El 3 de diciembre de 2011, durante la cumbre de la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) en Caracas, las Farc y el Eln pusieron el tema de los diálogos de paz en la agenda regional. En una misiva enviada a esta cita presidencial, el Eln pedía “sostener diálogos directos y al más alto nivel, que avizoren un camino cierto para la paz de Colombia y eviten que sus consecuencias sigan generando tensiones en la región”. Por su parte, el de las Farc manifestaba su “honda preocupación por la paz en Colombia, que es la paz del continente”.
Ante la insistencia de varios de los 33 mandatarios de países miembros de la Celac, Juan Manuel Santos ratificó durante su discurso la disposición de su Gobierno al diálogo, agradeció la intención de varias naciones vecinas de colaborar en la búsqueda de la paz y les recordó a algunos de sus colegas sus pasados revolucionarios.
“En pleno siglo XXI la guerrilla es algo anacrónico. Y miren la paradoja. En Colombia hace un mes un antiguo miembro de la guerrilla del M-19, Gustavo Petro, fue elegido alcalde de la ciudad capital, de Bogotá. Y no es sino ver alrededor de este salón. Cuántos que eran revolucionarios optaron más bien por la vida democrática y están hoy en el poder. Aquí a mi izquierda Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, o quien acaba de hablar, el presidente del Uruguay, José Mujica. Y podría enumerar muchísimos. Usted, presidente Chávez (…)”.
Al finalizar su intervención, varios de esos mandatarios se acercaron a Santos y le ofrecieron sus buenos oficios para concretar el diálogo con las Farc, según coincidieron, “porque el tiempo de la lucha armada ya había pasado”. Nueve meses después, al confirmar las conversaciones exploratorias para el diálogo de paz con las Farc, que comenzaron en febrero en Cuba con la ayuda de Venezuela y que se abrirán oficialmente el 8 de octubre en Oslo, el presidente colombiano volvió a recordar el pasado de sus homólogos. “Estamos ante una oportunidad real por dos razones fundamentales: la primera, Colombia ha cambiado, el mundo ha cambiado. La segunda, porque este acuerdo es diferente. ¿Qué ha cambiado? (…) Hoy podemos hablar de paz porque el uso de la violencia para alcanzar objetivos políticos es cosa del pasado. Ningún país de la región lo tolera y hay gobernantes que dejaron atrás la lucha armada y optaron por el camino de la democracia”.
Santos se refería a Dilma Rousseff, quien había sido ‘Wanda’, ‘Luiza’ y ‘Marina’, todos alias de sus pasado guerrillero en la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares que se levantó en los años 70 contra la dictadura de Brasil. Fue detenida en São Paulo, torturada en la cárcel. A finales de la década y en libertad participó de la construcción del Partido Trabajador Brasileño para en 1991 llegar a su primer cargo público: secretaria de Energía del estado de Rio Grande do Sul.
Como Rousseff, José Mujica estuvo en la cárcel. Era miembro del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, un grupo armado que en 1960 comenzó su proyecto de conquistar el poder por la vía de las armas. Mujica sólo llegó a participar de la política nacional hasta 1994, cuando fue elegido diputado por Montevideo tras un largo período de consolidación, formando parte del Movimiento de Participación Popular (MPP). Desde 1985, el año en el que recobró su libertad, Pepe, como lo llaman cariñosamente, dejó atrás las armas. A él le correspondió recibir el poder en Uruguay de manos de Tabaré Vázquez, quien después de un pasado de militancia en el Partido Socialista asumió el liderazgo del llamado Frente Amplio, una coalición de diversos movimientos de izquierda que tenían en común un pasado guerrillero.
