El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Recordando a Nelson Mandela

Sin la "magia de Madiba", Sudáfrica podría finalmente aprender a pararse sobre sus propios pies y cumplir con la tarea fundamental de inspirar la próxima generación de potenciales Mandelas.

06 de diciembre de 2013 - 06:41 p. m.
El fallecido Nelson Mandela, junto a Elias Eliades, el primer embajador de Chipre en Pretoria. / Cortesía
PUBLICIDAD

Mi primera impresión de él fue la de una figura alta e imponente, un ícono internacional ya creado, de enormes dimensiones, pero su sonrisa cálida y cautivadora me quitó los nervios al estrecharme la mano. Era el 29 de abril de 1999, cuando me encontré con él en el magnífico edificio de la Unión, actualmente sede de los presidentes sudafricanos, para la presentación de mis cartas credenciales como el primer embajador de Chipre en Pretoria.

Obviamente se trataba de un acto ceremonial, frío y pomposo, pero su sencillez y un sorprendente sentido del humor cambiaron el clima. Además, yo había solicitado el permiso de la Dirección de Protocolo para que me acompañaran en la ceremonia, no solamente mi esposa y un funcionario de la Embajada como dictaban las reglas, sino también mis dos hermanas radicadas en Sudáfrica desde hace décadas con ciudadanía sudafricana. Concedido el permiso, tuve la gran felicidad de presentar al Presidente Mandela a mi esposa y mis dos hermanas. No me acuerdo de las palabras exactas, pero lo que me quedó en la mente fueron sus comentarios graciosos que nos hicieron reír espontáneamente.

Acabada la formalidad de la ceremonia, me recibió en su despacho en privado para que le informara sobre los últimos acontecimientos en Chipre. En esa ocasión mostró un interés particular sobre la violación masiva de los derechos humanos en mi país, después de la invasión de su territorio por Turquía en 1974 y la ocupación militar de la parte del norte. Su interés era genuino y sincero, porque más allá de la expresión de palabras agradables y buenos deseos, se negó durante su presidencia a la venta de helicópteros fabricados por la industria militar sudafricana a Turquía, excelente negocio para su país en tiempos de dificultades económicas, para mostrar así su desaprobación de la violación de los derechos humanos en Chipre.

Tuve la suerte de haber sido uno de los últimos embajadores que presentaron sus credenciales a Nelson Mandela, porque no quiso reelegirse como tantos líderes políticos aferrados al poder sí lo hacen. Después de unas semanas, el 14 de junio de 1999, Tabo Mbeki tomó posesión de su cargo como nuevo presidente. Mandela, sin embargo, aunque entregó el poder, siguió siendo participante activo en los asuntos del Congreso Nacional Africano (CNA) por un considerable tiempo y ejerció una influencia considerable como el codiciado sabio de la nación que movía los hilos detrás de bambalinas. De hecho, cuando el partido estaba enfrentando el período más difícil de su historia durante el conflicto de poder entre el Presidente Tabo Mbeki y el entonces Vicepresidente Jacob Zuma, muchos líderes regionales buscaron la opinión y el consejo de Mandela.

Mientras Mandela tuvo cuidado de no proyectar abiertamente su propia preferencia en los debates internos, él fue capaz de leer los vientos de cambio y estaba en una posición única para detectar el estado de ánimo de las masas. Mbeki eventualmente despidió a Zuma del cargo de Vicepresidente en 2005, pero tres años después, Zuma ganó las elecciones como Presidente del Congreso Nacional Africano y con el apoyo del Comité Ejecutivo del partido logró la renuncia de Mbeki. Mandela continuó haciendo sentir su presencia y con su apoyo, Zuma logró un éxito rotundo durante la campaña electoral de 2009. Esto se produjo en un momento en que muchos de los antiguos líderes del partido se escindieron del movimiento de liberación CNA para formar un nuevo partido, el Congreso del Pueblo (COPE).

Durante la larga y sangrienta lucha contra el racismo brutal de la minoría blanca, Mandela convenció al mundo de que Sudáfrica era un problema moral para toda la comunidad internacional. Después de la democratización, sin embargo, el aura de ser el país de Mandela actuó como una bendición y dio a Sudáfrica una pretensión de ser excepcional, algo que no es cierto. Sin él para venerar y fingir que aún puede sacar un par de trucos con su «magia de Madiba», el país podría finalmente aprender a pararse sobre sus propios pies y cumplir con la tarea fundamental de inspirar la próxima generación de potenciales Mandelas. El mejor homenaje al ex presidente Nelson Mandela es poner a Sudáfrica de nuevo en el camino correcto.

 

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias