El domingo por la noche, la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, recibió en su sede de campaña los resultados finales de una jornada electoral que dejó claro el panorama político del país para los próximos meses y, quizás, para los próximos años. Un resultado que definirá su plan para salir reelegida en los comicios presidenciales de octubre y cómo hacer frente al resto de candidatos de la oposición.
Aunque aún se desconocían los resultados de la votación a boca de urna, los medios ya daban resultados no oficiales, teniendo a la actual presidenta como la más votada de la jornada, seguida por Eduardo Duhalde, experonista, y Ricardo Alfonsín, hijo del expresidente Raúl Alfonsín.
Aunque el resultado no define cuestiones trascendentales, como criticaron algunos analistas políticos (en parte porque la mayoría de partidos presentaron listas únicas), las elecciones primarias que se llevaron a cabo ayer, y cuyo conteo aún se realizaba al cierre de esta edición, en realidad terminaron siendo una suerte de gran encuesta medidora de opinión.
El tema no es menor para ninguno de los candidatos. Desde hace varias semanas el kirchnerismo maneja los sondeos con cautela y en su círculo más íntimo impera un halo de incertidumbre. No por saber si la primera mandataria tendrá o no el primer puesto en la votación. Eso se da por descontado. Sino por saber quién ocupará la segunda posición y cuál será el reparto de los votos de cada uno de los candidatos. En últimas, por conocer quiénes serán los contendores, y qué opciones tendrían, o no, de derrotar a Cristina.
Contrario a las elecciones de hace cuatro años, la euforia y el optimismo kirchnerista se hacen menos evidentes. Saben que los días por venir no serán fáciles.
Meses antes de que la presidenta reconfirmara sus aspiraciones reeleccionistas, desde el núcleo del partido se había organizado el operativo “Cristina ya ganó», que buscó posicionar a la presidenta como la lógica ganadora de unas futuras elecciones. Sin embargo, tras las derrotas electorales en los últimos tres comicios regionales, en Santa Fe, Córdoba y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el gobierno se resguardó.
Por eso, estas elecciones primarias resultan una bisagra para saber si la aspiración de Cristina Fernández de ganar en primera vuelta es una realidad o una ficción.
La expectativa del gobierno es superar el 40% de los votos para crear la expectativa de que en las presidenciales del 23 de octubre podría ganar en la primera vuelta.
Ese es el objetivo que todo el armado gubernamental busca. No quieren una segunda vuelta, pues temen que la oposición tome ventaja. Los partidos opositores lo saben y buscan salir fortalecidos de estas elecciones para convencer a los argentinos de que esa segunda vuelta, tan desestabilizadora para Cristina Fernández, puede estar al alcance de la mano.
Esta tensión se sintió ayer, sobre todo, en la provincia de Buenos Aires, una de las localidades más representativas de lo que puede suceder en el futuro político argentino, pues aglutina cerca del 38% del padrón electoral del país.
Para infortunio del gobierno, en las semanas pasadas desde Casa Rosada se detectó que muchos intendentes de la provincia, otrora kirchneristas, estaban concertando arreglos políticos con el candidato presidencial peronista disidente, Eduardo Duhalde, y el postulante a gobernador de Unión para el Desarrollo Social, Francisco de Narváez.
Los mandatarios locales quieren mostrar su poder real. Si en los conteos finales los intendentes sacan más votos que Cristina y que el gobernador Daniel Scioli, o si éste supera a Cristina, se demostrará que el poder local es la clave para triunfar en el territorio.
Sin embargo, la presidenta, dicen sus allegados, quiere ganar por ella misma, con un número alto, y así demostrar que puede prescindir de gobernadores e intendentes que no son de su entraña. No obstante, algunos funcionarios sienten hoy que Cristina deja afuera a gente cercana al peronismo, para beneficiar lo que ellos comienzan a llamar el “cristinismo”, una nueva división con base en agrupaciones sindicales y las juventudes kirchneristas.
La oposición dividida
Según los primeros reportes, Ricardo Alfonsín (Udeso) y Eduardo Duhalde (Frente Popular), serán los encargados de liderar la carrera opositora hacia la Casa Rosada.
Alfonsín, elegido como único candidato de la Unión Cívica Radical (UCR), aspira a darle una nueva fuerza a esta agrupación, que resurgió en parte gracias a las acciones del vicepresidente Julio Cobos y a la muerte de su padre. Tras su alianza con el peronista Francisco de Narváez, fue fuertemente criticado por el movimiento, pero espera que esta sociedad dé resultados en las urnas. Se muestra como el candidato que puede ofrecer un cambio real al modelo actual.
Por su parte, el cacique bonaerense, como se conoce a Duhalde por la injerencia que tiene en la provincia, cree que es él quien puede reunir en sus filas a la mayoría de los opositores. Ésta sería, probablemente, su última posibilidad de llegar a la Casa Rosada, donde ejerció como presidente entre 2002 y 2003.
Se metió en la competencia para destronar el kirchnerismo porque, asegura, éste le está haciendo daño al país, y afirma que siente esa responsabilidad porque fue quien posibilitó la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia. La buena relación que tiene con varios gobernadores lo puede convertir en un articulador del peronismo “ortodoxo”, para hacerle frente al “cristinismo” para las elecciones de 2015.
Si se confirma su segundo lugar, detrás de la presidenta, apostará todo su caudal a una segunda vuelta. Tanto Alfonsín como Duhalde quieren que el kirchnerismo sea derrotado por una fuerza opositora. Si alguno sale más fortalecido que otro, no es de extrañar que unan sus fuerzas políticas para derrotar al kirchnerismo. Sin embargo, si ambos quedan con un porcentaje de votos similar, la oposición se dividirá y convendrá a los intereses del gobierno para que la mandataria repita mandato.
Las sorpresas
La campaña del socialista Hermes Binner, del Frente Amplio Progresista, quien se opuso a jugar con la UCR por la alianza con De Narváez, fue quizás la más notable de las últimas semanas.
Tras triunfar con su candidato en las elecciones provinciales de Santa Fe, las primarias son la primera oportunidad para verificar la apuesta Binner y evaluar si su proyecto a mediano plazo está realmente encaminado.
Binner, un médico de 68 años, se juega el futuro del espacio progresista. Aunque no compita por el segundo puesto, se estima que se posicionará en los próximos cuatro años como una alternativa para 2015. Hoy, temen en el oficialismo que este impulso que ha tomado el socialista pueda quitarle los votos de izquierda que tiene Cristina.
Es el caso contrario de los candidatos Elisa Carrió y Alberto Rodríguez Saá, quienes pueden quedar con poco margen de acción o incluso excluidos de la carrera electoral si no superan el 1,5% del total de votos.
Para Carrió, de la Coalición Cívica, es su tercera elección presidencial, pero atraviesa su peor momento político, tras romper la posibilidad de un acuerdo con el socialismo y con el radicalismo, en parte porque no quería asociarse a Francisco de Narváez.
Alberto Rodríguez Saá (Compromiso Federal), gobernador de San Luis, por su parte, compite este año por segunda vez como candidato presidencial. Su campaña se centró en su gestión provincial, y espera no quedar tan abajo del expresidente Eduardo Duhalde, ya que ambos precandidatos quedaron enfrentados y se disputan la misma porción del electorado peronista anti K.