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La lenta desaparición de Fidel

El periodista estadounidense, que vivió en la isla durante los años 90, hace un relato del régimen de Fidel Castro. Según dice en este texto exclusivo para El Espectador, su retiro fue como su vida: una larga y bien diseñada epopeya.

25 de febrero de 2008 - 11:44 a. m.
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A comienzos de los 90, cuando vivía en La Habana con mi familia, mi hija mayor, Bella, que entonces tenía unos seis años, llegó de la escuela una tarde en estado de excitación. Me preguntó: “Papá, ¿sabes qué significa amor?” Fingí ignorancia. En una inhalación profunda, Bella recitó: “Amor es lo que Fidel siente por la gente”.

Cuidadoso de no mostrar mi consternación, felicité a Bella por su destreza de memorización y ella brilló de orgullo. Estaba, con razón, muy complacida de su logro educativo.

El colegio de primaria al que iba era el Eliseo Reyes, bautizado en honor a uno de los guerrilleros que acompañaron a Ernesto Che Guevara en su expedición final a Bolivia y quien murió con él allí, luchando por la causa de la revolución marxista. Sobre la puerta de entrada del colegio había un letrero de madera que decía: “¡Muerte a los traidores!”

La cartilla de la escuela tenía pequeños símbolos ilustrando cada letra del alfabeto. ‘F’, por ejemplo, simbolizaba “fusil”, y ‘T’ era para “tanque”. El libro estaba salpicado con frases de Fidel sobre la importancia de la educación, el estudio y los deberes revolucionarios. Había fotos también. Una mostraba a un joven Fidel montado en un tanque entrando a La Habana. Otra lo mostraba en el centro de batalla, comandando las tropas cubanas durante la invasión de Bahía Cochinos en 1961. En la cartilla, Fidel Castro era siempre simplemente “Fidel”.

Inevitablemente, durante los tres años que vivimos en Cuba, Fidel se convirtió tanto en una figura familiar como totémica para mis hijos —mitad abuelo, mitad Dios—. Con sus obras y aforismos como alimento diario, y su rostro y su voz omnipresentes en la televisión nocturna, llegaron a pensar que El Jefe Máximo era la mano guiadora que controlaba sus vidas y las de quienes los rodeaban. Representaba el pasado y el presente, y el futuro también. Fidel, de alguna manera, era Cuba.

Ahora, tal parece, Fidel Castro ha renunciado. La enfermedad y la edad ya lo habían forzado a retirarse de la escena pública que ocupó durante casi medio siglo, para irse desapareciendo en una extendida reclusión que no ha cesado desde julio de 2006. Excepto por su más bien silencioso retiro prolongado, parecía claro que Fidel se retiraría de la misma manera en que ha vivido su vida, como una larga y bien diseñada epopeya. Sin aparecer en público, desapareciendo y a la vez no desapareciendo, siguió siendo, por supuesto, el centro de atención en Cuba, como siempre lo había sido.

Si la supervivencia fuera una virtud, Fidel Castro sería muy virtuoso en verdad, porque ha estado con nosotros durante un extremadamente largo período de tiempo. En 1957, cuando Fidel estaba luchando en la Sierra Maestra contra el dictador Fulgencio Batista, Dwight D. Eisenhower era el presidente de Estados Unidos, que apenas tenía entonces 48 estados. Durante los dos años que duró la guerra de guerrillas de Fidel, los soviéticos lanzaron el Sputnik al espacio, Detroit produjo el Ford Esel y la serie Leave it to Beaver hizo su estreno en la televisión estadounidense.

Fidel se tomó el poder en enero de 1959; llegó a convertirse en el líder político de más largo servicio en el mundo, sobreviviendo no solamente a nueve presidentes estadounidenses sino además a su principal soporte ideológico y financiero, la Unión Soviética. El comunismo colapsó, pero Fidel no.

