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Los testigos

La muerte de un fotógrafo en Siria esta semana invita a reflexionar acerca de un oficio peligroso, que ha probado ser vital.

25 de febrero de 2012 - 03:59 p. m.
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“Aquel que controla la historia visual del siglo XX controla la historia del siglo XX”. Philip Jones Griffiths sabe de qué está hablando porque sus fotografías terminaron por cambiar el curso de toda una guerra y la conciencia de un país .

Vietnam Inc, libro publicado por Griffiths en 1971, mostró de cerca los horrores de la guerra que la prensa oficial y los políticos maquillaban a través de comunicados de prensa y partes de victoria en un escenario en donde no podía haber victoria alguna. El reflejo que esas fotografías trajeron de la sociedad norteamericana fue suficientemente real y repulsivo como para inclinar la balanza de la opinión pública hacia el fin del conflicto.

Por aquella época, James Nachtwey era apenas un estudiante, pero el relato que traían del campo de batalla documentos como el libro de Griffiths fue suficiente para entender que una cosa era la realidad a través de la propaganda del gobierno (sea cual sea su bandera o color político) y otra era la realidad: la historia narrada a través de un testigo directo, sin censura, elocuente, poderoso. Decidió que quería pertenecer a aquellos que trabajan en el segundo bando y hoy en día su trabajo es la inspiración para muchos que deciden ir al frente de las batallas para traer de vuelta historias gráficas bajo la convicción de que la opinión del lector y su influencia cuentan.

Al poder, expresado a través de legisladores y gobernantes, no le gustan las imágenes porque, clichés a un lado, una fotografía puede acabar siendo el elemento decisivo que impulsa el imaginario colectivo sobre los hechos: la imagen como agente de cambio. En palabras del mismo Nachtwey, la reportería gráfica “provee el servicio de la conciencia”. Y remata: “Los problemas de la humanidad no pueden ser resueltos hasta que son identificados”.

Es precisamente ese tipo de exposición lo que hace que un reportero de guerra sea el blanco perfecto de cualquiera de los bandos: su testimonio no sólo puede traer consecuencias directas (represalias de algún actor del conflicto), sino que las imágenes y los testimonios que hablan de lo peor de la condición humana, curiosamente apuntan a lo mejor que posee la especie mediante el ofrecimiento de ayuda por cuenta de lectores, organizaciones e, incluso, gobiernos.

Esta semana se sumó a la lista de víctimas en combate Remi Ochlik, el fotógrafo francés asesinado en Siria junto con la legendaria reportera Marie Colvin. También hay que recordar las bajas y los heridos que han dejado la Primavera Árabe y las guerras de la pasada década en Afganistán e Irak.

Dos de los casos más notables de los últimos meses son Tim Hetherington (el codirector del documental ‘Restrepo’), quien murió cuando tropas del ejército libio le dispararon en la ciudad de Misrata; en el mismo ataque también falleció el reportero gráfico Chris Hondros y Guy Martin, también fotógrafo, fue herido de gravedad.

En octubre del año pasado, João Silva, reportero gráfico portugués del diario The New York Times, perdió ambas piernas cuando un artefacto explosivo casero (más conocido en inglés como IED) estalló bajo sus pies mientras acompañaba en un patrullaje a soldados norteamericanos en Afganistán.

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Es célebre la frase de Robert Capa, quienes algunos consideran el padre de la fotografía de guerra moderna, que dice: “Si tus fotos no son suficientemente buenas es porque no estabas suficientemente cerca”. Sin entrar en discusiones de oficios, los reporteros, quienes se encargan de los textos, en su mayoría van un par de líneas atrás en una zona de batalla, las líneas suficientes que hacen la diferencia entre vivir y morir.

El primer día de los ataques aéreos en Libia los medios de comunicación del mundo registraban el hecho con reportes emanados desde ciudades cercanas a los hechos o incluso a través de los cables de las agencias que recibían información de sus enviados especiales o a través de fuentes en la OTAN y demás. En el terreno se encontraba Goran Tomasevic, fotógrafo de Reuters, quien esa mañana disparó la fotografía que abría las versiones impresas y digitales de diarios como The New York Times o The Guardian, sólo por mencionar dos de los pesos pesados.

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La discusión no es acerca de qué pesa más entre una fotografía y un texto, porque hay grandes ejemplos de ambas que ostentan un lugar icónico, como la imagen del edificio que quedó en pie después de la bomba en Hiroshima y el libro de John Hersey que lleva el nombre de esta ciudad japonesa; ambos testimonios elocuentes del comienzo de la era atómica .

Lo cierto es que las fotografías pueden lograr un alto nivel de contundencia y belleza que apelan a lo más profundo del alma humana mediante un camino simple. Si la música es un lenguaje universal, capaz de atravesar barreras como impedimentos mentales, la fotografía también ostenta un nivel similar de ubicuidad entre culturas y problemas: se convierte en un documento poderoso para contar la historia más allá de las balas y los gritos, lejos de los pasillos del poder y del alcance de los tiranos.

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¿Quién era Marie Colvin?

Marie Colvin, muerta esta semana en Siria, era reconocida como una de las grandes corresponsales de guerra de nuestros días. Norteamericana de nacimiento, había trabajado desde hace 25 años para The Sunday Times en casi todos los grandes conflictos de las últimas décadas: desde Chechenia, pasando por Yugoslavia y Afganistán, hasta Sri Lanka, en donde un ataque del ejército de ese país le quitó un ojo por cuenta de una granada lanzada a su automóvil hace 11 años. Colvin había ingresado a Siria el 14 de febrero de este año luego de haber cruzado la frontera en secreto a través de una ruta utilizada por contrabandistas y que, hasta el día de hoy, se desconoce.

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