En la historia de las relaciones internacionales siempre han surgido “otras voces”. Por ejemplo, propuestas con una perspectiva bottom-up (de abajo hacia arriba), como un personaje público que reclama un determinado derecho, o una organización de la sociedad civil que tiende a internacionalizarse a través de un cambio multicultural, o acciones de gobiernos no centrales que intentan posicionar sus intereses en la agenda global, entre otros ángulos “alternativos” de las relaciones internacionales.
El brote de COVID-19 dejó claro que las pandemias no reconocen fronteras y, también, que los riesgos globales producen fuertes movilizaciones nacionales y locales. Pero, al mismo tiempo, hay que reconocer que las pandemias, como las catástrofes naturales o los conflictos armados, han impactado en los marcos de la cooperación internacional, creando otros nuevos, fomentando su adaptación o cuestionando su existencia.
Las diferencias ideológicas, la ausencia de liderazgos nacionales (aunque sería más correcto decir entre autoridades centrales), la aparición de nacionalismos, y el sentimiento general de “sálvese quien pueda” —sobre todo en el ámbito de la geopolítica de las vacunas—, obliga a buscar e identificar aquellos reductos donde la cooperación internacional permanece y subsiste.
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En este contexto, la para¿diplomacia ha cobrado impulso. La política internacional de los gobiernos locales ha permitido el intercambio de insumos sanitarios a través de los hermanamientos de ciudades preexistentes, así como la consolidación de plataformas de colaboración a través de diferentes redes para dialogar y compartir buenas prácticas, particularmente enfocadas en los servicios públicos esenciales y la economía local, entre otros.
Al mismo tiempo, la paradiplomacia ha sido clave en algunos países escépticos ante el coronavirus, como Brasil o México, defendiendo los intereses locales de los gobiernos no centrales ante la pandemia.
Las páginas web de algunas redes, como las de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), C40, Metrópolis, Eurocities o Mercociudades, entre otras, se adaptaron para ofrecer un menú de políticas para hacer frente al COVID-19, basado en experiencias locales.
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La proactividad de estas redes ha sido analizada por diferentes actores del sistema de cooperación internacional, instituciones académicas y el sector privado. Al mismo tiempo, este tema refleja la relativa desarticulación internacional entre los gobiernos centrales, impulsando a las autoridades locales a definir políticas para enfrentar la pandemia y mitigar sus efectos.
Las ciudades hermanas y las redes de autoridades locales parecen ser las ganadoras dentro de las actividades paradiplomáticas desde el comienzo de la pandemia. Pero la pregunta es: ¿Qué más podemos esperar? ¿O hacia dónde podemos dirigir este capital acumulado en relación con las lecciones aprendidas y las mejores prácticas aplicadas por las autoridades locales y regionales?
El mundo post-pandémico, probablemente con mayores índices de desigualdad, reclama el fortalecimiento de los liderazgos públicos a todos los niveles. Sugiere considerar las capacidades locales de los funcionarios; desarrollar nuevas capacidades relacionadas con la gestión y prospección de crisis y riesgos, y fortalecer las capacidades de negociación, articulación y comunicación para lograr acuerdos público-privados. Es una oportunidad única para repensar los medios de vida de las personas a escala local/regional en el contexto de una globalización muy criticada.
La paradiplomacia permite canalizar diversos liderazgos públicos que logran construir mayores consensos. El liderazgo público no es sólo político, es multiactor y multidireccional, bajo un pensamiento dialéctico —como sugiere el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social (ILPES)— que respeta y potencia conocimientos, capacidades y valores.
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La paradiplomacia contribuye a un diálogo multiactoral y acompaña la aparición de nuevos líderes territoriales, el fortalecimiento de las capacidades sociales situadas y la movilización de recursos para la localización de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Sin embargo, es urgente superar la fase de identificación de buenas prácticas y, sobre todo, dotar a las autoridades locales de mejores argumentos técnicos y potenciar sus discursos político-estratégicos sobre la conveniencia de potenciar la paradiplomacia. Asimismo, necesitamos una paradiplomacia más endógena, con una planificación participativa, y menos reactiva y/o influenciada por factores exógenos.
El actual escenario internacional, y el papel de la paradiplomacia en la respuesta a la pandemia, es una oportunidad para fomentar la validación de la paradiplomacia, su reflexión y fortalecimiento.
Es fundamental superar las discusiones teóricas y construir consensos sobre el concepto: la acción internacional de los gobiernos no centrales y, a partir de ello, analizar cuidadosamente su apoyo al desempeño de los gobiernos locales/intermedios, a la reducción de las asimetrías y a la profesionalización de los funcionarios públicos que trabajan en la materia, así como a la consolidación de alianzas multiactores para reordenar la vida colectiva.
En cuanto a la profesionalización, los centros de investigación e instituciones académicas juegan un papel importante en el desarrollo y escalamiento de contenidos relevantes sobre paradiplomacia, así como en la creación y/o fortalecimiento de redes para la promoción del intercambio de conocimientos (comunidades epistémicas). Finalmente, la paradiplomacia siempre será útil si logra contribuir a la eficacia y calidad en el proceso de gobernar democráticamente un territorio.
Nahuel Oddone es doctor en Estudios Internacionales (UPV/EHU). Es Jefe de Promoción e Intercambio de Políticas Sociales en el Instituto Social del MERCOSUR (ISM). Anteriormente se desempeñó como Coordinador de Cadenas de Valor en la CEPAL-ONU. Es investigador asociado de la Universidad de las Naciones Unidas en el UNU-CRIS.
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