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La gran bifurcación que propone el papa

Un experto vaticanista analiza la reforma que plantea el sumo pontífice, las guerras doctrinales internas e incluso los peligros que enfrenta.

El papa Francisco durante una reunión con varios cardenales en la biblioteca de su residencia en la Ciudad del Vaticano. / EFE
Foto: EFE - OSSERVATORE ROMANO
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Cuenta el filósofo húngaro Irving Lazlo que las instituciones avanzan como un ferrocarril convencidas de que van cumpliendo el recorrido sin problemas, pero sin darse cuenta del peligro que hay delante de que se derrumbe el puente que conduce a otras regiones. Se necesita que alguien baquiano y buen conocedor sepa interpretar los terrenos por los que se transita y como el “guardavías” mueva las agujas y reoriente la ruta del tren para que avance seguro. Esto es lo que ha hecho el papa Francisco. Es posible que no conozca tan a fondo la curia —aunque lo dudo, pero sí conoce una IOglesia debilitada por muchos con sus errores, pecados y crímenes e insegura, llena de desasosiegos por los que nada hacen fuera de la rutina encomendada, que han olvidado ser pastores, y fortalecida por quienes a diario dan testimonio cierto de evangelización y de humanización de las sociedades.

Francisco “el guardavías” ha movido las agujas y la IOglesia sale hacia las vías de la pastoral, de la participación, de la desclericalización del laicado, hacia la participación mayor de la mujer y hacia la comprensión de tantas cosas que ameritan misericordia y sobre todo de ir al encuentro con los pobres.

Y lógico que con cada gesto ha pisado callos y privilegios. Las gentes de la curia son como todos los demás y reaccionan de la misma manera como humanamente se reacciona. Ya lo había dicho Maquiavelo: “Ha de considerarse que no hay cosa más difícil de emprender, ni de resultado más dudoso, ni de más arriesgado manejo que ser el primero en introducir nuevas disposiciones, porque el introductor tiene por enemigos a todos los que se benefician de las instituciones viejas y por tibios defensores a todos los que se beneficiarán de las nuevas; tibieza que procede en parte, de la incredulidad de los hombres, quienes no creen en ninguna cosa nueva hasta que la ratifica una experiencia firme”. Y esto se ha dado y es el mismo Francisco el que ha dicho que en buena proporción el enemigo hay que buscarlo más adentro que afuera y lo ha dicho con dureza y claridad.

Y no es raro porque se dice de parte de la mayoría que están a favor del “gran viraje” porque está atacando las tres concupiscencias que por lo común aparecen juntas: la del dinero, la del poder y la de la carne. Y lo ha hecho con decisión, sin permitir sensacionalismos y sin colocar innecesariamente en la picota pública a gente equivocada que estuvo actuando por no saber decir no en el momento indicado.

Quien vaya comparando, irá experimentando cómo entran en el gran funcionamiento de la curia personas de alta entidad moral como el arzobispo Beniamino Stella —nuncio en Colombia por cerca de nueve años—, bajo cuya responsabilidad se encuentra hoy día el clero del mundo, o el arzobispo Pietro Parolin, quien ya se desempeña como secretario de Estado.

Y vienen más cambios todavía. La cizaña creció y ya se distingue perfectamente del trigo y es hora, entonces, de arrancarla. Eso explica una serie de riesgos humanos porque hay quienes dan gracias a la Providencia y otros que se preguntan: “qué otra estupidez se le ocurrirá al argentinito ese”.

 

El G8

 

Sabe Francisco que la reforma de la Iglesia no es tarea para emprenderla solo. Le fascina moverse dentro de los criterios del “colegio apostólico”. Bajo la coordinación del salesiano hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga y con la participación de otros siete grandes cardenales de la acción de la Iglesia en los cinco continentes ha puesto al G8 a pensar sobre las nuevas estructuras de ésta para el tercer milenio.

Se trabaja a toda marcha en esos temas atinentes a la corrupción en todas sus dimensiones, como los asuntos vinculados a la pedofilia, a los malos manejos de los dineros en el IOR (que equivocadamente se denomina como la Banca Vaticana), que por orden del mismo papa ha clausurado 1.200 cuentas de personas que nada tenían que ver con las finalidades de organización de la acción solidaria de la Santa Sede.

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De la misma manera se diseña una más clara participación de los laicos (pueblo de Dios) que supere una etapa de sometimiento que impedía soltar amarras para poder poner al servicio de la Iglesia inteligencia, iniciativas, emprendimiento y participación en el poder entendido como apertura de nuevas esclusas para el servicio. De la misma manera han de desaparecer una serie de oropeles, títulos e indumentarias que nada le dicen al mundo de hoy, al tiempo que no será raro que la Santa Sede como Estado habilite en el cargo de nuncios a laicos que la representen ante las naciones.

El objetivo de este papa es la “transparencia” y así como aparece cercano y tierno, también es capaz de aparecer lejano y duro con quienes habiendo elegido el ministerio sacerdotal o el estado religioso se comportan peor que quienes no lo eligieron. “No le tiembla la mano”, se dice en Roma, porque es una persona absolutamente libre, sin compromisos distintos a los de su misión y decidido en sus determinaciones.

