Han sido diez días de pánico. Los 130 millones de japoneses golpeados por la fuerza de la naturaleza han seguido con el miedo a flor de piel por la situación de la central nuclear de Fukushima y la posibilidad de una fuga radiactiva peor a la de Chernobil, en 1986. Muchos, encerrados en sus casas o desde ciudades muy lejanas al centro de la crisis, recuerdan que el país ya vivió hace 66 años los días más angustiosos de su historia.
“Hubo una alarma de ataque aéreo aquella mañana, pero la anularon después. Salimos al patio del colegio. Hacía días que ya no estudiábamos. Ayudábamos a los adultos a demoler los edificios para que, en caso de incendio, pudiéramos huir. Íbamos a repartirnos las zonas. Hacía un buen día, soleado”, recuerda Nagao Natsumi, una japonesa de 80 años.
Aquel día, el 6 de agosto de 1945, Japón se convirtió en la primera víctima de un ataque nuclear. El bombardero Enola Gay lanzaba a Little Boy, que explotaba a 500 metros sobre el suelo. En Hiroshima murieron en un instante 69.000 personas y 25.000 cuatro días después en Nagasaki. Nagao Natsumi es una de los 227.000 hibakusha o supervivientes. Tenía 14 años y estaba a 1,4 kilómetros del epicentro.
“Hubo un resplandor tremendo. Me cubrí los ojos con las manos. No podía respirar. Cuando las retiré, estaba dentro de una nube rosa. No veía nada, era muy densa. Han dicho que después de la luz hubo un estruendo, pero yo no oí nada. Todo sucedía en un silencio absoluto. Me desmayé y me despertaron otros niños que pedían a gritos ayuda a sus padres. Estaba oscuro. Vi a mis amigos quemados. Me toqué la frente para comprobar si yo estaba igual y vi que de mis dedos colgaba algo. Era mi piel. Tenía los brazos en carne viva. Estaba desnuda y quemada. Se me veían los huesos de las rodillas”.
Las 70.000 muertes de Hiroshima subieron a 200.000 cinco años después por cánceres o complicaciones relacionadas. Es raro encontrar hoy en día a un hibakusha que no haya pasado por enfermedades serias, que en muchos casos heredaron sus hijos.
Por eso la actual crisis radiactiva se vive con especial sensibilidad en Hiroshima, en donde un millón de habitantes siguen minuto a minuto la evolución de los reactores de la central que, según la información que circuló esta semana, emitían peligrosas cantidades de radiactividad. Todos contienen la respiración y esperan que la nube de vapor que comenzó a dispersarse por todo el país no reviva la pesadilla. Y es que es imposible no recordar la tragedia del 45. Muchos ven en las fotos de pueblos arrasados por el reciente tsunami un calco de las posteriores a la bomba nuclear.
“Fuimos a lo alto de una colina e intenté cruzar un río. Un hombre me detuvo y me señaló el lecho. No se veía, solo había cadáveres. Se habían ahogado con la subida del nivel del caudal. Estaba descalza y andaba entre cadáveres y moribundos. Algunos nos cogían de las piernas y nos imploraban ayuda, pero no podíamos. Andaba con los brazos extendidos, como un fantasma. Llegamos a otra escuela. A los que estábamos completamente quemados nos tumbaron adentro. ¿Sabes que cuando fríes una sardina se le salen los ojos y las vísceras? Eso me pareció a mí: sardinas a la brasa, todas apretadas”, recuerda Natsumi.
Y continúa: “Estuve cuatro días sin comer ni beber. Tenía huevos en los brazos y al final se convirtieron en lombrices. Vi entrar a mi padre. Pasó por delante de mí y no me reconoció. Estaba tan débil que no podía moverme. Al final conseguí gritar. Se agachó y tampoco me reconoció. Me preguntó dónde había nacido y sólo entonces me creyó. Me subieron a un camión. Estaba mi hermano mayor. Creí que dormía, pero estaba muerto”.
Hiroshima es la excepción a la ausencia en Japón de monumentos a las víctimas de las bombas o a los hibakusha, que sufrieron la discriminación de su pueblo. Se pensaba que su radiación era contagiosa y que las mujeres sólo darían a luz a deformes. Muchos matrimonios se rompieron. Incluso tenían problemas para encontrar trabajo. Muchos lo ocultaron, para otros era imposible por la severidad de sus heridas. Todavía arrastran secuelas psíquicas, reviven aquel día y se culpan de no haber ayudado a los moribundos.
