Expreso de entrada mi rechazo tajante a la ofensiva militar en Gaza. La he condenado y lo seguiré haciendo, como me he opuesto y me seguiré oponiendo a la ocupación, el bloqueo y las políticas de Israel en los territorios ocupados. Sin embargo, el tratamiento de los recientes eventos en Gaza me ha producido reacciones encontradas. Al tiempo que ha reavivado y fortalecido un sentimiento de solidaridad con el pueblo palestino, ha generado preocupación por la facilidad con que, a la sombra de las justificadas críticas, se reproducen estereotipos rayanos en el antisemitismo (en el sentido más utilizado de la palabra) y se ignoran hechos que afectan las posibilidades de paz. Y no me refiero únicamente a la explosión en las redes sociales de videos, trinos y comentarios de diversa índole y procedencia, sino también a buena parte de los análisis de personas que podrían pensarse informadas y conocedoras del conflicto. Aunque efectivo en su propósito, lo más descabellado que he visto en el cubrimiento de los eventos recientes es la equiparación de esta tragedia con el Holocausto. Y ello – reitero el punto – inclusive por parte de analistas y académicos informados.
La acción militar en Gaza ha generado un justificado rechazo. Pero desde la perspectiva de la resolución de conflictos, no es sano simplificar los eventos al punto de distorsionar el contexto más amplio. Presentar como un hecho fehaciente que la población israelí celebra unida y alborozadamente las explosiones que destrozan hospitales y escuelas y despedazan personas o que acogen sin inmutarse el llamado de una parlamentaria israelí a asesinar madres inocentes es caricaturizar la situación. La representación de una insensibilidad generalizada ante la tragedia ignora las expresiones de rechazo de israelíes horrorizados por las imágenes difundidas en los medios de comunicación. Algo va de apoyar la política de defensa a ensalzar la destrucción de hogares, el descuartizamiento de niños o las políticas de sometimiento y humillación. Poca cabida tienen en esta andanada de trinos y videos los columnistas de opinión de medios israelíes que claramente rechazan la operación y condenan una guerra que califican de “prevenible”. Se invisibilizan, también, la objeción limitada de conciencia de soldados israelíes ante órdenes que implican atentados contra la población palestina, en especial desde la guerra en el Líbano, al igual que los movimientos y las organizaciones que se oponen a la ocupación y luchan por el respeto a la dignidad y los derechos de los palestinos. No se habla de experiencias como Neve Shalom, ni de un largo etcétera de iniciativas ciudadanas de paz.
Se cuelga la foto de un soldado israelí parapetado tras un “niño” palestino, pero no se difunden las críticas de una académica jordana a Hamás por recurrir a niños para defender el territorio. Se nos pide que busquemos la palabra árabe en hebreo como muestra de lo que “los judíos” piensan de los árabes, pero no que hagamos lo mismo con relación a lo que “los árabes” piensan de “los judíos”. Nos inundan con trinos de judíos extremistas, pero no con trinos de extremistas palestinos. No son muy diferentes, pero no por ello podemos afirmar que la mayoría de madres palestinas celebrarían el asesinato de madres judías. No hay mención de aquel sector de palestinos que glorifica el martirio, siempre y cuando el sacrificado acabe también con la vida de unos cuantos civiles judíos.
Se presenta la perspectiva de funcionarios extremistas israelíes y se omite la de funcionarios extremistas palestinos. Fácilmente encontraríamos posiciones no sólo antisionistas, sino abiertamente antijudías. Sin ir más lejos, la aún vigente Carta Fundacional de Hamás recurre – como en su momento lo hicieron los nazis y hoy lo hacen los grupos neonazis y el ku klux klan – a los probadamente falsos Protocolos de los Sabios de Sión para atribuir a los judíos la responsabilidad por las revoluciones francesa y bolchevique, las dos guerras mundiales del siglo pasado, un plan de dominación orbital y el haber “puesto el dedo” en todas las guerras del mundo.
No puede pasarse por alto, sin tener un propósito ulterior, el hecho de que el 62% de los israelíes apoya la fórmula de los dos estados y que el 44% apoya el desmantelamiento de la mayor parte de los asentamientos en Cisjordania como parte de un acuerdo de paz con los palestinos. Estas cifras, nada despreciables, evidencian la complejidad de sentimientos y percepciones de la población judía de Israel.
