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Leninismo del siglo XXI

El exvicepresidente de Ecuador ganó por un estrecho margen y será el sucesor de Rafael Correa.

02 de abril de 2017 - 11:07 p. m.
Foto: AFP - JUAN RUIZ
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Lenín Moreno esperaba ganar las elecciones en primera vuelta. Sólo un punto lo separó, a finales de febrero, de alcanzar esa meta, que Alianza PAÍS, coalición de partidos en torno a Rafael Correa, pretendía a toda costa. El cálculo era sencillo: urgía evitar una segunda vuelta, principal objetivo de la oposición, pues Ecuador corría el grave riesgo que llevó al fin del ciclo kirchnerista en Argentina. En ese país se daba por descontada la victoria de Daniel Sciolli, quien ganó en primera vuelta, pero sin tener ni diez puntos de ventaja ni la mayoría absoluta. La segunda vuelta fue vertiginosa y Mauricio Macri aprovechó para propulsar su idea de cambio, luego de más de una década de progresismo. Ese escenario mostró cuán difícil es apostar por la continuidad de un proceso cuando han pasado tantos años, que sólo puedan significar un desgaste en el mismo. Aun cuando se han conseguido conquistas sociales, justificar la permanencia de un mismo matiz político se complejiza.

Ahora bien, existe una diferencia significativa entre los escenarios de desgaste de la izquierda en Ecuador, respecto de Argentina, Brasil y, el más crítico de todos, Venezuela. En estos tres países la oposición ha logrado convencer a un sector importante de la sociedad sobre la pertinencia de una trasformación, y el proceso terminó mostrando señales de insostenibilidad. No obstante, Ecuador es un caso atípico, pues la izquierda históricamente ha sido hegemónica, desde los gobiernos militares sensibles al tema social hasta gobiernos de la era democrática. Se trata obviamente de un progresismo variopinto, pero resulta llamativo, por ejemplo, que desde el restablecimiento de la democracia tuvo al menos tres gobiernos de izquierda (Jaime Roldós Aguilera, Rodrigo Borja y Rafael Correa) y dos de corte populista con un discurso antioligárquico (Abdalá Bucaram y Lucio Gutiérrez).

A esto se suma algo que fue vital para entender el triunfo en las urnas de Lenín Moreno, a pesar de que se completen diez años de esa plataforma en el poder. Cuando Ecuador se asoma a su pasado, se encuentra con políticas neoliberales que causaron un daño muy grande, un atraso y una inestabilidad política que atentaron no sólo contra el prestigio del país en el exterior y en la región, sino en la propia autoestima nacional.

El peor momento de todas las crisis que antecedieron a Rafael Correa ocurrió en el feriado bancario en 1999, que derivó en un empobrecimiento radical de la clase media. A ese pasado este Ecuador le teme, pues el sector bancario y financiero no sólo jamás asumió responsabilidad alguna por lo ocurrido, sino que sacó sus capitales antes de la crisis, con lo cual estuvo protegida de una situación que provocó la salida de dos millones de ecuatorianos (en ese momento la población alcanzaba los 11 millones).

Lenín Moreno, por lo tanto, aprovechó el cambio radical que han significado diez años de correísmo. Esto bajo una Constitución que no sólo ha sobrevivido, y completará el año que viene un decenio, sino que para muchos recoge el talante liberal de la Revolución Alfarista de finales del siglo XIX. También influye el aumento considerable en la efectividad en la gestión del Estado -especialmente en infraestructura- y, por supuesto, las cifras macro con las que ha jugado el oficialismo, y que son reducción de pobreza, indigencia, concentración de la riqueza y un aumento considerable de la inversión para ciencia y desarrollo.

El reto más complejo que debió enfrentar Moreno luego de la primera vuelta consistió en demostrar que aún se puede hacer una mejor gestión. Esto significa un equilibrio complejísimo entre desmarcarse de Correa -sobre todo del estilo pendenciero y que algunos definen como autoritario- y encarnar la esencia de la Revolución Ciudadana. Ganar la elección en segunda vuelta no significa que haya superado el reto, ni que haya conseguido la meta más difícil de cualquier presidente en Ecuador: llevar a término su mandato. Correa es el primero en lograrlo en 21 años.

Moreno recibe un país dividido y sumido en una polarización. Aunque tenga una mayoría significativa en la Asamblea (órgano legislativo), con 74 escaños de un total de 137, esta oposición tiene un mandato para ejercer control sobre el gobierno. En 2009, Correa le sacó 23 puntos de ventaja en primera vuelta a Lucio Gutiérrez y en 2013, 34 puntos a su más inmediato rival, Guillermo Lasso. Cifras que muestran no sólo la popularidad que llegó a tener el actual mandatario, sino la diferencia mayúscula de estos comicios respecto de los anteriores.

De ahora en adelante nada será fácil para el correísmo, Alianza PAÍS y Lenín Moreno, tres elementos que desde hoy se deben disociar. La primera como ideología debe enfrentar una prueba histórica para determinar si puede trascender la figura de su líder fundacional y natural. Alianza se enfrenta a las primeras divisiones o al menos las más representativas, por la nueva forma de gestión, y porque la precariedad de recursos hace mucho más compleja la tarea.

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Moreno tiene a cuestas la enorme responsabilidad de llenar la figura de Correa, en un régimen en el que se ha fortalecido el presidencialismo, y los enfrentamientos con la oposición y la prensa están a la orden del día. Lenín tendrá que convencer a la oposición que consiguió una votación histórica, que su ánimo de reconciliación es genuino, y a las bases de Alianza PAÍS que tiene la estatura intelectual y de estadista como para continuar con el proceso. Con la dramática situación en Venezuela y una región dividida en dos bandos, Quito se convierte en un modelo cuya supervivencia se explica por evitar las interpretaciones ortodoxas del socialismo y la renovación de sus líderes. El próximo 24 de mayo empezará la más dura de las pruebas para ese proyecto.

Profesor Universidad del Rosario

 

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