El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Ripoll, el pueblo que prefiere olvidar

En medio de los Pirineos está Ripoll, un pequeño pueblo de Cataluña donde, según las autoridades españolas, se planeó el atentado de Barcelona y Cambriles, en el que murieron 16 personas. A un año de los hechos, El Espectador visitó el lugar donde crecieron los seis jóvenes que cometieron el acto terrorista.

16 de agosto de 2018 - 09:00 p. m.
Miembros de la comunidad musulmana de Ripoll rechazaron los atentados. / AP
Foto: AP - Francisco Seco
PUBLICIDAD

A ellos tratan de no nombrarlos. Y cuando los mencionan, los llaman terroristas. Sí, terroristas. Muestran sus videos armando los explosivos. Exponen sus fotos y las de sus familias antes del atentado. Asocian sus delitos con su religión. Insisten: son terroristas y punto. En esa discusión no hay matices. No importa que algunos fueran menores de edad o que en su pueblo sean recordados como buenos hijos y estudiantes disciplinados. No importa que hayan sido manipulados con un entrenamiento sigiloso pero efectivo.

La gente recuerda la escena de hace de un año de la furgoneta llevándose a su paso decenas de personas en Las Ramblas, uno de los puntos más turísticos de Barcelona, y sólo puede tildarlos de asesinos. Y tienen razón. Pero no siempre fueron eso.

Los seis terroristas, como los llaman algunos, se criaron en Ripoll, un pequeño pueblo de Cataluña donde, según los Mossos d’Esquadra (la policía catalana), se conformó la célula yihadista que planeó los atentados del 17 de agosto de 2017 en Las Ramblas y en Cambriles, que dejaron 16 personas muertas y 140 heridas. Este lugar está incrustado en la montaña, lejos, muy lejos, del mar Mediterráneo que tanto anhelan los europeos en verano. Está más cerca del principado de Andorra y de Francia que de Barcelona. La gente, usualmente, lo visita cuando la nieve adorna el famoso monasterio Santa María Ripoll. Quizá por eso el vagón en el que viajé estaba tan vacío.

Eran las 7:30 a.m. cuando salió el tren de Barcelona a Ripoll. Los sentimientos estaban tan revueltos y la ansiedad estaba tan atrincherada desde la noche anterior que no noté cuándo abandonamos el calor insoportable del verano, que alcanzaba los 36 ºC, y nos sumergimos en la neblina permanente de los Pirineos. Había leído todo sobre ellos, los seis culpables: sus gustos, sus rutinas, sus familias, su cultura, como si sabiéndolo pudiera blindarme de lo que me encontraría allá, como si lo que iba a encontrar me obligara a huir en la primera cuadra. “Célula yihadista” no era una buena carta de presentación.

Cruzamos un puñado de ríos y una decena de pueblos de tejados terracotas y paredes de piedra que tienen más pinta de villas abandonadas que de poblaciones activas. Arribamos a Ripoll a las 9:45 a.m. “Hace fresco”, dijo mi acompañante. Fresco era un halago. Hacía frío y, como el resto de los pueblos, estaba muerto. A esa hora sólo pensaba que, además del atentado, Ripoll podría ser conocido por tener más supermercados abiertos que personas transitando por sus calles.

El paisaje solitario empezó a cambiar cuando nos acercamos al centro. Las tiendas abrieron y de repente decenas de personas se aglutinaron en la plaza central, como si se hubieran puesto una cita. Más tarde comprobaríamos que fue así. Un hombre nos comentó que estaban celebrando las fiestas del pueblo y, para conmemorarlas, se instaló una feria medieval. El lugar abandonado cobraba vida gracias a los stands, algunos niños, los ancianos en sus sillas de ruedas y los telares que colgaban de balcón a balcón. De puertas para afuera, a una semana del aniversario del atentado, en Ripoll no había rastro de tristeza. Parecía que, como casi siempre sucede, la vida había seguido sin mirar el espejo retrovisor.

