Para todas aquellas personas del mundo que realizaron generosas donaciones, para las organizaciones humanitarias que pusieron en marcha una masiva operación de respuesta humanitaria y principalmente para los haitianos, esta falta de progreso es tremendamente desconcertante.
En primavera, Puerto Príncipe se convirtió en una capital repleta de carpas y lonas, clínicas de emergencia y letrinas temporales. Alrededor de un millón de personas que habían perdido sus hogares se asentaron en campos improvisados. En medio de enormes necesidades, la respuesta global humanitaria salvó muchas vidas y proveyó a los afectados de alimentos básicos, agua potable y cuidados médicos.
En octubre pasado, el cólera empezó a cobrar vidas. La enfermedad, prevenible y tratable con facilidad, se extendió a cada una de las provincias, lo cual demostró las carencias del pésimo sistema de agua y saneamiento que dejaba sin acceso a agua potable y letrinas a millones de personas.
Los haitianos se enfrentan a unos enormes retos para 2011. Un millón de personas necesitan regresar a casa o encontrar nuevas viviendas. El país entero está en riesgo debido al cólera y el único modo de erradicar la enfermedad es asegurar que alrededor de nueve millones de personas tengan acceso a agua potable y a información sobre buenas prácticas de higiene. Las disputadas elecciones de noviembre resultaron en una gran agitación política y los haitianos aún no saben quién va a ser su próximo presidente o presidenta.
Se ha realizado un gran trabajo en Haití. Lo ha realizado su pueblo y aquellos de nosotros que, junto con la comunidad internacional, prometimos nuestro apoyo desde un inicio; pero ese primer impulso no puede ser una excusa para quedarse de brazos cruzados. Tenemos la responsabilidad de ir más allá, de tomar decisiones difíciles, de disminuir el sufrimiento y reducir la pobreza y de contribuir a brindar oportunidades con futuro. Pueden parecer unas expectativas muy altas, pero después de toda la atención y la generosidad mostrada hacia Haití, debemos cumplir nuestras promesas.
Haití necesita hoy el liderazgo de un gobierno soberano. Pero las exigencias a los dirigentes de Haití podrían desbordar a los mejores políticos de los países más ricos del mundo. Los gobiernos que prometieron miles de millones de dólares después del terremoto deben cumplir aún estas promesas, pues sólo han desembolsado el 40% de los fondos comprometidos para 2010, según el Enviado Especial de Naciones Unidas para Haití, Bill Clinton.
Sólo cuando el gobierno, con el apoyo de los donantes, tome decisiones sobre la creación de empleo, la retirada de escombros y el reasentamiento de los desplazados, podremos avanzar y dejar atrás las tiritas de la ayuda de emergencia para encarar soluciones a largo plazo.
* Director de Oxfam para Haití