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Lecciones de la revolución siria

El claustro universitario más importante del país es escenario de enfrentamientos entre estudiantes.

23 de febrero de 2012 - 07:59 p. m.
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Hace tres meses, la profesora Jala Haidar entró en el aula de primer semestre de Física de la Universidad de Damasco, donde enseñaba matemáticas, y escribió en el tablero: “Las historias de bandas armadas son mentira. Son el ejército y las fuerzas de seguridad los que matan a los manifestantes”.

Luego les dijo a sus alumnos que renunciaba como profesora de esa universidad, escribió su nombre y estampó su firma debajo de la frase desafiante, provocando la euforia de los alumnos que estallaron en un largo aplauso. “Inmediatamente se acercó a ella uno de los alumnos, le mostró una identificación de la policía secreta y la detuvo”, cuenta uno de los estudiantes, que pide se proteja su identidad.

Aunque varios estudiantes alejaron al infiltrado y protegieron a la profesora sacándola del aula, nadie volvió a verla jamás. Así lo confirmaron activistas sirios en la clandestinidad, que temen que la profesora haya sido detenida por la policía y esté siendo presionada para aparecer en televisión desmintiendo la historia.

Este hecho fue uno de los que marcaron el inicio del “levantamiento de las universidades sirias” contra el régimen del presidente Bashar al Asad, el 27 de septiembre de 2011, coincidiendo con el inicio del curso académico. Los estudiantes, que se habían mantenido ajenos a la revolución iniciada el 26 de enero de 2011 y que ya deja 7.600 muertos, según datos de Naciones Unidas, comenzaron a tomar partido en el conflicto.

“Hay dos bandos, y eso nos afecta mucho, porque acá se viene a estudiar”, enfatiza Bisher Shaar, de 21 años, en la puerta de la Universidad de Damasco, el claustro donde el presidente venezolano, Hugo Chávez, recibió un doctorado honoris causa en 2006. Bisher dice no creer en las protestas y mucho menos en los activistas y opositores que llamaron a los estudiantes de las universidades sirias a “manifestarse diariamente para dejar claro su rechazo a estudiar bajo el yugo del régimen de Bashar al Asad, así como su apoyo al levantamiento sirio”.

“La enseñanza en Siria está mejorando y la situación educativa es muy buena con los cambios que se están haciendo. Yo apoyo al presidente porque está actuando contra los terroristas, nos defiende y protege nuestra seguridad”, afirma Shaar con convicción, mientras la bandera siria flamea sobre su cabeza.

Los estudiantes no quieren hablar y muchos de ellos miran espantados a los periodistas ante una consulta. En este lugar muchos de los estudiantes han cambiado las aulas por las manifestaciones, y esta universidad —el lugar elegido por el presidente para sus últimas alocuciones a la nación— no es ajena a los 11 meses de violencia que asolan al país.

“La verdad es que en la universidad hay mucha tensión. Lo que más me duele es que se han roto las amistades y muchos alumnos no se hablan entre sí por sus diferencias políticas. Creen que el otro es un enemigo”, confiesa Hala Bishani, de 20 años, estudiante de tercer año de Literatura Española en la Universidad de Damasco.

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Las palabras de Hala son vigiladas por la imponente estatua de Hafez al Asad, padre del actual presidente y quien dio inicio a la dinastía de este régimen, que en mármol negro se erige a la entrada de la más grande y antigua universidad del país. Esta figura parece controlarlo todo, pero son los mukhbarat sirios —servicios de inteligencia— los que en el terreno observan cada acto y escuchan cada palabra de los estudiantes. Están apostados en la entrada del claustro, las calles internas, los pasillos y en cada aula.

La lección ha sido bien aprendida. En junio pasado, fuerzas policiales irrumpieron en este centro universitario, el más importante del país, golpearon estudiantes y detuvieron a cien de ellos durante una manifestación que se desarrollaba allí. Los jóvenes reclamaban la liberación de once de sus compañeros, detenidos durante el día previo en la misma universidad.

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El director del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, (OSDH), Rami Abdel Rahman, con sede en Londres, explicó que la protesta continuó tras la caída del sol, pese a que los alumnos habían sido liberados. Entonces, “las fuerzas de seguridad y miembros de la Unión de Estudiantes —milicias partidarias del régimen— tomaron por asalto la ciudad universitaria de Damasco e hirieron a estudiantes golpeándolos con porras”, detalló Rahman. El dirigente aseguró que “más de cien estudiantes fueron detenidos”. Uno de los jóvenes arrestados quedó “gravemente herido”, por lo que tuvo que ser internado en el hospital Muasat “bajo rigurosa vigilancia”, señaló OSDH.

“Creo que estamos transitando hacia un sistema democrático, todos quieren democracia porque el sistema estaba cerrado y cuando empezaron las manifestaciones se empezó a respirar libertad”, esgrime Hala, quien conformó un grupo que imparte conferencias en las escuelas para aprender a tolerar las ideas de los otros “aunque siento que nadie me escucha”, dice con decepción.

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Una tristeza que crece cuando observa que las luchas sectarias también se han extendido a su universidad. “Es verdad, hay tensión religiosa. Es muy impactante saber que asesinaron a un vecino por tener una creencia diferente, eso no lo quiero para Siria”, ratifica la joven estudiante que, al igual que Bisher, sabe más de lo que habla.

Entre lo que no se dice —o no se puede decir— están los ataques por parte de miembros de las fuerzas de seguridad sirias contra un grupo de universitarios. El hecho fue denunciado por Free Siria. Tampoco se habla de la desaparición de Jala Haidar y mucho menos de los muertos que ha dejado esta revolución.

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