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Manuel Contreras, el torturador de Chile

Jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia por cuatro años, Contreras murió por causas naturales el 7 de agosto. Fue culpable de numerosas muertes y desapariciones en la dictadura de Pinochet.

12 de agosto de 2015 - 10:54 p. m.
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De Manuel Contreras, muerto a los 86 años el 7 de agosto, decían que no tenía conciencia. Que había ordenado la tortura y el asesinato de miles de chilenos bajo la dictadura de Pinochet, como jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional, sin tener un atisbo moral del irrefrenable infierno que creaba. Sin embargo, con cierto grado de sabiduría, un comentarista dijo en las redes sociales que Contreras, que sufría de diabetes y cáncer de colon a la hora de su muerte y tomaba 17 medicamentos al día para mantenerse vivo, tenía conciencia de todo aquello que hacía, una conciencia excesiva. Sabía que estaba arrasando con la izquierda de Chile, en primer lugar, y para seguir con la izquierda de América Latina cuando se alió con las cabezas de otros ejércitos regionales en la Operación Cóndor. Sabía que los modos de la dictadura no correspondían con la diplomacia. Sabía que Pinochet y él y otros muchos generales eran responsables de quebrar cabezas y ajustar cuentas con quienes discordaban con sus ideales. Y, sobre todo, Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda reconocía con orgullo que le tomó cuatro años, sólo cuatro años, pacificar la nación chilena.

De muerto en muerto y de condena en condena, Contreras fue sumando años de prisión desde los noventa, cuando Pinochet cayó y los chilenos, sin el miedo propio de la dictadura, recordaron a sus carceleros. Fueron 15 años por el secuestro de cinco ciudadanos entre 1973 y 1974; 13 años de presidio mayor por otro secuestro; otros 10 años por la detención de militantes de un partido de izquierda; doble presidio perpetuo por el asesinato del general Carlos Prats y su esposa, Sofía Cuthbert; 15 más por el secuestro de Sergio Lagos Marín; siete años más por el asesinato, con un bombazo, del ministro de Relaciones Exteriores de Salvador Allende, Orlando Letelier. De tortura en tortura y de muerto en muerto, Contreras sumó 520 años de prisión y desde 1993 purgaba una pena tras otra, de cárcel en cárcel, argumentando con pasión que él sólo había obedecido órdenes de sus superiores y sugiriendo en ocasiones su inocencia moral.

Para los tribunales chilenos, su culpa estaba probada. A principios de los años setenta, después de que el golpe de Estado contra Salvador Allende tuviera éxito, Pinochet le encargó la creación de una oficina de inteligencia. Contreras presentó un proyecto en el que participarían cerca de 50.000 informantes en todo el país y que mantendría a Chile alejado de las tendencias “marxistas” que abundaban en América Latina. En la década que siguió, con la aprobación de Pinochet, Contreras ordenó la detención, tortura y muerte de numerosos ciudadanos chilenos sobre quienes la DINA tenía alguna sospecha: podían ser o no comunistas, podían ser o no izquierdistas. La sospecha, en época de terror, es prueba suficiente. En una entrevista de 2004 con la revista Semana, Contreras decía: “Creo que nosotros somos el único país que ha derrotado al terrorismo en el mundo”. El dejo de orgullo era perceptible.

Por esos años, a través de una misiva lacónica, Contreras —el Mamo Contreras, como le decían— invitó a los generales de América Latina a unir esfuerzos para atacar el comunismo. Se unieron los gobiernos de Bolivia, Uruguay, Paraguay y Brasil con el apoyo de Estados Unidos, que también había tenido cierta influencia en la caída del gobierno de Allende. Dos de los casos más reconocidos de la Operación Cóndor, como se llamó la unión en honor al mítico animal latinoamericano, fueron las muertes de Carlos Prats, que estaba exiliado en Argentina, y Orlando Letelier, refugiado en Washington. Como sucedió en el caso de Trotsky con la KGB, que lo buscó hasta los confines de México para asesinarlo, la DINA fue responsable de ubicar ambos objetivos y de activar las explosiones que los deshicieron. En la última década, Contreras señalaba a Michael Townley, agente de la CIA, como responsable de la muerte de Letelier.

Contreras fue encontrado responsable de numerosos casos relacionados a la Operación Cóndor, como la desaparición de 23 personas en Villa Grimaldi, uno de los centros de tortura de la agencia de inteligencia. Su misión, en sus palabras, era “extirpar y eliminar el extremismo marxista”. Cuatro años estuvo Contreras a la cabeza de la DINA y en los ochenta tuvo una vida sosegada. En los noventa comenzaron las acusaciones y las condenas, que en ocasiones desobedeció. Prefería encerrarse en su casa. A la hora de su muerte, Contreras llevaba casi dos semanas en el hospital, estaba condenado y tenía todavía 59 investigaciones pendientes. Su condena de cinco siglos estaba aún incompleta.

A finales de 2005, Contreras tuvo un careo con el ya envejecido dictador Pinochet, ambos acusados por entonces de la desaparición de 119 opositores en la Operación Colombo. Las agencias de noticias anotaron que cuando le preguntaron a Pinochet sobre las órdenes que le había dado a Contreras para asesinar opositores, aquél dijo: “No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto, y si fuese cierto, no me acuerdo. A Contreras le gustaba tener engatusado, envuelto al jefe, para poder meter sus cosas”. Según Pinochet, Contreras decidía por propia voluntad, sin consultar al resto. Contreras, años después, recordaría que la extensa negación de Pinochet de los crímenes que todos —todos— cometieron durante su gobierno le había dolido. Estaban pagando personas inocentes. En el careo judicial, con la presencia del juez Víctor Montiglio, Pinochet espetó después un corto memorial de agravios que suena a contradicción: “Manuel Contreras, a mi parecer, quiso tomar el país, pero no me acuerdo. Yo saqué a Contreras porque estaba creando problemas que yo había prohibido. Tengo que haber sido yo, porque el único que lo podía mover era yo”. El abogado Eduardo Contreras, encargado de varias demandas en contra de Pinochet, dijo por entonces: “Fueron una pareja, los Batman y Robin del crimen, y ahora están peleados por sus distintos intereses”.

Quienes celebraron la agonía y muerte de Manuel Contreras, a las afueras del Hospital Militar, alegaban impunidad por los crímenes que ordenó, vio o ejecutó por mano propia, y alegaban además que sus condenas eran pírricas y que sus familiares por lo menos sabrían dónde encontrar su cadáver y ponerle flores, que en eso se diferenciaba de sus muertos: su paradero sería sencillo de encontrar. Alegaron también que el rango de general era indigno de su persona y encontraron cierto alivio en el hecho de que su entierro prescindiría de honores militares. De muchos modos lo recordaron el día de su muerte. Lo llamaron carnicero, bestia, asesino, monstruo, torturador, sanguinario, criminal, genocida, carcelero, general más allá de la muerte, represor, hijo de puta, secuestrador, cómplice, psicópata, mártir, rata, Mefistófeles, delincuente, concha de tu madre, fascista, y por último, y para que no se olvide nunca y no quede duda de la fuente de su perdición, pinochetista.

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