No tenía otra opción que acercarme a los locales y, con la vergüenza de aguar la fiesta, preguntar sobre ese hecho que algunos han preferido olvidar o por lo menos no mencionar hasta el día del aniversario. Pero en Ripoll sucede lo mismo que en la mayoría de los pueblos del mundo: así sean 5.000, 10.000 o 20.000 personas, se conocen, y entre ellos los hitos se cuentan una y otra vez en las reuniones familiares.

Quizá por eso la gente hablaba del atentado con tanta naturalidad. Unos lo cuentan de una manera más cercana que otros, pero los datos deambulan campantes por las calles como perros callejeros. “Aquí todos los conocíamos. Sabíamos quiénes eran. Estudiaban conmigo en el colegio. Eran chicos buenos, con actitudes normales. Parecía que se acoplaron muy bien al pueblo, hasta hablaban catalán y castellano. La verdad es que no levantaban ninguna sospecha”, comentó una mesera de un local del centro.

No ad for you

El ambiente de Ripoll es ameno, familiar, respetuoso. Es de esos lugares donde la gente se grita de casa a casa y los tenderos aún les fían a sus vecinos. Como varios pueblos de Cataluña, tiene una gran influencia musulmana, debido a las grandes migraciones que desde finales del siglo pasado llegaron desde los países árabes, principalmente de Marruecos. El híbrido cultural es evidente. En la arquitectura predominan los colores en tonos tierra, los grandes portones de madera y los letreros en catalán y árabe. En los barrios es frecuente encontrar mujeres con hiyab, una manta que les cubre el pelo y el pecho, y hombres con túnicas hasta los tobillos.

Por eso fue tan impactante enterarse de que ahí se había gestado el atentado. Era un pueblo diverso, pero unido. O al menos así pensaba la mayoría, incluyendo a Verónica: “La población marroquí era parte de nosotros. Nunca se iba a sospechar de un pueblo como Ripoll porque todos estábamos integrados. Hacíamos planes juntos, estudiábamos lo mismo, aunque a ellos se les respetaban sus cultos”. Lea también: ¿Por qué un ataque en Barcelona?

No ad for you

Los últimos datos

Abdelbaki Es Satty llegó a Ripoll en 2015. Este marroquí de 46 años tenía la misión de servir como imán —guía espiritual de los musulmanes— en una de las dos mezquitas del pueblo, ubicada en una de las vías principales, que comunica la estación de tren con el centro. Allí ejerció su labor hasta 2017, cuando afirmó que se marchaba a Marruecos, donde tenía sus hijos.

Es Satty no levantó sospecha. Su expediente judicial de traficante de estupefacientes era desconocido por los habitantes de Ripoll. Según las autoridades, durante año y medio se encargó de radicalizar a seis jóvenes y planear el ataque terrorista. En un principio pretendían rellenar dos furgonetas de explosivos, creadas artesanalmente en una casa en Alcanar, en Tarragona, para activarlas cerca de la Sagrada Familia. Sin embargo, la inexperiencia le ganó la partida. Un día antes, el plan se fue abajo después de que estallaran por errores en su manipulación. En el hecho murieron Es Satty y uno de los jóvenes; otro más resultó herido. Los Mossos no alertaron del hecho a las autoridades nacionales. Tampoco lo hicieron cuando, según reveló el diario El Periódico, se encontraron con agentes de la CIA, quienes les avisaron de un posible atentado.

No ad for you

A pesar de la muerte del imán, los jóvenes pusieron en marcha a última hora un segundo plan. Con la furgoneta que quedaba arrollaron a decenas de personas en el paseo de Las Ramblas, en el corazón de Barcelona, y horas más tarde, con un Audi A3, hicieron lo mismo en el paseo marítimo de Cambrils, un pueblo de la Costa Brava.

