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¿Rearmar a Libia para detener a Daesh?

La comunidad internacional quiere tumbar el embargo de armas contra Libia para ayudar al gobierno a detener al Estado Islámico. Sin embargo, está comprobado que las armas caen siempre en malas manos.

18 de mayo de 2016 - 12:12 a. m.
Un grupo del libios protestan en contra de los ataques que milicias perpetran en la ciudad de Trípoli. /EFE
Foto: EFE - MOHAMED MESSARA
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Pese a que la comunidad internacional (encabezada por EE.UU.) busca proveer de armas al gobierno libio, lo cierto es que ya existen miles de armas en el país y no están en las manos de quienes quieren defender el Estado reconocido. En Libia, dos gobiernos se disputan el control nacional: el de Tobruk (reconocido como el oficial en la arena internacional) y el de Trípoli, liderado por la Hermandad Musulmana.

Pero, aunque la Organización de Naciones Unidas firmó un veto contra el tráfico de armas hacia ese país hace cinco años, la idea de llevar más armas para combatir al Estado Islámico, que controla regiones enteras, y a las docenas de milicias, no parece ser la más adecuada para terminar la guerra en un país que amenaza con dividirse.

Oliver Miles, exembajador de Londres en Libia, le dijo a Al Jazeera: “Uno de los problemas de Libia es que ya hay muchas armas. Traer más sin estar seguros de que caerán en las manos correctas sería un gran error (…) El embargo de armas no ha sido tan efectivo, incluso en el pasado. Ambas partes en Libia han dicho que el embargo ha sido ignorado. El gobierno de Tobruk asegura que Turquía y Catar, y el de Trípoli acusa a Egipto de traerlas”. Libia ya había tenido un embargo de armas que fue levantado en 2003. Por entonces, se permitió la entrada de Libia, bajo el gobierno de Muamar Gadafi, gracias a sus recursos petroleros y la oportunidad que ofrecía de retener a los migrantes que querían pasar a Europa.

Pero esa misma Europa que le había prohibido a Libia tener armas comenzó a abastecerla. El Reino Unido, Francia, Rusia, Ucrania y Bélgica proveyeron al gobierno de Gadafi de armas ligeras y de gran combate. Cuando comenzaba la guerra en Libia, Pieter D. Wezeman, miembro del Instituto Internacional para la Investigación sobre Paz de Estocolmo, escribió: “En los actuales bombardeos contra las fuerzas libias, las naciones que alguna vez apoyaron al régimen del coronel Gadafi están ahora atacando a las fuerzas a las que hace sólo algunas semanas proveían de armas”.

Dichas armas, de conflicto en conflicto, terminaron en manos de fuerzas yihadistas y milicias que controlaron porciones del desierto libio. El ejemplo de Irak es diciente: después de que el gobierno de Estados Unidos entregara armas al Ejército nacional, éstos fueron incapaces de enfrentar al Estado Islámico y dejaron el armamento a la suerte de ese grupo yihadista, que hoy tiene ese stock en su haber.

En nombre del gobierno Obama, el secretario de Estado, John Kerry, dijo que su país está dispuesto a prestar ayuda “en materia de seguridad”. Sin embargo, el mismo Barack Obama aceptó hace poco que el “peor error” fue no haber previsto lo que sucedería tras la muerte de Gadafi, en octubre de 2011: la explosión de numerosas milicias, con objetivos y territorios separados, muy contrario a la idea de democracia que seguiría al derrocamiento de un dictador. Tampoco Europa previó esa desdicha, que ha producido una migración mayor hacia su continente desde los puertos libios, controlados por las mafias. Los grupos ilegales se alimentan del conflicto; su reafirmación significa, en buena parte, su alimento.

Que exista un embargo, además, no significa que Libia esté libre de armas o que el monopolio de la fuerza pertenezca a alguno de los gobiernos establecidos. Dos años atrás, la ONU (que hoy busca quitar el embargo) reportó que miles de armas estaban en manos de actores ilegales y que, de hecho, Libia se había convertido, con sus fronteras débiles y poco vigiladas, en un centro para el tráfico hacia otros países. El Gobierno de Tobruk, además, está respaldado por el Ejército nacional y ha contado con el apoyo militar de los bombardeos de Egipto y de Emiratos Árabes Unidos. Unas semanas después, la ONU consideró que el embargo debía seguir en pie. Ese organismo incluso registró transferencias de armas a las fuerzas oficiales que nunca fueron notificadas.

Un reporte del Instituto de Paz de Estados Unidos afirma que el tráfico de armas por Libia alienta conflictos en África y Medio Oriente. Las armas pasan por el puerto de Darnah (cerca de Tobruk) y siguen hacia Argelia y por la frontera con Egipto. En medio, se trafica también con personas, drogas y contrabando. En realidad, las sanciones de la ONU no han tenido un efecto propio en la limitación de lo armamentos en Libia. Un contrabandista de armas dijo al Instituto de Paz: “No tenías que estar armado en el pasado, pero ahora es esencial para hacer negocios. Hay una gran competencia en el mercado”.

 

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