La masa electoral de estos partidos está compuesta mayoritariamente por fanaticadas de lucha libre, poseídas de una inquebrantable sumisión dogmática a la figura del caudillo.
Lo otro es que la realidad política del país es un sitio tan horrible para vivir, que por eso los nicaragüenses tal vez sólo llegan de visita. La realidad no es exactamente como la percibimos “el cerebro no busca la verdad sino sobrevivir”. Imprime la toma que más nos conviene. Filtra, modifica y elimina, todo aquello que nos puede lastimar. Nuestra versión de la vida, la obtenemos a partir de lo que nos place o consideramos inocuo, el resto, simplemente lo ignoramos o lo vivimos negando.
Así, los nicaragüenses hemos llegado a un punto, donde un gobierno abiertamente corrupto nos miente diciendo que hace el bien y nosotros en respuesta, nos mentimos a nosotros mismos diciendo que le creemos; a sabiendas que gobierna al margen de la ley. Aunque las arbitrariedades de Daniel Ortega, rebasaron hace tiempo el límite donde un mandatario merece ser destituido, su nefasto poder sigue creciendo, es como un tumor maligno que nos negamos a reconocer y extirpar.
Quizás, por el insondable quebranto que nos propinó la muerte en los 80, el país actúa con respecto al despotismo orteguista, como la mujer del tumor de 150 libras. Cuando el tumor de esta mujer pesó digamos 50 ¿qué pasó por su mente? con su calidad de vida deteriorada y el suplicio de una condición así – igual a la calamidad que sufre Nicaragua – “dejemos que aumente 100 libras más a ver qué pasa”. Probablemente no, a lo mejor vivió hasta el día en que la operaron como la mayoría de los nicaragüenses ahora: en negación.
El presidente en funciones de Nicaragua, ni siquiera se molestó en renunciar para ser candidato en la pantomima electoral que montó. Más allá de los viejos trucos de cédulas y padrón, del ventajismo oficial o de un Consejo Electoral compuesto de rufianes asalariados, que usurpan sus cargos porque el período se les venció y se quedaron por orden del “hombre”. Solamente la candidatura de Ortega, refleja el increíble nivel de vulgaridad de los comicios. El artículo 147 de la Constitución la prohíbe dos veces: primero lo inhibe por estar en funciones y luego le niega un tercer mandato.
Sin embargo, con una sentencia insólita, sin precedentes jurídicos en el hemisferio, quizás sólo comparable al espantajo legal con el que Duvalier se declaró presidente vitalicio de Haití en 1964. Seis zánganos de la Corte Suprema, que también son de facto porque para variar, el término les caducó y mantienen sus cargos por decreto presidencial, ampararon la ilícita nominación del presidente. El adefesio jurídico del fallo retrata la inconmensurable estupidez de sus autores en una sola línea: declararon inconstitucional la Constitución.
La haitianización de Nicaragua no es retórica. El último Informe de Desarrollo Humano la retrató en el lamoso sótano 124 de la pobreza mundial, a un peldaño de Haití en la miseria continental. Pero el segundo lugar de indigencia hemisférica es más aberrante para los nicaragüenses, porque aunque el PIB (nominal) en ambos países es menor de $7,000 millones de dólares, Haití tiene apenas 27,000 km² con 10 millones de habitantes, Nicaragua 130 mil con 6 millones.
Aunque Ortega y Somoza son dictadores de ideologías opuestas, ambos conforman el período más sombrío de nuestra historia. Las peores calamidades provienen de sus mezquinos intereses. Los ríos de sangre, el saqueo despiadado, el horror de la muerte, la pobreza extrema y la absoluta impunidad, están contenidos en el espanto de su poder.
Ortega ya dejó al país mal herido en los 80. Por un antiimperialismo tribal y una ortodoxia que se presenta como la “última etapa de la humanidad” pero que en la práctica convierte a los pueblos en paupérrimos esclavos del estado y en pomposos millonarios a los jefes del partido. 50 mil muertos y un retroceso económico a La Edad de Piedra. Una catástrofe mayor a cualquier estrago somocista con el que se quiera comparar y por la que nadie a entonado un mea culpa o asumido la responsabilidad histórica.
Al aceptar por adelantado otro atraco electoral, que puede desatar nuevamente el caos, los nicaragüenses seguimos sin aprender del pasado. Sin encontrar las claves para reparar el presente y delinear mejor el futuro. Continuamos cediendo nuestro lugar en política a una clase absolutamente inferior a la tarea de gobernarnos. Hasta ahora – yo no se mañana – actuamos como los músicos del Titanic, en vez de salvarnos, solo entonamos más dramáticamente la monótona sinfonía de nuestro lamento.
Pero Nicaragua es también un lugar impredecible donde “el plomo flota y el corcho se hunde”. El triunfo fraudulento de Ortega, deja al país formalmente frente al Deja Vu de otra dictadura y el pueblo ya perdió con Somoza la costumbre de sufrir con los dientes apretados. No importa entonces que el dictador, sea ese modelo de caudillo que Antonio Muñoz Molina describe para las débiles sociedades de Hispanoamérica: “El que lo quiere todo, el que no tiene a nadie que le haga sombra, el que despierta miedo y exige pleitesía, el que se convierte con exclusividad asfixiante en la encarnación de un país, el que recibe todos los premios y todas las medallas y todavía quiere más, el que es olvidado con alivio general en cuanto terminan sus pomposas exequias”.
Francisco Javier Gutiérrez, periodista nicaragüense.