El ascenso y la caída de Hosni Mubarak se han desenvuelto bajo las paradojas propias de la guerra y la paz. Mubarak se convirtió en un héroe en 1973, cuando lideró exitosas operaciones de aviación que fueron decisivas para que Egipto recuperara el canal de Suez y la península del Sinaí, que el país había perdido con Israel luego de la Guerra de los Seis Días (1967). Cuando fue nombrado vicepresidente del entonces mandatario Anwar Al-Sadat, en 1975, la opinión general era que su ascenso había sido en reconocimiento a sus triunfos bélicos.
Sin embargo, desde 1981, cuando el asesinato de Al-Sadat (otro acto de violencia) lo precipitó sobre la silla presidencial, fue gracias a la paz que Mubarak conservó con el apoyo internacional y doméstico necesario para sostenerse 30 años en el poder. En una entrevista, concedida durante la conmemoración de los 25 años de la guerra del 73, Mubarak dijo: “Fue una guerra librada para construir el camino hacia la paz”.
Los logros diplomáticos de Mubarak durante los primeros años de su gobierno fueron tan excepcionales como sus hazañas militares. Cuando asumió la presidencia, Egipto se hallaba completamente aislado de sus vecinos árabes y musulmanes. La mayoría de estos países habían roto sus relaciones diplomáticas luego del tratado de paz con Israel, en 1979. Egipto incluso fue expulsado de la Liga Árabe y la sede de la institución se trasladó a Túnez.
La estrategia que desplegó Mubarak para recuperar su posición dentro del mundo árabe fue apoyar a Saddam Hussein en su guerra contra Irán. Le prestó asistencia militar al líder iraquí, y gracias a su decisiva influencia dentro del mundo árabe durante la década de los ochenta, para 1988, cuando finalizó la guerra con Irán, Egipto ya había superado su etapa de aislamiento. En 1990 la sede de la Liga Árabe regresó a El Cairo.
Pero la historia de las alianzas egipcias refleja las contradicciones en la política de Oriente Medio, en especial cuando hay presencia de intereses occidentales: en 1990, Egipto se unió al esfuerzo internacional liderado por Estados Unidos para remover a las tropas iraquíes de Kuwait.
Mubarak ha sido la figura clave para convertir a Egipto en el centro de la política exterior estadounidense en Oriente Medio. A cambio, ha sido desde los años ochenta el segundo receptor de fondos provenientes de Estados Unidos, luego de Israel. La ubicación geográfica de Egipto, con un pie en África, otro en Oriente Medio, y una frontera con Israel, constituye un cruce de caminos que se asemeja a su papel diplomático. Egipto, durante el gobierno de Mubarak, se convirtió en el eslabón a través del cual se comunicaban los países que lo rodean, cuyas tensiones hacen que la región esté en un estado de emergencia permanente.
Igual que en el interior de Egipto, donde el “faraón” mantuvo su propio estado de emergencia. El precio que Estados Unidos ha tenido que pagar para utilizar a Mubarak como una pieza de estabilidad en una región impredecible ha sido, fuera de los US$2.000 millones de ayuda militar anuales, el apoyo a un régimen que ha hecho del país un inclemente estado policial.
En junio de 2010 también se produjeron protestas contra el gobierno en Alejandría y El Cairo. Aquella vez fueron por el asesinato de Khalid Said a manos de la policía, quien fue brutalmente golpeado frente a varios testigos. En su momento, Aida Seif El Dawla, directora del Centro Nadim para la Rehabilitación de las Víctimas de la Violencia, dijo a los medios que el caso de Said había ocurrido en flagrancia, pero que no era inusual. La cantidad de casos de tortura y desmanes policiales que el Centro Nadim ha documentado se incrementaron durante los últimos años.
“La furia de la gente está aumentando, y el miedo es lo único que mantiene la estabilidad del régimen”, dijo El Dawla. “El objetivo de historias como esta es aterrorizar a las víctimas y a las personas que rodean a las víctimas. Así es como está gobernando el régimen: con la mano del terror”.
En las inmediaciones de la Plaza Tahrir, el escenario donde se produjeron las protestas pacíficas que los ojos del mundo no dejaron por un día desde que se iniciaron, se alza el Mugamma, la sede de la burocracia egipcia y uno de los primeros objetivos que los protestantes decidieron cerrar a la fuerza. Quizá la segunda institución más odiada luego de la Policía. Es un edificio que recuerda las construcciones estatales de la Cortina de Hierro y era usual que los egipcios dijeran que allí había más almas en descanso que en el Valle de los Muertos.
