En Sudán, las tensiones entre norte y sur han estado vigentes mucho antes de su creación como Estado en 1956. Desde los años cincuenta hubo brotes de insurgencia armada en el sur y una respuesta brutal por parte del gobierno central, incluyendo miles de refugiados, desaparecidos, asesinados, detenidos, torturados y el incendio de pueblos y aldeas.
Las causas de estos conflictos incluyen la centralización del poder en la capital, Jartum, las grandes inequidades, el fracaso de un consenso de unidad nacional durante los años setenta y los recursos naturales, especialmente el petróleo.
En 1983, un motín entre las filas del ejército produjo lo que posteriormente sería el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán: la guerrilla del sur contra las élites del norte. El Gobierno respondió estableciendo la sharia como ley nacional (en un intento por islamizar a la fuerza el sur) y declarando la guerra.
Si bien es cierto que hay diferencias religiosas y étnicas entre el sur y el norte, tales diferencias no delimitan la frontera exacta de cada país, ni son la causa última del conflicto, sino el petróleo: sin él no se habría dado la guerra de los ochenta, la paz de 2005, la división de Sudán en dos países en 2011, ni las tensiones actuales. El aumento de la producción de petróleo en 1999 llevó a que la misma comunidad internacional, en cabeza de China, presionara para que se firmara la paz en 2005.
El Acuerdo de Paz Integral de 2005 puso fin a dos guerras (de 1955 a 1972 y de 1983 a 2005) que dejaron más de 2 millones de muertos. Según el acuerdo, habría una distribución de beneficios del petróleo entre norte y sur, los rebeldes asumirían el control militar del sur al retirarse el ejército de Jartum y se crearía un gobierno de coalición.
El acuerdo de paz fracasó parcialmente por la falta de voluntad política para su implementación. Esto alimentó el referendo de 2011, que da origen a Sudán del Sur como país independiente, pero los acuerdos de separación no precisaron 100% las fronteras entre los dos países, dejando sin definir una de las zonas más ricas en petróleo y escenario de choques armados durante 2012, que finalizaron con la firma de otro tratado.
En el interior de Sudán (del norte) nada cambia: Omar Ahmed al Bashir, el genocida de Darfur, sigue en el poder desde 1989. Pero Sudán del Sur nació con los males que aquejan a otros estados africanos: élites en disputa, militarización de la vida política y politización de las Fuerzas Armadas.
Esa nueva guerra por el poder, en el sur, llevó a intentos golpistas el 15 de diciembre y a una instrumentalización de tensiones étnicas entre dinkas y nuer, generando una nueva crisis política y humanitaria que ya deja más de mil muertos y cientos de miles de desplazados. Detrás están la corrupción y peleas entre élites encarnadas en el presidente Salva Kiir (dinka) y su exvicepresidente Riek Machar (nuer). La excusa de lo étnico ganó su espacio y, según Human Rights Watch, los asesinatos sin más razón que la pertenencia étnica se imponen como dinámica.
La paz no fracasa sólo por el incumplimiento de acuerdos recientes. El problema es que Sudán del Sur repite el pecado original: formas coloniales de entender la política y viejas peleas por el liderazgo, sin responder a las necesidades de la gente. Ahora los dos bloques del sur negocian en Etiopía con escepticismo, mientras los combates siguen.
La salida no estaría en un nuevo pacto sino en responder a la pregunta: ¿qué Sudán del Sur queremos? Si no hay alternativas a lo étnico, a la corrupción, a los beneficios del petróleo, ni a las tensiones entre pastores y agricultores, entonces sobrevendrá la guerra.