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La gran revuelta siria

Las manifestaciones en Siria han ido creciendo rápidamente, especialmente las últimas semanas. El gobierno de Bashar el Asad las ha reprimido violentamente.

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La “Gran Revuelta Siria” en 1926, donde el pueblo se movilizó en la primera gran protesta árabe contra los colonizadores, renace 85 años después. Tras la muerte del presidente Hafiz al Asad en 2000 (gobernante sirio desde 1970), asumió el poder su hijo Bashar, reafirmando un régimen autoritario en lo político y neoliberal en lo económico, que resuelve las “externalidades del mercado” con represión. Los nuevos ricos suníes se han enriquecido debido a las privatizaciones.

La situación de derechos humanos ha sido siempre lamentable. Dos ejemplos son la represión contra los Hermanos Musulmanes en 1982 (cuando las fuerzas sirias atacaron la ciudad de Hama, matando más de 10.000 personas), y contra los kurdos en 2004.

Asad, chií, gobierna una población mayoritariamente suní, y aunque la agenda religiosa es secundaria, el régimen manipula lo religioso en contra de los Hermanos Musulmanes, quiénes, según Ignacio Alvarez-Ossorio, han optado por “la renuncia a la creación de un Estado islámico, la aceptación del pluralismo político, el rechazo a la violencia y el diálogo con la oposición, [como] los pilares de su estrategia” en tanto actor político determinante, e interlocutor obligatorio de cualquier eventual nuevo gobierno.

El ejército permanece unido, aunque las divisiones vendrían con la intensidad de las protestas. El hermano menor del presidente es el responsable de la Guardia Presidencial y el cuñado es jefe de la inteligencia militar. Es posible que no se dé una ruptura en la cúpula militar, aunque podría suceder en los mandos medios, probabilidad remota si se tiene en cuenta que el 80% de los oficiales son de su grupo religioso, alauíes.

Hasta hace pocos días, Siria no aparecía en la lista de países con fuertes disturbios. Pero eso no significa la ausencia de una movilización política. En 2000, un grupo de intelectuales dio a conocer su primer “Manifiesto de los 99” que pedía el fin del Estado de Emergencia, la liberación de presos, el retorno de los exiliados y garantizar un régimen de libertades.
 
Otro antecedente importante es la “Declaración de Damasco”: en 2005, un grupo de casi 300 activistas llamaron al gobierno a acabar el Estado de Emergencia (vigente desde 1963) y permitir una mejor libertad de expresión. Entre 2006 y 2008, muchos de los firmantes fueron encarcelados, acusados de “debilitar el sentimiento nacional”.

Algunos consideraban que la popularidad de Asad y un mejor estándar de vida que la de otros países árabes, serían suficientes para frenar las revueltas. Sin embargo, las protestas están en pie desde el 26 de enero, cuando un sirio se inmoló (como hizo un tunecino) para protestar contra el Gobierno. A partir de ahí, han ido creciendo, especialmente en la última semana. Parte esencial del movimiento es un grupo de sirios muy jóvenes, algunos menores de edad, que han invitado a las manifestaciones a través de Internet y grafitis en los muros.

La represión a protestantes en la ciudad sureña de Daraa fue un salto cualitativo en el nivel de los disturbios. Las marchas fúnebres (como en otros países) terminaron en protestas. Una de las consignas que se oye es: “Alá, Siria, libertad”. Los muertos y las marchas van en aumento. Varias estaciones de policía han sido atacadas y quemadas, así como sedes del partido de gobierno.

Ante ese panorama, el gobierno ha reaccionado de distintas maneras: prometer reformas, liberar prisioneros (como hizo Bahréin), promover marchas pro-gubernamentales (como casi todos los gobiernos árabes), subir salarios (como Egipto) y culpar de los muertos a “bandas extranjeras” (como Libia), incluyendo la violencia contra los civiles, dejando decenas de fallecidos y cientos de heridos.

A nivel internacional, Siria ha incrementado sus relaciones con Irán (por su enemistad compartida hacia Irak) y ha sido acusada de ser correa de transmisión del apoyo de Irán a Hezbollah (en Líbano), al Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas) y a otros grupos palestinos de resistencia. Además, el gobierno iraquí títere ha acusado a Siria de ser responsable de algunos de los actos de terrorismo en Irak.

Los Estados Unidos, que consideran a Siria apoyo del terrorismo, plantean hoy un acercamiento progresivo, apuntando a que su papel en la devolución de los Altos del Golán (arrebatados a Siria por Israel en 1967) esté supeditado a que Siria detenga su apoyo a grupos armados en la región. Israel ya afirmó públicamente su preferencia: que se ataque a su enemigo sirio, como se hizo con Libia y como se debería, según él, hacer con Irán (lo dice mientras perpetra ataques a civiles en Gaza). Así, en las revueltas, Estados Unidos esperaría, como su protegido Israel, una Siria más lejos de Irán y más cerca de la agenda sionista.

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