Hugo Chávez también lo intentó. En 1992, el mandatario de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, soportó una ofensiva militar liderada por él. Fue un golpe de Estado fallido que condujo al hoy líder de la Revolución Bolivariana a pagar dos años de cárcel en la prisión de San Francisco de Yare. Al salir, en 1994, Chávez no perdió tiempo y fundó su propia corriente política con fines electorales, el Movimiento Quinta República. Su llegada al poder en 1999 y la consolidación de sus ideas actualmente amparadas por el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) es una historia que hoy todavía se está desarrollando, con una nueva aspiración presidencial el próximo 7 de octubre.
Daniel Ortega, el presidente de Nicaragua, era un ejemplo más. Había sido electo tres veces como presidente del país centroamericano y fue uno de los líderes más importantes de la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln), que derrotó la dictadura de la familia de Anastasio Somoza en 1979. Ortega, hoy de 67 años, gobernó el país entre 1979 y 1984 como cabeza de una junta de gobierno revolucionaria. En 1984 fue elegido en las urnas y casi dos décadas después ganó las elecciones nuevamente y asumió la presidencia en enero de 2007, para ser reelegido en 2012.
Como lo dijo la canciller colombiana, María Ángela Holguín, durante una gira por Centroamérica esta semana, “esta región puede acompañar los diálogos con las Farc, tras haber superado conflictos armados y lograr la firma de la paz”. La ministra colombiana se reunió con Mauricio Funes, presidente de El Salvador, quien en sus años de juventud también empuñó las armas. Fue guerrillero del frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln), organización que agrupó las cinco organizaciones político-guerrilleras que participaron en la guerra civil entre 1980 y 1992, y luego se convirtió en principal fuerza política de oposición en el país hasta ahora. El 15 de marzo de 2009 el Fmln llegó al poder con Funes a la cabeza.
Para algunos analistas, estos ejemplos habrían sido definitivos para que las Farc se convencieran de que la lucha armada ya no es el camino. Sin embargo, Clóvis Rossi, columnista del periódico Folha, de São Paulo, explica que, “todos los izquierdistas de la región están en el poder desde principios del siglo, ¿sólo ahora, las Farc llegan a la conclusión de que es posible avanzar sin recurso a las armas? Creo que fue la sensación de que no podrán ganar lo que pesó en esta ocasión”.
Y es que además del pasado bélico de varios de los líderes regionales, hay otros que ligados a luchas civiles lograron visibilidad política. Luiz Inácio Lula da Silva llegó a la jefatura de Estado de Brasil en 2003, en su cuarto intento por ser presidente. Fue el candidato y líder máximo del Partido de los Trabajadores (PT) tras haber dedicado su vida al sindicalismo, una historia parecida a la del presidente de Bolivia, Evo Morales, quien puso en jaque a varios gobiernos del altiplano al liderar movimientos indígenas. O la de la presidenta Argentina, Cristina Fernández, quien junto a su esposo, Néstor Kirchner, lideraron desde las bases los movimientos peronistas.
En este mapa actual de Latinoamérica, en donde varios países son gobernados por partidos de izquierdas con un trasegar armado, hay un convencimiento de que la lucha armada ha terminado. “Sin duda, en América Latina hoy no son los tiempos de conflictos armados. Colombia es un rezago en este proceso, que probablemente se ha extendido más allá de los tiempos ideológicos por razones como el narcotráfico”, explica el coordinador de Programas y Proyectos de Flacso Chile, Claudio Reyes.
El mismo Chávez les había advertido a los rebeldes sobre ese anacronismo. “Yo creo que la guerrilla colombiana debería considerar seriamente el llamado que algunos de nosotros hemos hecho con todo respeto. El mundo de hoy no es el mismo mundo de los años 60. Creo que no hay condiciones en Colombia para que ellos en un plazo previsible puedan tomar el poder, nuestra América ha cambiado”.
El historiador mexicano Enrique Krauze concluye: “Marx dijo que “la violencia es la partera de la historia”. La historia ha demostrado que la violencia sólo es partera de la muerte, es decir, es la negación de la civilidad, la tolerancia y la vida. Ojalá el siglo XXI en América Latina embride la definitivamente violencia política y avance en limitar la violencia delincuencial”.