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Durante décadas, Fidel ha dejado su huella lejos de las fronteras cubanas. Desde su temprana ruptura con Estados Unidos, su adhesión al socialismo y su alianza con la Unión Soviética —que llevó a la invasión de Bahía Cochinos y luego a la crisis de los misiles— hasta su patrocinio de largo aliento a la revolución en América Latina y África, el desafío de Castro a la hegemonía de Estados Unidos en el mundo vino a redefinir la Guerra Fría.

La relevancia en la política internacional de Fidel puede haber disminuido desde los días de la confrontación de las superpotencias, pero su propia supervivencia lo convirtió en uno de los estadistas más ancianos del mundo, y también uno de los más admirados. El embargo de Estados Unidos a Cuba —un legado adolescente de la Guerra Fría que cumple 46 años este mes y sigue contando— solamente ha servido para aumentar la sección de seguidores de Fidel, como también para inspirar a otros a seguir su ejemplo del “ratón que ruge”. El más prominente entre ellos es el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien ha dejado abundantemente claro que intenta emular a Fidel desafiando vigorosamente las políticas estadounidenses, en Venezuela y en todo el mundo.

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En Cuba, mientras tanto, la revolución de Fidel ha sido un experimento político, social y económico que ha tenido éxito en algunas cosas y fracasado desastrosamente en muchas otras, garantizando que su legado doméstico vaya a ser a la vez conflictivo y, quizás, tan largo como su reinado.

Hay muchos cubanos que son genuinamente devotos de Fidel y que temen a las incertidumbres que traerá su eventual muerte. Su hermano menor, Raúl, ha asumido de manera discreta su papel como sucesor de Fidel. Esto ya ha dado una suerte de continuidad, pero la avanzada edad de Raúl —76— significa que será apenas una figura de transición, de manera que el futuro de Cuba sigue siendo una pregunta abierta.

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También hay muchos otros cubanos que han soñado por años con la muerte de Fidel, convencidos de que el destino les ha jugado una mala mano entregándole sus vidas a ese particularmente obstinado, egocéntrico y duradero personaje. Bajo Fidel, sus vidas han sido gastadas en una especie de urdimbre sofocadora de la realidad, un mundo únicamente cubano en el que el tiempo simultáneamente se detiene y progresa, tejiéndose entre episodios dramáticos ligados ineludiblemente al capricho y la voluntad de Fidel. Porque Fidel se ha visto a sí mismo, a sus ciudadanos y a Cuba misma como parte de una batalla heroica —por el socialismo, contra el imperialismo, en defensa de la soberanía nacional y demás—. Porque de su constante exaltación de la cotidianidad cubana como vital para la lucha permanente por la supervivencia de la revolución, existe una sensación colectiva de significancia en la vida diaria de Cuba.

En 2005, por ejemplo, luego de que Fidel lanzara una campaña nacional de ahorro de energía, su gobierno importó una gigantesca cantidad de ollas a presión chinas y comenzó a distribuirlas a los cubanos a precios subsidiados. Luego Fidel dio discursos televisados uno tras otro explicando las dificultades energéticas de Cuba y argumentando que la eficiencia energética de las ollas a presión hacía de su compra casi que un deber patriótico. Es difícil imaginar que alguien, salvo Fidel, sea capaz de convertir un elemento de cocina en una urgente prioridad nacional, pero él lo logró.

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Con similares grados de pasión dedicados por Fidel a todo, desde campañas de erradicación de mosquitos —“la lucha contra el dengue”— hasta la batalla para “preservar las conquistas del socialismo”, la existencia diaria llegó a sentirse a veces portentosa y, muchas veces, muy desoladora para los cubanos, porque las escaramuzas en la gran revolución nunca paran y el futuro perfecto nunca parece llegar.

