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Negociando la paz en Palestina sin grandes esperanzas

La crisis en Egipto, la división interna en la política de Palestina y la expansión de los asentamientos israelíes, no prometen muchos avances en estos nuevos diálogos.

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Este miércoles se reanudaron las conversaciones de paz entre palestinos e israelíes, interrumpidas hace tres años. Esta nueva ronda, patrocinada por el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, viene precedida de un encuentro bilateral en Washington para sentar las bases del diálogo. Según el responsable estadounidense, ahora hay un compromiso para debatir todos los asuntos espinosos, que son muchos, lo cual puede prolongarse durante nueve meses.

No hay, sin embargo, grandes motivos para el optimismo. En primer lugar, tenemos la inestabilidad regional: Oriente Medio, empezando por Egipto, uno de los garantes tradicionales del proceso, se halla sumido en un estado de convulsión y guerra interna de efectos imprevisibles, en especial en Siria. Cuanto pueda ocurrir en ésta, y en el vecino Líbano, asimismo fronterizo con Palestina, influirá notablemente en el curso de las deliberaciones. El lanzamiento, por otra parte, de cohetes desde la península egipcia del Sinaí hacia el sur de Israel, y los rumores confusos sobre posibles operaciones secretas de ejército de ésta en territorio egipcio y, también, en Gaza, hace prever una escalada militar en cualquier momento, lo cual daría al traste con cualquier intento negociador.

Pero las dificultades principales siguen residiendo en la naturaleza de las relaciones entre palestinos e israelíes y la capacidad y disponibilidad de unos y otros para llegar a un acuerdo definitivo. En este sentido, tiene mucha mayor responsabilidad el régimen de Tel Aviv, de cuyo manejo de lo que la retórica política más intransigente denomina “concesiones imposibles” depende el triunfo de las conversaciones. Eso o de una renuncia total y definitiva por parte de los negociadores palestinos de sus reivindicaciones históricas.

En realidad, la Autoridad Nacional Palestina (ANP) ha rebajado sus peticiones originarias, hasta el punto de aceptar la pervivencia de algunos asentamientos en la Cisjordania ocupada o la gestión de los santos lugares de Jerusalén, tal y como contemplaba el plan de la Liga Árabe dado del pasado mayo. De hecho, la ANP ha accedido a participar a pesar del anuncio de la construcción de miles de nuevas viviendas para colonos en Jerusalén y Cisjordania. Primero amagó con no acudir; luego, debido a las presiones estadounidenses, reconsideró su postura. Pero es de temer que el asunto vuelva a paralizar esta ronda, más si se consideran las declaraciones de dirigentes israelíes, como el ministro de Vivienda, en el sentido de que su gobierno no aceptará indicaciones de nadie sobre qué y dónde pueden o no pconstruir.

Además, la ANP se presenta a este cita sin contar con el respaldo del resto de formaciones y de la opinión pública local, que no espera gran cosa. Hamás, desde Gaza, cuyas fronteras siguen cerradas por los israelíes desde hace años, la considera una pérdida de tiempo y pone en duda la legitimidad del presidente de la ANP, Mahmud Abbás, para hacer concesiones territoriales. Así las cosas, la única baza que éste puede presentar ante los suyos es el compromiso israelí de liberar a 104 prisioneros, retenidos con anterioridad a los acuerdos de Oslo en 1994; con todo, el número de presos palestinos sigue superando los cinco mil, muchos de ellos sin acusaciones ni sentencias formales, y los arrestos y detenciones se suceden en Cisjordania, con negociaciones de paz o sin ellas, lo mismo que los bombardeos sobre Gaza.

La ANP desea un acuerdo definitivo sobre la constitución de un estado palestino. La viabilidad de este último, en cualquier caso, estará supeditada a la pervivencia de los numerosos asentamientos desperdigados por toda Cisjordania, que hacen imposible la continuidad territorial de la misma. El estado de Israel controla además el acceso de personas, mercancías e incluso los impuestos y tasas de aduana que debería recaudar la ANP, y tiene plena jurisdicción sobre el espacio aéreo palestino y las áreas habitadas por los colonos. Es tal el dominio que ejerce sobre los palestinos y su territorio que se puede permitir aplicar medidas de castigo y presión, por ejemplo, tras el reconocimiento de Palestina como estado observador en la Asamblea General de NN.UU., para estrangular más aún la frágil estructura económico-social palestina, con mayor contundencia aún en Gaza.

En realidad, el gobierno israelí aplica la receta sugerida en su momento por el sionismo clásico: utilizar las negociaciones como recurso para ganar tiempo y crear nuevas realidades sobre el terreno (más colonias, adquisición de tierras y desplazamiento de la población nativa) hasta forzar a los palestinos a la renuncia definitiva. Y, puesto que nadie presiona para hacer cumplir lo pactado en acuerdos previos, como en Camp Davis 2 (2000) o Annapolis (2007), el proceso de alarga sin remisión. En definitiva, más que especular sobre el éxito de las conversaciones, la gran incógnita es aventurar cuánto durarán antes de que se anuncie su fracaso.


* Experto en estudios árabes e islámicos y estudios orientales de la Universidad Autónoma de Madrid

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