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La sombra de Mubarak

Después de dirigir la inteligencia egipcia, el actual vicepresidente se perfila como el único capaz de calmar al pueblo sin alejarse de Estados Unidos.

05 de febrero de 2011 - 05:00 p. m.
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El día que estallaron las protestas en Egipto, muchos atribuyeron los hechos —nunca antes vistos en la historia del país— a la ausencia de Omar Suleiman, fiel guardián del presidente Hosni Mubarak y jefe de los servicios secretos egipcios, el más temido órgano de inteligencia del mundo árabe. Suleiman estaba por esos días en Washington hablando de los peligros en Oriente Medio luego de la revolución en Túnez y la multimillonaria ayuda que cada año Estados Unidos les entrega a las fuerzas militares del país.


Suleiman regresó de inmediato a El Cairo para ponerse al frente de la situación. Pero cuando llegó ya era tarde: ni la Policía ni los espías que él mismo había entrenado durante años lograron acallar a los manifestantes. La situación se salía de control y así se lo hizo saber al presidente Mubarak, quien accedió a lo que siempre se había negado: lo nombró vicepresidente, cargo al que Suleiman, de 74 años, aspiraba desde hace una década. Según analistas, de esta forma Mubarak esperaba calmar a los manifestantes y, de paso, a la comunidad internacional sin arriesgar su legado.


Los cálculos, sin embargo, no le salieron del todo al presidente egipcio. El nombramiento de Omar Suleiman no complació a los manifestantes, aunque sí a la Casa Blanca. Según informó The New Yorker en su última edición, Suleiman siempre fue visto como el hombre clave de Estados Unidos en Oriente Medio. De hecho, mucho antes de las manifestaciones, el gobierno estadounidense lo veía como el más firme sucesor de Mubarak. Por eso no sorprende que sea con él con quien la Casa Blanca negocia la transición que consistiría en que Suleiman, apoyado por el ejército, comience un proceso de reforma constitucional con miras a las elecciones de septiembre.


Según The Daily Telegraph, “Suleiman es muy poderoso, influyente y confiable”. El periodista egipcio Hisham Qassem lo calificó como el sucesor natural de Mubarak, a pesar del empeño de la primera dama egipcia, Suzzane Mubarak, de imponer a su hijo menor, Gamal. Un cable emitido en marzo de 2007 por Francis J. Ricciardone, embajador de Estados Unidos en El Cairo, anticipaba el futuro del general Omar Suleiman, director del Servicio General de Inteligencia Egipto (EGIS) desde 1993: “Suleiman es clave en la región, aunque Gamal lo ve como una amenaza para sus ambiciones presidenciales y pidió a su padre que lo despida. Pero es el segundo hombre más fuerte del país, será muy difícil”.


La clave de la estabilidad


Kadry Said, director de estudios militares de al-Ahram, un importante centro de investigación de El Cairo, explicó que Suleiman es el hombre clave en el proceso de transición hacia las elecciones que comienzan en Egipto. “Suleiman tiene credibilidad con Estados Unidos, Europa, el mundo árabe e Israel. Es casi un héroe”.


Incluso, el expresidente Jimmy Carter no ahorró elogios hacia él. “Es un hombre inteligente que me cae muy bien. En los últimos cuatro o cinco años que he ido a Egipto no hablo con Mubarak sino con él. Si quiero saber qué pasa en Oriente Medio hablo con Suleiman”.


Los lazos entre Estados Unidos y Suleiman se estrecharon desde 1993, cuando empezó a dirigir la inteligencia egipcia. En esa época accedió a colaborar con el programa de “entregas extraordinarias de la CIA”, el plan secreto de la inteligencia estadounidense, en el que se secuestraban sospechosos de terrorismo y se entregaban a Egipto y otros países para someterlos a “interrogatorios secretos”.


Según reveló Wikileaks, el embajador estadounidense en El Cairo (1994), Edward S. Walter, describía a Suleiman como “un hombre muy brillante y realista, aunque relacionado con cosas negativas como torturas, algo en lo que no se muestra muy remilgado”.

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Los miembros de la organización islámica egipcia Jamaa Islaiya saben bien de lo que hablaba el diplomático estadounidense. Fue Suleiman el arquitecto del plan de exterminio de los grupos extremistas islámicos en el país. En sólo tres años todos desaparecieron. Lo diseñó en 1995, justo después de que la limusina en la que viajaban él y el presidente Hosni Mubarak para una cumbre de mandatarios africanos en Addis Abeba (Etiopía) fuera atacada por los miembros de esta organización. Gracias a un blindaje especial que el jefe de inteligencia insistió en poner al vehículo oficial, los dos salvaron sus vidas.


Defensores de derechos humanos en Oriente Medio denunciaron los métodos usados por Suleiman como “brutales”. Miembros de Los Hermanos Musulmanes, principal grupo opositor del régimen, también vivieron en carne propia sus métodos, por eso, en principio, se negaron a entablar el diálogo para la transición con él.

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La revista Foreing Policy lo calificó en el año 2009 como el más poderoso jefe de inteligencia, justo detrás del responsable del Mossad, Meir Dagan. Fue un completo desconocido hasta el año 2000, cuando Mubarak lo encargó de mediar entre Israel y Palestina durante la segunda intifada (2000). Luego de varios acercamientos, Suleiman se ganó la confianza de Fatah y Hamas, que firmaron una tregua en 2003. Fue el acto inaugural de una ascendente carrera hacia las grandes ligas de la política. Luego del 11-S sus credenciales en el combate contra el terrorismo islámico lo convirtieron en favorito de la CIA, el MI6 británico y el Mossad, ávidos de información sobre la red Al-Qaeda.


“En Israel lo llaman ‘la esfinge’, porque es completamente inescrutable”, según le dijo al Globe and Mail, Emad Gad, director del Centro de Estudios Políticos en Israel. Un negociador palestino lo describió como “el tipo de persona que hace el trabajo, cumple sus promesas pero puede jugar en ambos bandos”.

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Y eso es lo que Suleiman está haciendo. Mientras sigue fiel a Mubarak, negocia con la oposición las reformas al sistema electoral para elegir un nuevo presidente en septiembre.

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