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Nelson Mandela, al fin libre

A sus 95 años, casi todos dedicados a la lucha por los derechos de su gente, el gran líder sudafricano Nelson Mandela ha muerto.

05 de diciembre de 2013 - 12:11 p. m.
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El mundo libre llora a Madiba, como fue conocido en su país natal, y no volverá a verse su amplia sonrisa que lo inmortalizó a la hora de la resistencia contra el Apartheid o en el momento de oficiar como anfitrión en el Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, pero su legado personal y político quedará en la historia como uno de los héroes fundamentales del siglo XX.

Nacido el 18 de julio de 1918 en Umtata, entonces capital del territorio de Transkei, situado en las montañas de antesala al Océano Índico, Nelson Rolihlahla Mandela llegó al mundo destinado a rendir homenaje a sus ancestros. Su familia pertenecía a un clan étnico de raíces honoríficas y su padre Henry Mgadla era jefe tribal de los Tembu. Por eso su segundo nombre, Rolihlahla, en lengua sudafricana obedeció a un significado: “tirar de la rama de un árbol”, o en sentido universal, “alborotador”.

Un atributo que no estuvo lejos de su verdad personal. Como lo testificó su hermana Mabel Timakwe, en aquellos tiempos, la vida en Sudáfrica era dura y aunque nunca les faltó qué comer, el trabajo era el deber para sobrevivir. Sin embargo, desde corta edad Nelson Mandela entendió qué podía marcar la diferencia: la educación. Primero lo hizo en una escuela de misioneros británicos, donde asumió las disciplinas básicas de la cultura inglesa dominante, y concluida su secundaria, se matriculó para estudiar Artes.

Lo hizo en el Colegio Universitario de Fort Hare, donde no solo obtuvo su título de bachiller sino que dejó asomar su liderazgo, al punto de que ofició como integrante del Consejo de Representantes Estudiantiles. Un escenario propicio para su ímpetu libertario que dejó ver organizando una huelga estudiantil que le costó la expulsión. Pero cuando todo hacía pensar que este revés personal iba a aminorar su carácter, se trasladó a Johannesburgo, y se siguió preparando para retos mayores.

Una vez ubicado en la capital sudafricana, no extrañó que se sumara a las filas del Congreso Nacional Africano, una organización política creada en 1912 para luchar por la reivindicación de los derechos de la población mayoritaria negra, frente a los intereses de la minoría blanca procedente de Europa. Por eso, en 1942, a sus 24 años, con título de abogado de la Universidad de Witwatersrand, emprendió su trabajo público. Un año más tarde, para oponerse a un alza de tarifas en el transporte, organizó su primera huelga.

Sin embargo, no eran tiempos fáciles en el país africano. Después de sucesivas guerras y periodos de dominación extranjera que pasaron por manos portuguesas, holandesas, alemanas o inglesas, en 1948 llegó al poder el Partido Nacional Sudafricano, compuesto por Afrikáners, es decir, descendientes directos de los colonizadores holandeses y defensores de los Boer como supuesto pueblo elegido para gobernar en Sudáfrica. La consecuencia fue un giro radical en la política y el comienzo del Apartheid.

Cuando asumió como Primer Ministro Daniel Malan y comenzó la política oficial de segregación que dejaba por fuera de cualquier decisión pública a aquellas personas que no fueran de origen europeo, y que poco a poco relegó a los africanos a vivir fuera de los cascos urbanos y acomodarse en suburbios en zonas marginales, el Congreso Nacional Africano respondió de inmediato. Ahí estuvo a la cabeza Nelson Mandela, con la campaña de desafío, junto a otros líderes como Walter Sisulu u Oliver Tambo.

La primera idea fue emular al líder de la no violencia de India, el Mahatma Ghandi, con campañas de desobediencia civil y denuncias contra el Apartheid. De hecho, a su lado estuvo Manilal Ghandi, hijo del Mahatma, con quien protagonizó una multitudinaria marcha en Durban, ciudad de mayoría india. Esta y otras iniciativas similares de resistencia activa, llevaron a la creación del Congreso del Pueblo y a la adopción de la llamada “Carta de la Libertad”, para adherir las grandes masas a la lucha contra el régimen vigente.

