El Estado Islámico se ha dado a conocer publicando escalofriantes videos de las decapitaciones que perpetran en contra de quienes consideran sus enemigos. Al tiempo, también han querido infundir el horror destruyendo reliquias de la humanidad, como en febrero, cuando el mundo conoció imágenes del EI emprendiéndola contra estatuas antiguas en Mosul, al norte de Irak, y luego de cómo entraron con un buldócer a Nimrud, una de las capitales asirias.
Uno de los más recientes blancos fue Palmira. Se ha hablado de cientos, al menos 400 personas asesinadas en la localidad siria, una barbarie que los ciudadanos han sido obligados a atestiguar. El miedo de poner vidas en riesgo es lo que ha detenido a la comunidad de arqueólogos de occidente a pedir ayuda a sus colegas sirios, pues en medio del ataque, que comenzó el 20 de mayo, está en juego la conservación de ruinas llenas de siglos de historia.
Luego de la invasión, el EI dijo que no dañarían, que dejarían intacta la ciudad antigua de Palmira. Sin embargo, se ha conocido ya de la destrucción de la prisión de Tadmur y la estatuta del León de al-Lät. El EI conoce mejor que muchos el significado de los símbolos contenidos en lo que destruyen, y por eso su objetivo es arrasar con lo que ellos llaman «falsos ídolos», con la promesa de un califato que amenaza con ser extremo y brutal.
El simbolismo de Palmira es fuerte y no se diluye con el EI. Como un oasis entre el Mediterráneo y el Éufrates, en su esplendor fue la ciudad en la mitad de un imperio que cubría lo que hoy son Siria e Israel, pedazos de Irak y Arabia Saudita. Aún conserva su majestuosidad, un teatro, templos, portones monumentales y necrópolisis de la era romana.
En el 129 de nuestra era, Adriano les permitió a los habitantes de Palmira tomar las riendas de sus finanzas, con lo que forjaron una riqueza a partir de los gravámenes a los bienes que venían del Imperio Romano occidental y que cambiaban por mercancía de origen chino e indio. La Palmira del siglo III, sería luego un remolino de religiones: unos adoraban al sol, mientras los cristianos y los judíos también estaban allí asentados.
La ciudad luego cayó un poco en el olvido, las rutas comerciales se trasladaron al norte, hasta el ascenso del califato omeya, en el siglo séptimo. Los omeyas la absorbieron, construyeron un mihrab en el Templo de Bel, lo que nos habla de que en su momento fungió como mezquita.
La herencia de Palmira ha llenado páginas de cronistas, pinturas y fotografías. La imagen más antigua que ha sobrevivido data del siglo XVII, un siglo antes de que llegaran los arquitectos británicos James Dawkins y Robert Wood, quienes publicaron un volúmen con lo más majestuoso de la infraestructura de Palmira, lo que revolucionaría el gusto arquitectónico de Inglaterra. El símbolo tan usado en las construcciones, huevos serparados por dardos, sería adoptado en la época georgiana y las rosas de Palmira empezarían a ser usadas en los techos de las casa de campo.
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