La guerra entre Etiopía y Eritrea fue un conflicto de larga data, de esos de los que se escriben poco, pero que están llenos de sangre. Si bien duró dos años, entre los años 1998 y 2000, las cifras que dejó fueron escandalosas: más de 100.000 muertos y cerca de 650.000 refugiados. Desde ese momento, hasta 2018, la relación entre los países se mantuvo en un estado de “ni paz ni guerra”, con constantes tensiones que incluso llegaron a enfrentamientos cortos que aumentaron el número de víctimas.
La esperanza para poner fin al sangriento ciclo llegó de la mano de Abiy Ahmed, elegido primer ministro de Etiopía en abril del año pasado. Desde que tomó las riendas del país hizo temblar hasta los cimientos de un régimen anquilosado tras más de 25 años de ejercicio autoritario del poder. Su lucha obtuvo los primeros éxitos a los seis meses de mandato al firmar una nueva paz con el presidente de Eritrea, Isaías Afewerki, de 72 años, lo que le valió para ganarse el Premio Nobel de Paz, anunciado ayer por el Comité Nobel noruego.
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«A la paz no se llega únicamente gracias a las acciones de una sola persona. Cuando el primer ministro Abiy tendió la mano, el presidente Afwerki la aceptó y contribuyó a dar forma al proceso de paz entre los dos países», indicó el organismo que otorga el galardón. Por su parte, el joven mandatario de 43 años, aseguró: «Me imagino que otros líderes de África pensarán ahora que es posible trabajar en los procesos de construcción de paz en nuestro continente».
La guerra entre ambos países era una preocupación que debía ser atendida de inmediato. El año pasado Naciones Unidas ya había hecho un llamado para que las autoridades respectivas se esforzaran para lograr la paz. El trabajo, sin embargo, no era fácil, pues el profundo y problemático vínculo histórico que existe entre ambos países impedía encontrar una solución sencilla.
Desde 1962, cuando lograron desligarse del sistema colonial británico, hasta 1993, Eritrea se mantuvo como una “entidad autónoma” federada de Etiopía. El problema fue que, si bien la separación se hizo de forma pacífica, a través de un referéndum celebrado en 1991, no se logró crear un acuerdo sólido para delimitar la frontera entre ambos. Este es justamente uno de los focos de la guerra, pues ambos gobiernos comenzaron a tener serias discrepancias territoriales, especialmente la región de Badme.
El proceso de paz firmado en el 2000 fue la primera gran ilusión, que se terminó desvaneciendo rápidamente y se convirtió en un conflicto a cuenta gotas pero permanente. Por eso, ante los ataques y los miles de muertos, la paz firmada es vista con muy buenos ojos para la comunidad internacional y el continente africano. Para Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, el acuerdo “abrió nuevas oportunidades para la seguridad y la estabilidad en la región. El liderazgo de Abiy Ahmed ha brindado un ejemplo formidable a los países de África y de otros lugares que buscan superar las resistencias del pasado».
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Drásticos cambios… ¿Demasiados?
Para muchos, el primer ministro Abiy Ahmed es la luz que necesitaba el país desde hace tiempo. A pesar de su origen humilde, desde joven fue visto un visionario y un reformista con la capacidad de inyectar optimismo en esta zona del mundo, castigada por la pobreza y la corrupción. El camino para la paz, sin embargo, todavía es complicado y parece que va a tardar. Ahmed todavía tiene piedras en el camino que debe atender cuanto antes: la frontera entre los dos países está de nuevo cerrada, la firma de acuerdos comerciales se hace esperar y Etiopía aún no tiene acceso a los puertos de Eritrea.
A todo esto no se le deben desconocer los avances que ha habido en el país. Etiopía ha vivido un revolcón político, cultural y social con las medidas implementadas por el primer ministro, las cuales han querido tumbar esa imagen represiva que tenían los gobiernos anteriores. Desde su llegada liberó a miles de disidentes, pidió perdón por la brutalidad estatal y recibió con los brazos abiertos a miembros de grupos exiliados que sus antecesores habían calificado de terroristas; además, implementó una serie de reformas sobre igualdad de género que hizo que, por primera vez, Etiopía tuviera un gabinete en el que la mitad de sus miembros son mujeres, incluida la ministra de Defensa, Aisha Mohammed.
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Recientemente, desarrolló su programa de aperturismo de la economía, ampliamente controlado por el Estado, y actualmente invierte todos sus esfuerzos para que las elecciones legislativas, que promete inclusivas, se celebren en mayo de 2020.
Los cambios, sin embargo, le han generado algunos problemas al primer ministro. Según analistas, sus medidas estrella son demasiado radicales y repentinas para la vieja guardia del antiguo régimen, pero no suficientemente ambiciosas y rápidas para una juventud ávida de cambio y de perspectivas de futuro.
El mandatario tiene dos grandes desafíos inmediatos y en los próximos meses se verá qué tanto sabe capitalizar el Premio Nobel de Paz recién recibido para superarlos. El primero será la organización de elecciones libres y justas en el 2020 que, en caso de victoria, le darían la legitimidad de las urnas. Por otro lado queda esperar que no se vea atrapado por las enemistades suscitadas por sus reformas, las violencias comunitarias y los importantes movimientos en el seno del aparato de seguridad, cosa que ya le costaron un intento de asesinato desde su llegada al poder.