Manuel Antonio Noriega llegará el miércoles al Undécimo Tribunal de Apelaciones, en Miami, con un objetivo en mente: regresar a casa. Pero el sueño puede convertirse en pesadilla. Un pedido de extradición de Francia y US$3,1 millones se interponen en su camino.
Y mientras sus abogados presentan los argumentos a los tres jueces que componen el tribunal para que lo envíen de vuelta a Panamá, el antiguo militar sentirá el peso indiscutible del tiempo. Sin duda recordará aquellos años en que era el niño consentido del Tío Sam.
Noriega es un fino producto de la doctrina anticomunista que los Estados Unidos impusieron en Latinoamérica durante el siglo XX. En los primeros años de su carrera militar recibió entrenamiento en inteligencia, contrainteligencia y operaciones psicológicas, siendo un alumno destacado de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Lo aprendido allí le sirvió para deponer al presidente Arnulfo Arias en 1968; al poder subió su mentor, el general Omar Torrijos, quien lo premió con el grado de Teniente Coronel y lo puso al frente de la inteligencia militar.
Desde entonces, la relación de Noriega con el país del norte se estrechó. Stansfield Turner, director de la CIA en 1988, reconoció que el panameño pertenecía a la nómina de esa agencia desde los años 70. Y al mismo tiempo que informaba sobre los movimientos de la guerrilla nicaragüense y la salvadoreña en el continente, diseñaba un plan para tomarse el poder. Ese momento anhelado llegó en 1981, con la muerte de Torrijos en un accidente aéreo.
Dos años después Noriega se declaró Presidente de facto, se nombró general y extendió algunas concesiones a E.U. a cambio de su apoyo para reconstruir la democracia: los panameños votaron tras 16 años de control militar.
Arnulfo Arias se presentó con la intención de restaurar su gobierno, pero perdió en las urnas con Nicolás Ardito Barletta. Años después, el investigador Noam Chomsky recordó la jornada en El nuevo orden mundial: “Este fraude recibió las alabanzas de la administración Reagan, que secretamente había enviado ayuda económica al seguro vencedor, a quien remitieron un mensaje de felicitación siete horas antes de confirmarse su ‘elección’”.
El matrimonio duró poco
Un año después de su elección, Ardito le prometió a Washington que investigaría los excesos del régimen militar. Esa declaración no le gustó al general, quien sin más lo echó de la Presidencia. En E.U., el secretario de Estado, George Schultz, entró en cólera: que el antiguo estudiante no siguiera al frente del istmo era un insulto mayor.
Sin embargo, Noriega se puso manos a la obra beneficiado por las grandes sumas que invertían empresarios desde Medellín, acrecentando esas ganancias al venderle armas a Nicaragua para defenderse de los contras (una decisión impulsada por el apoyo de la embajada estadounidense a la oposición). Entonces, llegaron las elecciones. Chomsky consignó el resultado: “En 1989 Noriega robó otras elecciones con menos violencia, aunque esta vez desencadenó la cólera en Washington y en los medios de comunicación”.
Se merecía un castigo ejemplar. El presidente George H. W. Bush ordenó la invasión a Panamá el 20 de diciembre. Los objetivos: restaurar la democracia y evitar un paraíso del narcotráfico en el istmo. Era una causa justa. Dos semanas de operaciones militares y la muerte de unos 4.000 civiles llevaron al general a rendirse.
Noriega fue sentenciado a 40 años de cárcel en 1992 por tráfico de drogas y lavado de dinero; recibió una rebaja a 30 años por haber pagado cárcel, y a 20 por buena conducta.
En Panamá nadie se acordaba del viejo general: los negocios daban grandes utilidades. Como lo confirmó The Washington Post en los años 90: “El nuevo Panamá democrático es el centro más activo de blanqueo de dinero procedente de la cocaína de todo el hemisferio occidental”.
Noriega quiere regresar. Pero el pasado lo persigue. Francia lo condenó en 1999 por lavado de activos y espera verlo tras las rejas.
En Panamá las cosas no son mejores: la justicia lo recibiría con un juicio por homicidio. Sin embargo, no hay nada como el hogar.