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Sin embargo, esta gestión que pretendía que Sudáfrica perteneciera a todos sus habitantes, incluidos negros y blancos, y que ningún gobierno podía considerarse legítimo si no estaba sustentado en la voluntad de todo el pueblo, exacerbó los ánimos del gobierno que respondió con represión a la no violencia. En 1956, luego de sucesivas marchas de protesta, Nelson Mandela y 156 líderes más de la resistencia fueron arrestados y después de un largo juicio condenados por el delito de traición.

Después de la crisis de 1956, vino una época de complejas transformaciones en la política sudafricana. Mientras Mandela y demás líderes libraban una dura batalla ante la justicia con la posibilidad de que fueran sentenciados a pena de muerte, fueron surgiendo diversos grupos de activismo que también dieron lugar a la consolidación de la lucha armada. El momento culminante de esta intensa época se dio en marzo de 1960 cuando las protestas derivaron en una terrible masacre.

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En el poblado de Sharpville, el 21 de marzo de 1960 se habían reunido miles de personas para protestar contra la llamada Ley de pases que exigía a la población negra portar siempre un carné de identidad, pues estaba prohibido que ingresara a las zonas blancas. En medio de la manifestación la gente, empezó a concentrarse junto a una estación de policía, y súbitamente vinieron los disparos. 68 personas murieron. 180 quedaron heridas. El recuerdo de esta tragedia, años después el 21 de marzo quedó consagrado como el Día Internacional contra la Discriminación Racial.

Después de Sharpville, a los distintos grupos políticos de defensa de la población negra no les quedó otra opción que sumarse al Movimiento de Resistencia Africana. El propio Nelson Mandela lo hizo y después de recuperar su libertad pasó a la clandestinidad y cerca de la frontera norte entró a organizar y comandar el grupo Umkwontowe Siswe o ‘Lanza de la Nación’. En adelante, oculto tras varias identidades, Mandela pasó varios meses en la guerra a través de atentados contra instalaciones militares y gubernamentales.

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Finalmente, en 1963, al parecer por información suministrada por la agencia de inteligencia norteamericana CIA, pues ya era considerado integrante de una facción comunista y terrorista, Nelson Mandela fue capturado. Sometido a un juicio en el cual obró como su propio abogado, fue condenado a cadena perpetua y confinado a la cárcel de Robben Island, una isla situada a 30 kilómetros al sur del continente africano. Cuando se creía que ahí terminaba su accionar político, comenzó su época de mayor vigor.

Escogido como vocero de los prisioneros, el reo número 466-64 se convirtió en el líder negro más importante de Sudáfrica. Encerrado, sometido a trabajos forzados, bajo un estricto régimen que solo le permitía una visita cada seis meses, con pésima alimentación y siempre amenazado, pero atento a las luchas políticas de los nuevos líderes africanos que mantuvieron la resistencia contra el Apartheid. Sobrevivió a intentos de asesinato, a enfermedades en prisión, a presiones políticas, y nunca cedió en su lucha.

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En 1982, con otros dirigentes políticos, Mandela fue trasladado a la cárcel de Pollsmoor. Ya se había dado la terrible masacre de Soweto de junio de 1976 en que murieron casi 500 personas en medio de la represión policial, y las imágenes de esta tragedia aterraban al mundo. Por eso, su remisión a otro centro penitenciario se interpretó como un primer acercamiento entre las autoridades y los líderes de la resistencia contra el Apartheid. La evidencia se dio tres años después cuando el entonces presidente Botha ofreció liberar a Mandela a cambio del fin de su lucha armada.

De la misma manera como en 1964 había advertido que lo suyo era un sueño por una sociedad libre en la cual las personas, sin distingos de raza, pudieran vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades; en 1985, cuando se enteró de la propuesta del gobierno, a través de su hija envió una carta en la que respondió con un interrogante: “¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de la gente? Solo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos”.