En un país de casi 80 millones de habitantes, unos 3 millones trabajan en un sistema burocrático de ineficiencia casi sobrenatural. Según un estudio, el burócrata egipcio promedio trabaja veintisiete minutos diarios. El sistema, que fue creado por el coronel Gamal Abdel Nasser, en 1952, y que Mubarak heredó cuando asumió la Presidencia, se caracterizó por su continuo y prolongado desgaste.
Durante las últimas semanas la Plaza de Tahrir pasó de ser el escenario de una matanza al lugar donde se está realizando la celebración más sorprendente de Oriente Medio durante las últimas décadas. Fuera de la Revolución de los Jazmines en Túnez, el único evento que se le asemeja es la caída del Shah de Irán y el ascenso del Ayatollah Humeini, que curiosamente también ocurrió un 11 de febrero.
Sin embargo, algunos creen que puede ser demasiado temprano para celebrar: “Me preocupa que la euforia de la revolución egipcia sea prematura. La revolución, al fin y al cabo, no ha terminado”, afirmó Shadi Hamid, director del centro de investigación Brookings Doha. “Una toma militar, aunque ciertamente sea preferible al statu quo, no es lo mismo que una democracia. Los militares no son de ninguna manera una organización democrática y han sido la columna vertebral del régimen de Mubarak”.
Mientras que el “rais”, otro antiguo aliado de Occidente caído en desgracia, termina de desprenderse de la Presidencia, muchos temen que la revolución sea sólo cosmética. Que cambie de rostro aunque no de contenido. La decisión está ahora en manos del Ejército, que hasta el viernes se había mantenido obstinadamente fiel a Mubarak. “La pregunta es si los militares van a construir un nuevo orden democrático con la oposición o si van a perpetuar el poder militar bajo la semblanza de la política civil”, dijo Robert Springborg, profesor en el Departamento de Temas de Seguridad Nacional, en la Escuela de Posgrados Navales de Estados Unidos. “Hay dudas precisamente porque los miembros del Consejo Militar Supremo fueron nombrados por Mubarak y porque su jefe es el ministro de Defensa, Mohammed Hussein Tantawi”.
Entre tanto, Hosni Mubarak sigue la suerte de tantos otros dictadores depuestos. Las cuentas bancarias suyas y de su familia han sido congeladas por los bancos suizos y el expresidente abandonó El Cairo, quizás en búsqueda de asilo internacional.
Mubarak tenía una superstición que pareció haberse cumplido. Cuando asumió el poder se rehusó a nombrar a un vicepresidente por temor a tener un sucesor. El primer nombramiento de este cargo lo realizó el 29 de enero de 2011 y dos semanas después su gobierno se vino abajo.
El nuevo jefe del Estado egipcio
Los cables diplomáticos de Estados Unidos revelados por Wikileaks lo describen como un militar comprometido con la idea de evitar otra guerra con Israel. Mohamed Hussein Tantawi, en su calidad de ministro de Defensa de Egipto y líder del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, es la máxima autoridad del gobierno después de que Hosni Mubarak renunciara a su cargo como presidente.
Tantawi es un exmariscal de campo de 75 años, que completa dos décadas al frente de la cartera de Defensa, a la que llegó luego de participar en las guerras contra Israel de 1956, 1967 y 1973. Es uno de los hombres más influyentes en el ejército egipcio y uno de los militares más cercanos a Mubarak. Medios estadounidenses informaron que durante las últimas dos semanas mantuvo contacto con la Casa Blanca, al parecer para planear el relevo en el poder.
La principal labor que ahora recae en sus manos es la de guiar el país hacia una transición democrática.
El número dos del gobierno
Con la salida de Hosni Mubarak, el general Sami Enan, jefe del Estado Mayor de la Defensa, se convirtió en el segundo hombre con más autoridad en Egipto. El grupo islámico-radical de los Hermanos Musulmanes se refirió a él durante la crisis como uno de los grandes candidatos para asumir el poder en el futuro por su aceptación entre los opositores y su buena relación con Estados Unidos.
Enan es un general de la Fuerza Aérea, mantenía una relación estrecha con Mubarak y fue quien encabezó la protección de su seguridad durante la crisis.