“A veces me despierto pensando que aún estoy tendida en aquel colegio. Había un niño a mi lado que murió. Siempre me arrepentí de no haberle preguntado su nombre. Años después me enamoré, pero mi estigma era demasiado evidente y la boda se canceló. ¿Tú te casarías con alguien que morirá en 2 o 3 años? Mucha gente no quería ni tocarme. Me rendí, sigo soltera. Me concentré en el trabajo. Fui a Francia a estudiar moda un año y regresé”, recuerda.
Natsumi viste una chaqueta de colores vivos con un pin de un oso en la solapa y zapatos de charol. Ni sus andares trabajosos y encorvados mitigan su semblante juvenil. Acompaña sus respuestas de fotografías, mapas o una cartulina rosa. Trabajó durante 30 años como asistente de Hanae Mori, una de las diseñadoras más rutilantes de Japón. Fue Mori quien la convenció recientemente de desenterrar su pasado, que hoy está más vivo que nunca por cuenta de Fukushima. Ella y otros sobrevivientes se convirtieron en un tenaz grupo de presión contra la energía nuclear civil y militar.
“Voy a los colegios porque los niños me entienden. Las centrales son un error. Estados Unidos fue responsable de aquellas dos tragedias, pero esta es culpa nuestra. Nuestros líderes no han aprendido lo que ocurrió aquí hace 65 años”, sentencia
Se debate si Fukushima frenará el anunciado segundo renacimiento de la energía nuclear. “El lobby nuclear es muy poderoso, pero si el pueblo habla fuerte, los gobiernos escucharán. No soy muy optimista. Supongo que el auge nuclear seguirá, aunque en menor medida”, cuenta a este diario Frank Barnaby, asesor nuclear del Oxford Research Group.
Las autoridades anunciaron ayer que ya regresó la energía al reactor número 2 de la planta nuclear. Una luz de esperanza en medio de la crisis, pues con el fluido eléctrico la temperatura podrá ser controlada y se detendrá la fusión del núcleo, el peor escenario y el que todos quieren evitar. Esperan controlar también los otros reactores, especialmente el 3, en cuyo interior se esconden peligrosas cantidades de plutonio, el material radiactivo más contaminante de todos.
El Parque de la Paz es una inmensidad dedicada a la memoria de las víctimas del primer accidente nuclear que vivió Japón. Bajo el medio arco de cemento que forma el cenotafio hay una inscripción: “Que las almas descansen aquí en paz. Para que no caigamos de nuevo en el mal”…
Contenida crisis nuclear en Japón
A pesar de las declaraciones hechas por el secretario del gabinete del vicepresidente de Japón, Tetsuro Fukuyama, según las cuales la situación es todavía “incierta”, el gobierno, en cabeza del ministro de Salud, Ritsuo Hosokawa, confirmó que se están enfriando las barras del reactor 3, que de explotar ocasionaría algo parecido a la crisis nuclear que ocurrió en 1945 en Hiroshima.
La situación de los reactores en Fukushima 1, que es donde está la central nuclear dañada , se ha estabilizado. Sin embargo, los niveles de radiación siguen por encima de los estándares de seguridad, como ocurre también en la prefectura de Ibaragi, vecina a la de Fukushima, que será desmantelada después de ser controlada la emergencia.
La crisis entra en una nueva fase
Las últimas noticias que emitió el gobierno japonés confirman que se dio un aumento de la presión en el redactor 3 de la planta de Fukushima. Esto ha ocasionado que se liberen gases radiactivos a la atmósfera, situación que fue controlada, según informa el New York Times. El incidente ocurrió después de 14 horas en las que bomberos militares y civiles han insuflado alrededor de 2.400 toneladas de agua de mar. En medio de la incertidumbre, se considera que el problema nuclear entró a una nueva fase al lograr que ayer camiones cisterna lanzaran toneladas de agua a la piscina con combustible nuclear del dispositivo 4 de la central de esta misma planta.A su vez, el reactor 2 tiene corriente eléctrica después de nueve días sin el suministro, situación que impediría una reacción nuclear.