El Estado Islámico se atribuyó los hechos, pero los Mossos y la Guardia Civil, después de un año de investigación, creen que el grupo terrorista sólo intentó apropiarse de los hechos con fines propagandísticos. Usualmente, los ataques de ISIS provienen de “lobos solitarios”, no de grupos de jóvenes inexpertos, que buscaban en internet los planos de lugares turísticos y manuales para armar explosivos. Le puede interesar: Cancillería confirma que hay un colombiano entre los heridos del atentado en Barcelona

No ad for you

Un pueblo dividido

Después del 17 de agosto, el pueblo se dividió. La mitad decidió proteger a las familias de los jóvenes con el argumento de que no tienen relación con el hecho y de que sus hijos fueron víctimas de manipulación. Pero esta percepción cambia en la periferia. En los barrios, a puerta cerrada, los prejuicios revolotean sin temor. Una tendera que trabaja cerca de la mezquita donde el imán radicalizó a los jóvenes aseguró no sentirse segura. Aunque reconoció que todo marcha igual, ya no se fía de sus vecinos. “Hay un poco más de recelo porque no sabes qué puede suceder”, murmuró.

El tono de su voz subió cuando le pregunté sobre la atención a la comunidad musulmana. La ironía se instaló en la conversación: “Creo que hacen más por ellos que por nosotros, que somos de aquí, o por personas que lo merecían más… ¡Ya ves cómo se paga!”. La rabia latía en sus palabras y también en algunas paredes del pueblo. En la mezquita cercana, que durante esta visita estuvo cerrada, estaba a medio escribir la palabra “cerdos”. Si no fuera por la tendera, quien dijo que estaba abierta, cualquiera hubiera pensado que era espacio que nadie quería habitar.

No ad for you

La Alcaldía de Ripoll sabe que estas fracturas existen. Durante este año, como una respuesta a lo sucedido, el pueblo trabajó en un modelo de convivencia que espera llevar al resto de Cataluña, según el alcalde Jordi Munell. Pero esto tardará tiempo.

En medio de la fiesta del pueblo, Khalid, un hombre de cuarenta años que se dedica a vender ropa marroquí, dejó de lado su tarea para atenderme. Era dulce, expresivo, solidario. A diferencia de la mayoría de los musulmanes del pueblo, no tuvo miedo de hablar del atentado. “Nuestra comunidad rechaza lo sucedido a un mil por cien. Nuestra religión es de paz. Predicamos ser buenos amigos, compañeros, vecinos, familiares. Todo lo que esté alejado de eso no es bienvenido. Nos manifestamos en contra de estas personas que no nos representan”, afirmó.

No ad for you

Para Khalid, la influencia negativa está en todos los ámbitos, no sólo en su religión. No es una excusa para justificar a los seis jóvenes que participaron en el ataque, sino un argumento para evitar la estigmatización a la que se enfrenta su comunidad. Quieren ser vistos con los ojos de antes de los atentados en Europa. Quieren volver a ser reconocidos como personas trabajadoras y amables.

Como muchos, Khalid también se preguntó cómo estos jóvenes, que se criaron en España y provenían de familias unidas, permitieron que estas ideas de odio se colaran tan rápido. Pero no puede juzgarlos. Su nobleza lo obliga a mirar aristas que sus vecinos y muchos de nosotros desconocemos, como la baja autoestima, los lazos familiares debilitados por las arduas jornadas de trabajo de sus padres, el tener que migrar a un lugar que no es el de la infancia, las estrategias de manipulación a través de videos de las guerras que ocurren en varios territorios árabes, los rechazos sutiles por ser distintos, entre otras más.

No ad for you

Si se hace un caldo con estos ingredientes, más la promesa de un futuro promisorio, lleno de coches, dinero y trabajo —metas muy occidentales, por cierto—, ya no resulta tan descabellado que estos jóvenes, que parecían tan fuertes, cedan a la presión de la corriente. Cedieron, se mezclaron y arrasaron con todo a su paso: con la vida de 16 personas, con 140 heridos, con sus familias y su cultura y con un pueblo que ahora dejó de reconocerse por su belleza en el invierno y su monasterio. Ahora está atrapado en el recuerdo que todos prefieren olvidar.

Conoce más
Ver todas las noticias