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La gran migración humana

Para 2020, 200 millones de ciudadanos chinos vivirán en ciudades, de acuerdo con la meta del gobierno. La idea es crear nuevos consumidores para cortar la dependencia económica de las exportaciones.

25 de marzo de 2014 - 09:18 p. m.
Cada año, las ciudades chinas absorben más de 21 millones de personas, algo equivalente a la población de Australia. / Flickr: La Priz
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Para 2030, o incluso un poco antes, una de cada ocho personas en el mundo vivirá en una ciudad china: cada año, las ciudades de este país absorben poco más de 21 millones de habitantes, un número muy cercano a la población actual de Australia.

Las cifras son de Tom Miller, periodista e investigador, experto en urbanismo y autor de libros como China’s urban billion, en el que describe el panorama de una de las grandes migraciones en la historia de la humanidad: el paso del campo a la ciudad en China.

Después de varios años de expectativa, además de un lanzamiento programado para 2013, el gobierno chino reveló el plan para transformar a 200 millones de sus campesinos en habitantes urbanos para 2020. El proyecto, más que un reto de urbanismo, es un asunto económico: el motor detrás de esta gran migración es la necesidad de crear un mercado interno de consumidores que, a la larga, pueda disminuir la adicción de la economía china a las exportaciones.

La meta del gobierno es que para 2020 al menos el 60% de su población (de casi 1.400 millones de habitantes) se encuentre acomodada en las ciudades. Pero no sólo es un tema de localización, sino de introducción a la vida urbana: acceso a salud y educación, así como la inclusión al sistema productivo. El verdadero problema se encuentra en este punto.

Cerca del 54% de la población china ya vive en ciudades, aunque sólo el 36% de estas personas están registradas como habitantes urbanos, un estatus legal que les permite matricular a los niños en las escuelas locales, acceder a los subsidios destinados a la atención en salud e incluso poder obtener ciertos empleos. En esa disparidad entre la realidad y la legalidad viven 250 millones de personas.

El plan del gobierno chino podría partirse en dos enormes tareas: introducir a la vida urbana a 100 millones de personas que aún viven en el campo y hacer lo mismo con otros 100 millones de habitantes urbanos que hoy son una especie de fantasmas del sistema, espectros de la modernidad. Del 60% de personas que vivirán en una ciudad para 2020, se espera que por lo menos 45% de estos ciudadanos estén oficialmente registrados como urbanos.

La ONU estima que en casi 20 años (1990-2008) China logró que al menos 500 millones de sus ciudadanos salieran de la pobreza extrema. La migración urbana apunta, en un sentido, a lograr casi la mitad de esta meta, pero en menos de una década. En últimas, las autoridades chinas apuestan a lograr la que quizá sea la mayor (y más rápida) ampliación de la clase media en la historia: en 2030, al menos dos tercios de esta población a nivel mundial se concentrará en la región Asia-Pacífico; China e India responderán por el 75% de esta fracción, según cifras de Naciones Unidas.

La gran migración será, ante todo, un asunto costoso. Se calcula que el gobierno chino deberá invertir más de US$600 mil millones por año para la construcción de nueva infraestructura: colegios, hospitales, torres de apartamentos, trenes de alta y baja velocidad, carreteras… Además de este dinero, el Estado también deberá destinar recursos para el funcionamiento de sistemas de educación y salud que absorberán mayores cargas.

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El movimiento urbanizador ha sido resistido por campesinos en varias regiones del país pues, en últimas, estos pierden su estilo de vida y, sobre todo, su tierra, que pasa a control del Estado, a cambio de una vivienda en un edificio. Además de la reubicación, el gobierno paga el uso de la tierra, primero con un pago inicial y después como una especie de pensión que está diseñada para suplir las necesidades de aquellos que no encuentren trabajo en la ciudad. Varios críticos del modelo aseguran que la apuesta por la supervivencia a largo plazo del campesino es demasiado arriesgada y predicen que, de no implementar un sistema que efectivamente pueda absorberlos, lo que se creará es un nuevo nivel de pobreza; se han reportado casos de personas que han preferido inmolarse antes de abandonar su aldea. “Los pobres rurales son ahora pobres urbanos y en el proceso se volvieron invisibles”, en palabras del fotógrafo James Nachtwey, quien ha documentado migraciones similares en otros lugares de Asia.

Para todos los efectos, la migración ya está sucediendo y, de hecho, puede rastrearse por lo menos 30 años atrás, cuando la población urbana comenzó a crecer en más de 500 millones de personas, “el equivalente a juntar los habitantes actuales de Estados Unidos, Francia, Inglaterra e Italia”, dice Miller. Sólo desde 2008, 80 millones de ciudadanos chinos salieron del campo a la ciudad, una cifra que supera los habitantes de París, Nueva York, Londres, Roma, Boston y Los Ángeles juntos.

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El plan del gobierno chino, entonces, es formalizar, expandir y acelerar un proceso que estaba sucediendo naturalmente, aunque sin las condiciones necesarias para la gente. Y este es un movimiento interesante porque parece ir en contravía de un mantra mundial que considera la ciudad como el principio y fin de todos los males; Naciones Unidas estima que el 72% de los países en desarrollo intenta frenar el paso del campo a la ciudad.

“Uno de los problemas que hay es que si no construyes hacia arriba, lo haces hacia los lados. Y eso no ayuda a nadie”, dice Edward Glaeser, economista y profesor de Harvard, además de ser el autor de El triunfo de la ciudad.

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Lo que Glaeser argumenta es que, en el fondo, la ciudad puede ser la solución para el problema de la humanidad, por paradójico que suene. Se cree que la especie habita apenas el 4% del suelo arable gracias a las concentraciones urbanas. Algunos estudios aseguran que el consumo de recursos (energía y alimentos, primordialmente) puede ser más racional en una ciudad y que, en sitios densamente poblados, la menor extensión de redes de servicios de entrada representa un ahorro importante.

El punto tampoco es agrupar vastas cantidades de población en un solo lugar. El desarrollo urbano va entrelazado al económico. De cómo se asuma la urbanización, en términos de calidad de vida, dependerá el éxito del plan chino y, de paso, de su economía. Pero esto no es sólo cierto para China, lo es también para el resto del planeta.

 

slarotta@elespectador.com

@troskiller

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