Ambas medidas, que se producen cuatro días después de la matanza de 16 civiles afganos a manos de un soldado norteamericano, reducen extraordinariamente la posibilidad de un final ordenado de la guerra y acrecientan el peligro de más violencia y caos. La organización talibán calificó la actitud sostenida hasta ahora por los negociadores de EE. UU. de “vacilante, errática y vaga”.
La negociación con los talibanes era el punto central de los planes trazados por la Casa Blanca para poner fin al conflicto en un contexto de transición política, y no de derrota militar o guerra civil. Iniciada de forma tentativa hace más de un año en Alemania, había avanzado hasta el punto de que los talibanes abrieron hace pocos meses una oficina permanente en Qatar y comenzó a estudiarse la liberación de cinco presos de Guantánamo a cambio de un occidental que está en poder de los radicales islámicos.
El diálogo, no obstante, parece estancado desde el mes de enero, la última vez que el emisario norteamericano para Afganistán y Pakistán, Marc Grossman, el máximo representante de EE. UU. en ese proceso, viajó a Qatar. La administración, según relata el diario The New York Times, se ha encontrado con una fuerte resistencia en el Congreso, en ambos partidos, para poner en libertad a los presos en la base de Cuba.
Pese a todo, el gobierno seguía trabajando para mantener las conversaciones y estaba procurando la mediación de Arabia Saudí, cuyo régimen posee una gran autoridad entre la mayoría islámica suní, a la que pertenecen los talibanes. Esta súbita ruptura, que ha desconcertado por completo a Washington, puede estar vinculada también a las sospechas alimentadas a raíz de la matanza en Kandahar, de que la OTAN podría acelerar la retirada de Afganistán. La próxima cumbre de la OTAN en Chicago, en mayo, se enfrenta a la urgencia de encontrar una nueva estrategia. Abandonar Afganistán precipitadamente sería tanto como huir de los talibanes. Quedarse contra la voluntad del mismo Karzai es convertir la guerra en una invasión.