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La nueva generación de carteles

Compactas, ultraviolentas y con fuerte implantación territorial.

12 de noviembre de 2014 - 09:46 p. m.
En México, cada vez más manifestaciones piden respuestas por la desaparición de los 43 estudiantes de Iguala. / EFE
Foto: EFE - Sáshenka Gutiérrez
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 La brutal guerra abierta que México libra desde hace ocho años contra los carteles de la droga ha generado una nueva tipología de organizaciones criminales. La época de los grandes capos, al estilo del Chapo Guzmán, con redes que operaban en todo el país, capaces de arbitrar en las disputas territoriales y con conexiones privilegiadas en capitales internacionales, ha llegado a su fin y ha dado paso a una era de pequeñas bandas zonales y de estructura ligera.

Es el caso de los Guerreros Unidos, acusados del asesinato de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Iguala. La organización nació de las cenizas del imperio de Arturo Beltrán Leyva, el llamado “Jefe de Jefes”, un antiguo aliado del Chapo Guzmán, al que la Marina dio muerte a tiros el 16 de diciembre de 2009. Su caída dejó sin cetro un vasto territorio que abarcaba amplias franjas del Pacífico y del centro de México. El resultado fue una virulenta desmembración que dio origen a múltiples células criminales.

Su embrión había sido una cohorte de sicarios de enorme ferocidad que Beltrán Leyva ordenó crear en 2005 para controlar Guerrero, el estado más violento y pobre de México, y hacer frente a otros carteles. El encargo de abrir esta sucursal recayó en dos hermanos hábiles en el traslado de la droga que llegaba a Acapulco desde Colombia y Venezuela. Se llamaban Alberto y Mario Pineda Villa, y eran precisamente los hermanos de la esposa del alcalde de Iguala. Formaron un grupo denominado los Pelones, que con el tiempo formarían la espina dorsal de Guerreros Unidos. En 2009, los Pineda Villa acabaron asesinados, supuestamente por haber intentado traicionar al Jefe de Jefes. Y cuando éste murió meses después a manos de la Marina, el control de esta sucursal del crimen fue tomado por Cleotilde Toribio Rentería, alias El Tilde, y más tarde por un temible matón, Mario Casarrubias Salgado, alias Sapo Guapo.

Sin escrúpulos a la hora de mutilar, torturar o asesinar, el cartel logró infiltrarse en la vida policial y política de Guerrero. Su expansión ha venido acompañada de una lucha sin cuartel contra los clanes rivales. El 29 de abril pasado, Casarrubias, de 33 años, fue capturado. Como es habitual, fue sustituido con celeridad. El puesto lo ocupó su hermano Sidronio, el capo que, tomando a los normalistas por integrantes de los Rojos, dio luz verde a su exterminio en “defensa del territorio”. Sidronio cayó en manos de la policía hace dos semanas. A estas horas, otro sicario debe ocupar su puesto.

 

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