La anexión de Crimea y la guerra en el Este de Ucrania (conflicto en el que supuestamente han participado fuerzas rusas) han alterado el panorama de seguridad en Europa y transformaron el papel de Rusia, que pasó de ser un aliado a una especie de enemigo regional. Aunque no se habla aún del regreso de la Guerra Fría, lo que sí parece ser cierto es el regreso del Ejército Rojo en uno de sus mejores momentos.
Hasta hoy, la respuesta militar a este nuevo escenario por parte de la comunidad internacional, en especial de la OTAN, parece asemejarse a la de un ciervo que se encuentra con un carro que lo atropella.
Hace unos meses, el gobierno de Polonia solicitó la instalación de una base estadounidense en su territorio. Los estados bálticos de Lituania, Estonia y Letonia han hecho un pedido similar, pues todos comparten frontera con Rusia y todos son miembros de la OTAN, la alianza militar que agrupa a 28 países y que tiene como parte de su misión fundacional hacerle un contrapeso militar a Rusia en Europa.
La alianza ha estado involucrada en años recientes en operaciones en Afganistán y Libia, pero ante el regreso de las acciones militares de Rusia parece estar experimentando una especie de renacer que la obliga a volver a lo fundamental: defender a sus miembros, principalmente en Europa. Y esto podría incluir poner tropas de forma permanente en países de la antigua Unión Soviética, como los estados bálticos.
Esta parece ser la nueva gran tarea que la OTAN emprenderá después de la próxima semana, cuando celebre una reunión en la que diseñaría un plan para incrementar el número de tropas que tiene en regiones inmediatamente aledañas a Rusia. Al menos tal es la intención de Anders Fogh Rasmussen, ex primer ministro danés que hasta octubre de este año oficiará como secretario general de la organización. Ponerlo en marcha es otra historia. La estrategia de defensa de los países bálticos es medianamente reciente (2009), a pesar de que entraron a formar parte de la alianza en 2005. Esta iniciativa fue diseñada después de la guerra de Rusia con Georgia, en 2008.
Las dificultades para incrementar la presencia militar de la OTAN al lado de las fronteras rusas con los países bálticos, por ejemplo, comienzan por un asunto de lenguaje: en este debate a nadie le gusta la palabra “permanente”. La negativa de mantener una presencia permanente de tropas en la zona es el corazón de un compromiso suscrito por la alianza militar y Rusia en 1997.
Cruzar esta línea podría traer consecuencias desagradables, por decir lo menos, y por eso la discusión en el interior de la OTAN promete ser álgida la próxima semana en la reunión que se celebrará en Gales, Reino Unido. En un lado, Francia, Italia y España parecen oponerse al plan, mientras que Estados Unidos y Gran Bretaña estarían a favor. La posición de Alemania aún no resulta del todo clara.
Buena parte del asunto es lograr un acuerdo que evada el término permanente, pero que, en la práctica, signifique tener constantemente en la zona tropas de la OTAN listas para reaccionar ante cualquier escenario, de acuerdo con un reporte del diario inglés The Guardian. En palabras de Rasmussen, quien ofreció esta semana una larga entrevista a cinco diarios europeos: “Adoptaremos lo que llamamos un plan de acción inmediata con el fin de poder reaccionar prontamente en este nuevo escenario de seguridad en Europa. Ya tenemos una fuerza de respuesta de la OTAN, cuyo propósito es desplegarse prontamente si se necesita. Nuestra intención ahora es poner en marcha una punta de lanza de esta fuerza, que se mantendrá en el nivel más alto de alistamiento y alerta”.
Las acciones rusas en Ucrania han sumido en una especie de crisis a la comunidad internacional y a la misma OTAN, pero estos mismos hechos, paradójicamente, parecen estar inyectándole nueva fuerza a una organización que ha visto amplios recortes en su presupuesto.
Los miembros de la OTAN deben destinar el 2% de su PIB para gastos de defensa, pero para 2013 apenas un puñado de los 28 integrantes de la alianza cumplía este requisito. En promedio, el gasto en asuntos militares de los aliados europeos fue de 1,6%. El año pasado, EE.UU. invirtió 4,1% de su PIB en la alianza militar, Inglaterra 2,4%, Estonia 2% y Grecia 2,3%. Francia llegó a 1,9%, mientras que Italia destinó apenas el 1,2%. Países como Letonia, Lituania, España y Hungría aportaron menos de 1%, mientras que Alemania llegó a 1,3%. Estados Unidos financia el 75% de los gastos de la OTAN.
Sin embargo, Finlandia y Suecia, países nórdicos que no son miembros de la OTAN, anunciaron que incrementarán su cooperación con la organización mediante la firma de un pacto que permite la asistencia de tropas de la alianza en situaciones de emergencia. Finlandia comparte con Rusia una frontera de 1.300 kilómetros, mientras que Suecia, por ejemplo, posee un territorio estratégico en el mar Báltico que en otras ocasiones ha recibido la visita de bombarderos rusos en misiones de reconocimiento y ataques simulados, según reportes de la prensa sueca. Ambos países insistieron en que esto no significaba que iban a unirse a la alianza, aunque el gesto resulta interesante justo en estos momentos.
A principios de este año, el Ministerio de Finanzas sueco anunció un incremento del presupuesto de defensa, al tiempo que algunos oficiales hicieron circular la idea de que se unirían a la OTAN, una propuesta que sigue siendo impopular en este país, pero que, curiosamente, ha crecido, según una encuesta de 2013 que registró un crecimiento de 9% durante dos años, en la opinión a favor de entrar a formar parte de la organización.
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