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Las negociaciones siguieron durante los siguientes años, Nelson Mandela fue trasladado de nuevo, esta vez a la cárcel Víctor Verster. Poco a poco se fueron levantando sus restricciones. Empezó a ser un personaje público que recibía en su celda desde académicos y abogados hasta embajadores y líderes políticos. Pese a sus apremios de salud por su largo encarcelamiento, este fue el momento en el que salió a relucir toda su fuerza interior. Desde las calles de su país y desde las principales capitales del mundo empezó a escucharse un clamor: “Free Nelson Mandela”.

Para el año 1989, en los distintos conciertos musicales del mundo se repetía el mismo estribillo. Caía el muro de Berlín, en la Plaza de Tian’anmen en China, se pagaba un alto tributo en víctimas a nombre de la libertad, y en los cuatro puntos cardinales del planeta Nelson Mandela ya era un símbolo. En esa transición, el presidente Botha cayó enfermo, lo reemplazó Frederik Willem de Klerk, y en febrero de 1990 este legalizó la resistencia contra el Apartheid y dispuso la libertad del líder sudafricano.

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Había pasado 27 años en prisión y todo parecía indicar que ahí concluía su lucha. Pero faltaba la gloria. Desde el momento en que abandonó la prisión, a través de una larga negociación política, el gobierno fue derogando una tras otra las leyes del Apartheid. En 1993, en medio de la admiración del mundo, Nelson Mandela y el presidente de Klerk fueron consagrados con el Premio Nobel de Paz por sus luchas en favor de la democracia. Aún no imperaba la paz absoluta en la Nación, pero el camino estaba trazado.

El 27 de abril de 1994, en una fecha que pasó a la historia como el Día de la Libertad, Sudáfrica realizó sus primeras elecciones multirraciales. En todo el país, la gente salió a celebrar como una revolución silenciosa. Desde los niños hasta los ancianos, todos se confundieron en un solo abrazo. Fueron tres días de comicios y votaron casi 20 millones de personas. Como era de esperarse, el elegido para Presidente fue Nelson Mandela, quien juramentó el cargo el 10 de mayo de ese mismo año.

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“Asumimos el compromiso de construir una sociedad en la que todos los sudafricanos, blancos y negros, sean capaces de caminar con la frente en alto, sin miedo en sus corazones, con la certeza de su derecho inalienable a la dignidad humana: una nación arcoíris, en paz consigo misma y con el mundo”, declaró Mandela ese día extraordinario. Por primera vez en democracia, un líder negro era el jefe de su pueblo. No obstante, faltaba mucho por hacer, no era fácil superar una cultura de más de cinco décadas de violencia.

Desde el primero hasta el último día, su gobierno fue una lucha constante por cerrar las heridas que habían dejado tantos años de discriminación y de barbarie. Enfrentado al reto de superar la pobreza y concebir una nueva cultura de convivencia ciudadana, Mandela gobernó con el corazón. Después dio una lección más a su gente y al mundo: no quiso aferrarse al poder, primero dejó la presidencia al Consejo Nacional Africano, y luego promovió la transición en los comicios de 1999.

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Tras entregar el gobierno a su sucesor Thabo Mbeki, la vida de Mandela fue corresponder a centenares de homenajes en el mundo, de quienes admirados por su vida y obra no dejaron de reconocer su gesta. En lo corrido del siglo XXI hasta su deceso hoy en un hospital de Pretoria, no dejó de ser el padre de la nación sudafricana y uno de los líderes políticos más importantes de toda la historia universal. El mundo entero lo vio en 2010 en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica y pudo comprobar cuál fue su dimensión personal.

Se casó tres veces y tuvo seis hijos. Como escribió uno de sus biógrafos Jhon Carlin, su sola presencia daba cuenta de un carisma extraordinario. Sobre todo, la de un hombre auténtico y visionario, con una fuerza política potentísima y prácticamente irresistible. Ha muerto un grande de la historia, quien al fin es un hombre libre para la memoria de los pueblos. Sudáfrica lo despide con llanto y oraciones pero también con cantos. El mundo lo recordará ahora y siempre. Free Nelson Mandela. Paz en su tumba.

 

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