El otrora soldado se había convertido en periodista de un diario prestigioso, y el funcionario ahora tenía mayores responsabilidades como segundo al mando de la agencia.
Desde entonces comenzaron a trabajar juntos. El hombre del FBI le contaba detalles de investigaciones oficiales y el reportero los publicaba. Así fue, hasta que un día la fuente lanzó un dato que valía oro: hombres de la CIA espiaban al entonces opositor Partido Demócrata. Y le dio una pista que, mucho tiempo después, le trajo fama al periodista: Watergate.
La Policía de Washington, entonces, había arrestado a siete hombres por irrumpir ilegalmente en la sede de los demócratas, y los acusó de robar documentos, interceptar líneas telefónicas e instalar micrófonos. Varios de ellos no sólo tenían vínculos con la CIA, también pertenecían al comité reeleccionista del presidente Richard Nixon.
La fuente oficial siguió pasándole valiosa información a Bob Woodward, el reportero que junto a Carl Bernstein publicó en The Washington Post nuevas revelaciones del caso, ya convertido en auténtico escándalo político que salpicaba la Oficina Oval.
La situación se volvió tan tensa, que el hombre tomó precauciones. En el FBI comenzaron a investigar el origen de las filtraciones y lo señalaron; él negó esa afirmación y se encargó de cubrir sus pasos: dirigió una averiguación interna que terminó salpicando a un fiscal, se comunicaba con Woodward a través de códigos en los clasificados del Post y le pasaba datos en oscuros parqueaderos. También se hizo identificar como Garganta profunda.
Tras dos años de revelaciones, ambos lograron su objetivo. En 1974 el presidente Nixon admitió ante la nación que había participado en el espionaje a los demócratas y renunció a su cargo. Lo reemplazó el vicepresidente Gerald Ford, que desvió la atención en el caso ordenando el regreso de las tropas en Vietnam. Los años pasaron, Woodward y Bernstein publicaron un libro con sus reportajes y se quedaron con toda la fama del escándalo Watergate.
Hasta que en 2005 Garganta Profunda habló. Le reveló su identidad al mundo: era Mark Felt, el director adjunto del FBI que entregó cada detalle porque nunca lo pusieron al frente de la agencia. Murió ayer a los 95 años, cuando el Alzheimer intentaba quitarle el recuerdo de sus años dorados como fuente de alta confianza.