte de su arsenal nuclear (un asunto más para considerar si gana el voto independentista).
De hecho, según cifras del gobierno escocés, si Escocia fuera un país independiente tendría un ingreso per cápita superior al de Francia, Japón y el mismo Reino Unido. Estos números, de acuerdo con Salmond, demuestran que la economía escocesa, de ser manejada exclusivamente por los escoceses, ocuparía uno de los 20 primeros lugares en distribución de la riqueza, según la clasificación de la OCDE.
En un ensayo titulado 42 razones para apoyar la independencia de Escocia, Adam Ramsay escribió que “hay muchos países más pequeños que Escocia que manejan su propia moneda y florecen. La mayoría de las naciones más prósperas del planeta son pequeñas: no hay desventajas inherentes en la reducción de tamaño”. Y puede que tenga algo de razón. Escocia posee hoy un cuarto del potencial de viento para desarrollar energías eólicas en la Unión Europea, así como cerca del 60% de las reservas de petróleo del bloque.
El primer ministro británico, David Cameron, ha tildado la independencia como un “feo divorcio” y en un emotivo discurso en Escocia aseguró: “Si no les agrado, no voy a estar acá por siempre. Si no les gusta este gobierno, tampoco es para siempre. Pero si se van del Reino Unido, eso sí es para siempre”.
La apuesta en Escocia parece ser obtener una versión mejorada del statu quo (con ventajas nada desdeñables, por cierto) o soñar por completo con una costa tan vasta y prometedora como salvaje e incierta.
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@troskiller