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Y no se va a detener. Él sabe lo que significan los obispos y los quiere tener cerca. No quiere que la Secretaría de Estado se le convierta en un obstáculo para relacionarse con los otros pastores y por ello se va caminando hacia una “colegialidad” cierta que fue la querida por el Concilio Vaticano II y que no ha tenido verdadera realización. Y todo esto entraña toda clase de peligros de los que él es consciente y pone a diario en reflexión a las personas encargadas de la seguridad de este “obispo de Roma” que hace trabajar en exceso a su ángel de la guarda.

 

Las encíclicas

 

En una reunión social en Alemania sorprendió un pastor evangélico hablando de las diez Encíclicas de Francisco. La audiencia reaccionó afirmando que en tan poco tiempo no había escrito ninguna (luego publicaría una sobre la fe que había preparado Benedicto, a la que él añadió algunos párrafos). El pastor replicó diciendo que las encíclicas de Francisco estaban hechas de gestos. Dijo que en los vértices de la Iglesia católica se habían dicho bellísimas palabras pero faltaban los “gestos”. (“Obras son amores y no buenas razones”) y explicaba que “el Verbo se hizo Carne” y traspuso: en Francisco, “el verbo se hizo gesto”. Y son múltiples los que las gentes registran desde el inicio porque es su forma de ser, porque siempre ha vivido así y es una invitación a vivir el evangelio en y desde la realidad.

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John Allen, un gran pensador del Vaticano, ha publicado ya las primeras diez encíclicas, los primeros gestos que cambian la Iglesia y que hacen que las cincuenta mil personas que acudían a las dos citas semanales con Juan Pablo II se hayan convertido en las cien mil y más que vienen a escuchar el lenguaje gestual de Francisco.

Hace unos días, sin embargo, publicó una “exhortación la Alegría del Evangelio”, que desde la época del papa Gregorio Magno (año 590) no se escribía. Ha de servir a todos para saber en términos prácticos cómo percibe, juzga y actúa Francisco. Quien la lea no experimentará sobresaltos y más aún tendrá criterios para acompañar el desenvolvimiento de la misión de este líder espiritual llamado a ayudar a encauzar el mundo.

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La reacción frente a ese documento no se hizo esperar; hubo quienes abiertamente lo consideraron un desacierto. No faltó quien conociendo las prevenciones que tuvo Juan Pablo II frente a la Compañía de Jesús se lamentan de que haya sido precisamente ese papa quien lo hubiera llamado a ser cardenal, pues en efecto los jesuitas que fueron llamados a ese grado —con excepción de Carlo María Martini— superaban los 80 años, lo que no los habilitaba para ingresar en el Cónclave.

El papa además tiene la potestad de nombrar y de remover y se nota en cada uno de esos nombramientos y remociones la larga meditación que los precede. Bien se sabe que humanamente hay en todos los grupos afectos y desafectos. Muchos —por ejemplo— esperaban que una de las primeras decisiones fuera el alejamiento del cardenal Sandri (ítalo-argentino como él) y ello no ha sucedido, transmitiendo así un mensaje que todos han entendido claramente. Muy determinante ha sido su postura frente a quienes cometen acciones criminales que atañen a la justicia civil: “el pecado se perdona, el crimen se paga” y bajo esa lógica ha caído el monseñorino aquel que servía —presuntamente aún— de correo para lavado de dinero.

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La doctrina

 

Quienes esperan de Francisco cambios doctrinales se equivocan de medio a medio. Pero quienes confían en que la Iglesia cambie desde la “jerarquía” la forma de acercarse a la gente, los términos reales de la misericordia y el mandato de la caridad y reconozcan que el cristianismo es una propuesta y no una imposición, entenderán que el acercamiento a los otros procede más por los gestos y las actitudes que por las palabras. El trabajo doctrinal lo perfeccionó el pontificado de Ratzinger; ahora ha llegado la plenitud del pastor, el papa del nuevo milenio que reconoce que, a diferencia de la parábola del buen pastor que sale en búsqueda de la oveja perdida dejando bien resguardadas las noventa y nueve, sale ahora en el tráfago de la globalización en búsqueda de las noventa y nueve que se le han escapado.

Por eso, otra de las divisiones que existen soterradamente es aquella de “los franciscanos” y “los doctrinarios”. A aquellos les importa la frescura y espontaneidad del papa; a éstos les preocupa la improvisación, pero está claro que Francisco no va a ceder. Francisco sabe que nada hay más perverso que una buena palabra seguida de un mal ejemplo.

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Algunos desconocedores de la personalidad de Bergoglio han afirmado que su pontificado es el triunfo de la llamada “Teología de la Liberación”, afirmación que dicha así sin distingos constituye una gran injusticia con los teólogos nacidos en Latinoamérica. Si bien toda auténtica teología es liberadora, hubo una parte de ella que derivó en lucha de clases y en la adopción de la violencia, pero la mayoría de esos teólogos denunció injusticias, anunció la verdad de Jesucristo y hasta llegaron a dar la vida testimoniando que la paz y la justicia se pertenecen.

A los teólogos europeos les costó entender —y aún les cuesta— que “Nuestra América” piensa diferente. En los últimos días hubo quien le preguntara a Francisco si era Marxista; él lo negó, pero afirmando conocer estupendos seres humanos que están en esa orilla. Francisco es un cristiano que vive su fe a profundidad con todas las consecuencias que ello le traiga.

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* Exembajador de Colombia ante la Santa Sede (1998-2007). Consultor en el Pontificio Consejo para los Laicos.

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