Ahora que Fidel se ha retirado, no sólo sus seguidores lo extrañan. Sospecho que sus opositores también. Con el eclipse de la era Fidel, también se oculta la cualidad épica compartida de sus propias vidas, por mucho que hayan sufrido. La siguiente bomba será la muerte de Fidel, e inevitablemente, la pérdida de importancia de su historia en Cuba y, quizás, de Cuba misma. Si durante los últimos 49 años Fidel fue Cuba, ¿qué será Cuba sin Fidel?

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Todo cubano entiende que la renuncia de Fidel, incluso su muerte, no terminará necesariamente con el largo enfrentamiento con Estados Unidos y que, de una manera u otra, el futuro de Cuba será, como siempre ha sido, moldeado directa o indirectamente por las decisiones que se toman en Washington.

Hace un par de años, Caleb McCarry, el elegido por el gobierno Bush para el cargo de “Coordinador de la transición en Cuba”, me dijo que incluso si Raúl Castro tomara medidas para abrir la economía cubana, como ha hecho China, eso no alteraría la política de Estados Unidos hacia Cuba. “Las libertades económicas son importantes”, dijo McCarry, “pero tiene que existir también libertad política —democracia multipartidista—. En últimas, eso es lo que ayudará a los cubanos a enfrentar el legado de la dictadura bajo la que han vivido y a definir el futuro donde la reconciliación y la libertad sean posibles. En otras palabras, la solución es una transición genuina que devuelva a los cubanos la soberanía y que les permita decidir quiénes serán sus líderes”, agregó. Sin eso, la administración “se mantendrá firme con el régimen”.

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Una discusión así en Washington para promover un “cambio de régimen” golpearía mucho a la mayoría de cubanos que conozco, incluso a los críticos de Fidel. Sería una irritante maniobra intervencionista. Pero esto no es nuevo; esta discusión es en realidad tan vieja como la propia nacionalidad cubana, que de hecho proviene de la intervención estadounidense durante la Guerra hispanoamericana. Con la independencia cubana llegó una sucesión de regímenes proamericanos, la mayoría ininterrumpidos y muy cobardes.

Mucho antes de que se hiciera socialista, Fidel era un ardiente nacionalista cubano que concibió su revolución como el antídoto reconstituyente para la historia de su país, de autoría yanqui. Después, comenzó a creer que él y su revolución tenían finalmente asegurada la total soberanía cubana —o, como él frecuentemente decía, su “dignidad”— resistiendo y sobreviviendo a Estados Unidos.

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En una conversación que tuvimos en 2006, Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, sugirió que la independencia de Cuba era el éxito más importante de Fidel y su revolución. Pero Alarcón lucía a la vez preocupado, porque en el futuro, después de Fidel, la soberanía de Cuba pudiera no estar tan asegurada.

Me dijo: “Tenemos un dilema fundamental que no tiene paralelo y, ¿sabe por qué? Porque siempre seremos un país pequeño, y ustedes siempre serán uno grande. Grande. Independientemente de todos los problemas que puedan tener con Irak, o con su economía, y todo eso, la verdad, es que son un gran poder y Cuba es una pequeña nación. Hay dos realidades que no se pueden cambiar: la gran desproporción entre las dos naciones, y su proximidad geográfica, que para nosotros es todo”.

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Y agregó: “¿Sabe cuál es nuestro gran problema? Que uno mira y sólo ve un juego desigual; no hay manera de competir en realidad; entonces todo lo que se puede hacer es apostar a la idea de que algún día en Estados Unidos habrá un gobierno motivado por otras ideas, otras actitudes”.

El tiempo lo dirá. Cada uno de los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos respondió a la renuncia de Castro con un coro de llamados por mayor libertad en Cuba. Barack Obama dijo que Estados Unidos debería estar listo para normalizar relaciones si La Habana “comienza a abrirse a un verdadero cambio democrático”. Por ahora, pienso, después de 50 años de revolución y 81 años de vida, Fidel está casi fuera y Cuba y los Estados Unidos permanecerán donde siempre han estado: separados por el mar, a 90 millas de distancia.

© 2008, Jon Lee Anderson.

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