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Los primeros 60 años

Por estos días en Israel se celebra por todo lo alto el nacimiento de su Estado, el 14 de mayo de 1948. Una mirada al milagro judío y al destino de una familia palestina durante estos años.

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El sol que cae sobre el Mediterráneo ilumina las fachadas blancas y las miles de banderas israelíes que adornan Tel Aviv. Subo las escaleras abiertas al minúsculo apartamento de la familia Srur. Los Srur hacen parte del millón y medio de palestinos que viven legalmente en Israel (país 51 veces más pequeño que Colombia y con 7 millones de personas). Les pregunto qué harán esta noche, mientras los judíos celebran los 60 años de su Estado. El viejo AbuAli dice que se quedará leyendo, “como siempre”. Su hijo, su esposa y su nieta irán a una boda “los salones para bodas palestinas no dan abasto esta noche, es mejor estar adentro que en la calle”.

Los dos nietos mayores, de 17 y 18, no saldrán. En la celebración del año pasado estaban jugando fútbol con amigos cuando sonó la sirena de bombardeo, que aquí usan para celebrar las fiestas nacionales (mientras suena, todo el mundo tiene que quedarse quieto, callado y de pie, también los conductores en las autopistas). No se quedaron quietos y uno jugaba además con los colores de la bandera palestina, que es perseguida por la policía. Cinco fueron arrestados.

Mientras el hijo de AbuAli me cuenta la historia de sus nietos, veo en un muro de la sala una foto muy vieja de familia. El hombre mayor tiene un larguísimo bigote y usa una jatta en la cabeza como la de Arafat, las mujeres tienen velos musulmanes decorados. AbuAli me ve interesado. “La salvé de un incendio”, me dice.

El no retorno

La foto es de 1934. “Mi abuelo, el de los bigotes, tenía un negocio de hospedaje que había heredado de su padre, para peregrinos que iban a visitar Jerusalén”. Su hermano mayor tenía además un huerto de árboles frutales. Había cientos de esos pequeños huertos en la antiquísima Ciudad de Jaffa, que ocupaba el 65% del actual territorio de Tel Aviv, de acuerdo con las fotos aéreas tomadas por los ingleses entre 1939 y 1941.

“Usted puede verlo en los libros: al principio del mandato británico la convivencia con los judíos que llegaban a nuestra ciudad era pacífica; asistían a nuestras fiestas, hacíamos negocios, compartíamos barcos para faenar pescado”. Durante los últimos años 30 y los 40 la masiva inmigración judía, movida por las arengas del sionismo o por convicciones religiosas, y luego multiplicada por la tragedia del antisemitismo y el exterminio nazi en Europa, hizo que el miedo y las tensiones fueran en aumento (unos 380.000 inmigrantes llegaron entre 1933 y 1948).

Los eventos tomaron pronto una dinámica de no retorno. En Jaffa se repitieron los atentados terroristas del grupo paramilitar judío Irgún. Tras la resolución 181 de la ONU, de 1947, y los hechos posteriores, el 14 de mayo de 1948 se declara el nacimiento del Estado de Israel. “Nuestro hostal fue tomado por miembros de la Hagana (milicia judía), la casa de mis padres incendiada, la del huerto demolida. Dos tíos fueron asesinados en los sembrados por miembros del Etzel (Irgún) a golpes y cuchillo”. Las familias palestinas de Jaffa fueron recluidas en el pequeñísimo e insalubre barrio de Áyami. Allí quedarían confinadas durante los siguientes 18 años.

La ciudad imaginada

En muy poco tiempo Israel construyó barrios, carreteras, hospitales. Agrandó los puertos, hizo edificios, escuelas, universidades. Estableció uno de los mejores sistemas de salud pública del mundo. Todo nuevo, sobre lo que ya existía. Armó también un ejército de reclutas que incorporó nuevos territorios mediante la guerras de 1967, 1973 y 1982 (incluyendo Gaza y Cisjordania, en donde hoy viven 3,2 millones de palestinos, todavía bajo control militar israelí pero sin ser parte de Israel). Con ayuda norteamericana, el joven país pronto tuvo la cuarta flotilla de aviones del mundo, la tercera de tanques y un arsenal atómico.

Cuando en 1966 la familia de AbuAli salió de la reclusión en Áyami, la realidad había cambiado para siempre. Despojados de todos sus bienes, empezaron a pagar alquiler por medio apartamento, en un edificio habitado por nuevos inmigrantes. Su hermano menor se unió al partido palestino Al Fatah, ilegal en Israel, y pasó la vida entrando y saliendo de la cárcel (como han hecho desde entonces otros 610.000 palestinos con pasaporte israelí, de acuerdo a las cuentas oficiales). En 1948, AbuAli había interrumpido sus estudios y desde entonces trabajó en lo que pudo encontrar, la última vez como cotero durante 15 años.

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De los familiares que huyeron se sabe muy poco (por tener pasaporte del Estado, los palestinos de Israel tienen prohibido visitar o tener contacto con todos los países árabes considerados enemigos). La mayoría de los 820.000 desplazados salieron en el 48 creyendo que pasados los desórdenes regresarían en un par de semanas. Nunca volvieron. “A mi nieta le enseñan que en donde está Tel Aviv sólo había dunas, que la ciudad de Jaffa nunca existió. Y se supone que es una escuela de orientación árabe”, dice AbuAli. “Tal vez me lo imaginé todo”, agrega sonriendo.

Mientras bajo las escaleras abiertas puedo ver el perfil de Tel Aviv de noche. La prensa ha dicho que los fuegos artificiales serán espectaculares en la Plaza Rabin (llamada así desde 1995 en homenaje al primer ministro israelí Isaac Rabin, asesinado ahí por un estudiante judío ortodoxo que se oponía al acercamiento con los palestinos). La prensa sugiere también no trasnochar: mañana temprano el cielo estará ‘majestuosamente cubierto’ por una exhibición de la fuerza aérea.

*Antonio Ungar es escritor y cronista. Actualmente vive en Jaffa, Israel.

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