De acuerdo con las normas constitucionales de Brasil, en caso de que la presidenta muera, sea destituida o renuncie, su vicepresidente, en este caso Michel Temer, asumiría la presidencia. Al menos hasta 2018 cuando se realizarían nuevas elecciones.
Desde el año pasado, cuando el gobierno de Dilma Rousseff comenzó a hacer agua, Temer, líder del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), comenzó a tomar distancia y ayer anunció la salida de su filiación política del gobierno. Algo grave, pues ese partido no solo tiene 7 de los 31 ministerios sino un número importante de diputados con los que contaba Rousseff para evitar el juicio político. Los ministros, según el cronograma, tienen plazo de renunciar hasta el 12 de abril.
Paradójicamente, el líder del PMBD, Temer, no dimitirá por obvias razones: quiere ser el remplazo de Rousseff, cada vez más complicada.
Sus intenciones quedaron claras hace tiempo. En octubre, Michel Temer, admitió que la crisis política era grave y que Brasil necesitaba “a alguien para reunificar” el país. En diciembre dio su segundo golpe a la presidenta al publicar una carta de despecho en la que decía ser un “vicepresidente decorativo”. Quería salir de las sombras, según analistas brasileños.
En la última exhibición de su calculada prudencia, Temer no participó de la reunión en la que el poderoso PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño, centro), el partido que dirige desde 2001, anunció entre vítores su abandono a Rousseff. Una vez más, este estratega de andar erguido y aire distante prefirió observar desde las bambalinas, pero consciente de que ahora los focos están sobre él.
Michel Miguel Elias Temer Lulia nació en 1940 y creció en una chacra del interior paulista como el menor de ocho hermanos de una familia de inmigrantes libaneses católicos llegados a Brasil 15 años antes.
En Sao Paulo se convirtió en un prestigioso abogado constitucionalista -es autor de una obra de referencia que ha vendido más de 200.000 ejemplares- e inició la carrera que lo llevó a ser tres veces presidente de la Cámara de Diputados durante sus seis mandatos como legislador del PMDB.
“Sorprende que un constitucionalista adopte una posición tan abiertamente golpista, y es lo que está haciendo Michel Temer ahora. Va a entrar en la historia como un golpista”, valoró a la AFP Alfonso Florence, líder del gobierno en la Cámara.
Su distancia siempre lo apartó de los brasileños que, en unas supuestas elecciones a las que concurriera, entre otros, con el líder de la oposición, Aecio Neves, o el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, le darían a lo sumo el 2% de los votos, según un sondeo de Datafolha.
“Dicen que tengo que cambiar mis maneras, que soy demasiado ceremonioso. ¿Pero cómo? Siento envidia de quien hace bromas. Yo no sé hacer eso”, contó a la revista Piauí en 2010.
Y lo demostró recientemente cuando trató de frenar la euforia de sus compañeros de partido, que le recibieron en un acto al grito de “¡Temer presidente!”. Sin saber qué responder, solo atino a decir: “Por ahora nó, esperemos a 2018”. El terremoto político que sacude al país lo deja más adelante de donde dijo iba a estar.