Al menos 90.000 kurdos sirios han huido hacia Turquía en los últimos cuatro días, según cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). El éxodo, uno de los más grandes desde que empezó la guerra civil en Siria hace tres años, se debe a la dura ofensiva de militantes del Estado Islámico (EI) que desde la semana pasada han ido acercándose hacia la población de Kobani, uno de los centros kurdos más importantes en territorio sirio.
Gracias a la ofensiva, el EI se ha hecho con el control de al menos 64 poblaciones en esta región de Siria, algunas de cuyas aldeas distan tan sólo 15 kilómetros de Kobani. Políticos y militares kurdos le dijeron a la agencia Reuters que los yihadistas han realizado varias ejecuciones públicas en estos lugares y han decapitado a algunos de los pobladores de la región.
“Creo que en tres años y medio no hemos visto este número de personas saliendo de Siria en tan poco tiempo. Esto refleja un poco cómo se está desarrollando la situación y el profundo miedo de la gente por las circunstancias en Siria y, para ese caso, en Irak”, dijo Carol Batchelor, representante de Acnur en Turquía.
Kobani es un cruel ejemplo del tipo de encrucijada diplomática que el Estado Islámico le plantea a la comunidad internacional, pues se trata de una población en su mayoría kurda, el grupo étnico que ha recibido apoyo militar y logístico para enfrentar a los yihadistas en Irak, pero que, al menos hasta el momento, ha sido dejado a su suerte en Siria, el otro punto fuerte de los islamistas.
La campaña militar contra el EI en Irak ha forjado una coalición internacional que con determinación ha apoyado militarmente a los kurdos, apoyo que, al parecer, se extenderá próximamente al gobierno central de Bagdad. Estados Unidos, Francia e Inglaterra son tres de los actores principales en este esfuerzo, que también reúne a países tan distantes y disímiles en sus agendas internacionales como Australia, Canadá y Albania, por mencionar algunos.
Si todos quieren acabar con el Estado Islámico, no todos quieren hacerlo si se trata de entrar a participar en la guerra civil siria, incluso si es para asistir a los mayores aliados contra el EI hasta el momento, los kurdos.
Masud Barzani, líder kurdo de Irak, pidió una intervención internacional para proteger Kobani, población que, gracias a su relativa estabilidad a lo largo del conflicto sirio, protegía antes de la ofensiva del EI a 200.000 desplazados internos, según cifras de la ONU.
Parte de las labores diplomáticas de esta semana, en la que se abre la Asamblea General de las Naciones Unidas, estará enfocada en realizar dos tareas complejas, por decir lo menos: una es llegar a una especie de consenso internacional acerca de la necesidad de atacar al EI en Siria, y la segunda, lograr que el Consejo de Seguridad apruebe ataques internacionales contra los yihadistas en territorio sirio. Ambos esfuerzos estarán liderados por Estados Unidos y en los dos escenarios la resistencia puede ser amplia.
Uno de los enemigos clásicos del primer objetivo es Irán, quizá el mayor aliado del régimen sirio de Bashar al Asad y, a la vez, uno de los países más importantes en una región de por sí volátil. Irán se encuentra en una serie de negociaciones con Occidente acerca de su programa nuclear, labores que han entregado resultados que parecen promisorios. Ignorar la opinión iraní acerca de Siria podría descarrilar esta tarea.
En el Consejo de Seguridad, el mayor obstáculo de los países que buscan una intervención internacional contra el EI en Siria puede ser otro aliado de Al Asad, Rusia, que puede ejercer su poder de veto en el organismo y cuyo enfrentamiento con Occidente gracias a la guerra en Ucrania puede contar a la hora de decidir si apoya a los demás en un objetivo que siempre ha calificado como indeseable (atacar posiciones en Siria, no acabar con el EI).
Hasta el momento, Estados Unidos ha anunciado su voluntad de atacar desde el aire al Estado Islámico en Siria, aunque ha dicho que no desplegará tropas allí. Otros países se han sumado a los esfuerzos contra los yihadistas en la guerra siria, como Arabia Saudita, que ha aceptado entrenar en su territorio a facciones de rebeldes moderados.