El ascenso de Bernie Sanders en las elecciones primarias del Partido Demócrata en Estados Unidos aparece como fiel reflejo de las transformaciones por las que atraviesa el país.
Comenzó la campaña con una fuerte desventaja frente a su principal rival, Hillary Clinton, conocida al menos por un 90 % de los estadounidenses, y siendo este un desconocido para más de la mitad de los norteamericanos. Con su victoria reciente en los Estados de Alaska, Washington y Hawai, su eventual nominación gana fuerza, aunque todavía esté lejos de ser favorito para obtenerla.
Este avance, sin embargo, representa una victoria importante de la izquierda en los Estados Unidos, donde se pensaba imposible tal tendencia.
Cabe recordar que Sanders, aunque haga parte del grupo de demócratas en el Senado, no es miembro de ese partido, es independiente, lo que les otorga aún mayor valor a sus victorias, pues su ascenso no está apalancado en la estructura partidista.
Sanders no sólo simbolizaría un cambio histórico, por la llegada del primer presidente socialista, sino que sería la primera vez que un judío lo haría. Valga decir que Sanders habla poco de su relación con la religión. Su principal consejero político y jefe de gabinete, Huck Gutman, quien es a la vez profesor de literatura, ha confesado que jamás ha tocado el tema con el candidato, pero sin duda, esta condición pesará en los debates sobre la política exterior de EE.UU. en Medio Oriente.
Sanders, quien ha anunciado que desea ser “amigo” de Palestina y ha convocado a la comunidad internacional para la reconstrucción de la Franja de Gaza, deberá enfrentar una presión feroz por decantar o incluso radicalizar su postura, frente a un espinoso tema en el que pocos apuestan por un cambio verdadero en la diplomacia estadounidense.
Por otra parte, el apoyo creciente al candidato independiente revela la crisis del modelo. Parcialmente, Barack Obama develó profundas contradicciones al insistir en una protección social para las clases menos favorecidas. La simpatía que despierta Sanders, no obstante, muestra una clase media descontenta e inquieta respecto de su futuro económico, a pesar de algunas reformas de los gobiernos demócratas.
El mayor apoyo que recibe el senador de Vermont proviene de ciudadanos menores de 50 años, desencantados con el abandono de la política redistributiva aplicada exitosamente hasta los 80.
Como lo recordó recientemente Tomas Piketty, entre 1930 y 1970 el esfuerzo fiscal para cerrar la brecha fue notable y produjo resultados que ni siquiera en Alemania o Francia se consiguieron. No obstante, Ronald Reagan terminó con el progresismo fiscal. Ni Bill Clinton ni Obama pudieron recuperar esa dinámica redistributiva, con el agravante de una concentración de ingresos en aumento.
Es difícil que Sanders consiga la nominación demócrata, pero su carrera revivirá varios debates sobre correcciones urgentes aplazadas en las últimas décadas y ocultas bajo la victoria cada vez más relativa sobre el socialismo.
* Profesor Universidad del Rosario.