Tampoco podemos dejar de lado la desconfianza mutua sobre las intenciones de la contraparte ni el profundo sentimiento de amenaza que cada cual experimenta. Porque si bien es cierto que un 81% de los palestinos piensa que el objetivo de Israel en el largo plazo es extender sus fronteras desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, expulsando de paso a los árabes o negando sus derechos, también lo es que el 31% de los israelíes piensa que en el largo plazo los palestinos pretenden conquistar el estado de Israel y destruir buena parte de la población judía en el territorio. De manera sorprendente, esta opinión es compartida por un porcentaje similar de palestinos. El 28% de ellos piensa que el objetivo de la Autoridad Palestina y la OLP es conquistar el estado de Israel y obtener control sobre el territorio palestino anterior a 1948 o conquistar Israel y destruir buena parte de la población judía de ese estado. Por otro lado, si bien el 77% de los palestinos teme sufrir algún daño a manos de Israel o que sus tierras sean confiscadas o sus casas demolidas, también el 51% de los israelíes teme por su seguridad o la de sus familias a mano de los árabes, todas estas cifras de una encuesta reciente del Palestinian Center for Policy and Survey Research. Desde la percepción ciudadana, poco importa si Hamás tiene efectivamente la capacidad de destruir a Israel o si el grado de sufrimiento es equiparable.
Buena parte de lo que he leído estos días presenta la lucha de importantes sectores palestinos como una resistencia a la ocupación, dando a entender que si ésta llegara a su fin, los dos pueblos podrían convivir pacíficamente, respetando las fronteras de 1967. Pero, una vez más, se deja de lado hechos inconvenientes para el argumento. Por ejemplo, que Hamás repetidamente ha calificado de traidores a quienes aceptaron la partición de la Palestina histórica en los acuerdos de Oslo. Más aún, para un pueblo que ha sufrido siglos de discriminación y persecución y que hace tan sólo dos o tres generaciones fue blanco de un plan sistemático de exterminio, tiene que resultar alarmante en extremo lo que consagra el preámbulo de la Carta: “Israel existirá, y continuará existiendo, hasta que el Islam lo destruya, de la misma manera que destruyó a otros en el pasado”. O lo que consagra el artículo 7 de la misma Carta: “El Profeta, que Alá le bendiga y le dé la salvación, ha dicho: El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes combatan contra los judíos y les den muerte.…”.
Poca confianza puede generar entre los judíos las variables e inconsistentes declaraciones de Hamás sobre el estado de Israel. Aunque en ocasiones voceros de Hamás han implícitamente aceptado que el reconocimiento podría reconsiderarse, en otras la negativa ha sido meridiana. Por ejemplo, en declaraciones al diario The Times of Israel la semana pasada, el Sheikh Hassan Youssef, funcionario de Hamás en Cisjordania, afirmó que “la cuestión del reconocimiento de Israel no es debatible mientras ocupe nuestra tierra” (presumiblemente se refiere a los territorios ocupados y no a la Palestina histórica). Sin embargo, en entrevista con Al Monitor el 22 de abril de este año, el líder Mousa Abu Marzouk señaló que el “gobierno futuro no está interesado en darle a Israel ese reconocimiento”, afirmando, de manera más contundente, que el reconocimiento de Israel es “una línea roja que no puede cruzarse”.
No es suficiente volver sobre la injusticia de la decisión original de la comunidad internacional de dividir el territorio palestino y sobre los innumerables crímenes cometidos por Israel o rechazar la ocupación, la discriminación, el maltrato y la explotación. Es también necesario identificar las fuerzas y tendencias que en cada bando obstaculizan la posibilidad de una paz duradera sobre la base de la única solución que parece posible y que de hecho es aceptada por la mayoría de los palestinos y los israelíes.
Encuestas recientes muestran que el 59% de los palestinos (63% en Cisjordania y 52% en Gaza); el 61% de las mujeres y el 57% de los hombres; el 78% de los miembros de Fatah; el 64%, 68% y 53% de quienes se definen como poco religiosos, no religiosos, o religiosos, respectivamente; el 70% de los palestinos que apoyan el proceso de paz; el 63% de quienes trabajan en el sector público y el 57% de los que trabajan en el sector privado, consideran que el Gobierno de Conciliación debería aceptar los acuerdos existentes con Israel, firmados por la OLP. En contraste, sólo el 38% de quienes apoyan a Hamás comparten esta perspectiva.
Las acciones israelíes en Gaza alimentan la dinámica de confrontación, endurecen posiciones, generan odio y deseos de venganza y favorecen intereses que bloquean salidas constructivas. La fórmula de los dos estados se ve cada vez más lejana como consecuencia de las políticas israelíes que minan la viabilidad del eventual Estado (entre otras, la bantustanización del territorio palestino y la expansión de los asentamientos), pero también por la insistencia de sectores palestinos minoritarios en presentarla como una “solución temporal” con miras a una “liberación por fases” de Palestina, en contravía con la posición de las mayorías.
Quizá es hora de aceptar el hecho de que el 68% de los palestinos no favorece la solución de un estado único para palestinos y judíos en condiciones de igualdad, que el 58% se opone a una intifada armada y que el 69% favorece la resistencia no violenta a la ocupación. Quizás esta alternativa lleve al debilitamiento de sectores israelíes radicales, de los que Netanyahu es digno representante, que explotan el sentimiento de inseguridad para justificar salidas de fuerza, tomar medidas represivas contra la población y avanzar en el objetivo de negar las condiciones que permitirían la emergencia de un verdadero estado palestino.