“No puedo creer que haya vivido lo suficiente para haber visto esto con mis propios ojos” cuenta con la voz aún temblorosa Agnes Gentry, una anciana de 87 años, quien ha vivido la mayoría de su vida segregada en el país que la vio nacer. “Una vez supe la noticia, comencé a llorar y desde entonces no he parado de hacerlo. Para personas como yo que hemos derramado sangre por nuestro derecho al voto y a la igualdad social, fue como volver a nacer, fue como hacer las paces con nuestro oscuro pasado”, dice la abuela de 8 nietos, quien en su silla de ruedas y desafiando las largas filas bajo el recalcitrante frío del otoño neoyorquino, estampó su voto por el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos.
A miles de kilómetros de distancia de las calles de Harlem, el hijo de una maestra de Kansas y de un economista de Kenia se refirió en su emotivo e inspirador primer discurso como nuevo mandatario de la nación americana a las miles de mujeres que, como Agnes, pensaban que el cambio era tan sólo una utopía.
“Si hay gente que todavía duda que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, esta noche tiene su respuesta”, aseguró Obama ante más de trescientas mil almas embriagadas de esperanza en la noche del martes. Y no era para menos. Hace tan sólo 150 años, hombres, niños y mujeres de color eran subastados a lo largo y ancho del territorio americano.
Hasta 1865, los esclavos no eran considerados personas, tan sólo 3/5 de un individuo, para ser exactos. O, en su defecto, eran tan sólo una herramienta de trabajo para el hombre blanco, un estigma vitalicio consignado por el sueño libertario de Washington, Adams y Franklin.
Por eso, ver llegar a la Casa Blanca a un afroamericano, hijo de un emigrante, y a su esposa, quien en su sangre lleva ancestros de esclavos, es toda una reivindicación moral que no se ha parado de celebrar por la comunidad negra en todo el país.
En Harlem, epicentro histórico, cultural y político de esta comunidad, los altoparlantes retumbaron a rabiar hasta el mediodía del miércoles con proclamas como “Ahora nadie nos va a detener”, “Es hora de empezar de nuevo” y “Unidos sí se puede”.
“Nunca me había sentido tan poderoso”, dice Ron Campell, un conductor de taxi oriundo de Harlem, quien esperó por más de tres horas en fila para marcar su voto por Obama. “Entré a votar siendo un ordinario hombre negro y salí convertido en un agente del cambio, en un campeón”, dice el hombre, quien confiesa que por primera vez, en sus 42 años como ciudadano americano, se siente parte de un país al cual no consideraba como suyo.
Hoy, una semana después de que la euforia se apoderara de la multitud, el júbilo de aquellos que escribieron la historia con sus propias manos se siente con fuerza en el ambiente. “Hoy todo es diferente por acá, la gente recobró el espíritu, se sienten orgullosos, caminan con la frente en alto y el corazón latiendo”, asegura Estelle Wilder, vendedora de frutas a las afueras de la oficina de gobierno de Harlem, localizada en la mítica avenida Martin Luther King Jr., donde el martes en la noche, cerca de 700.000 personas se reunieron a festejar este hito histórico, el cual según muchos de ellos, sólo se compara con la abolición de la esclavitud.
Pero la pregunta que ronda es: ¿Será este el fin de la segregación racial en Estados Unidos? El racismo no ha muerto en América, asegura Barry Hamens, líder comunitario. “Creo que la elección de Obama trasciende los estigmas raciales, la gente lo ve como un líder, como una figura poderosa, pero no necesariamente como un hombre negro. Por supuesto que esto es un victoria para nosotros, pero en nada va a cambiar la manera como somos percibidos por el resto de la sociedad, eso sólo dependerá de nosotros mismos”.
Bien lo dijo Martin Luther King en uno de sus discursos: “Que un hombre haya subido la montaña no quiere decir que la peregrinación haya acabado para todos”.
“¿Usted cree que porque el Presidente es de color entonces habrá suficientes empleos para nosotros, y que habrá suficiente dinero para la salud y educación de nuestra gente?, se pregunta Ronald Cahoun, de 62 años, quien asegura que el cambio tiene que venir desde la comunidad y no desde la Casa Blanca. “La generación de mi abuelo luchó contra la esclavitud, la mía por los derechos civiles, es hora de que las nuevas generaciones capitalicen estos tiempos de cambio”, concluye.
Manos a la obra
Sam Anderson y Jessica Watson, directores del Congreso radical afroamericano de Nueva York, con sede en Harlem, transmitieron el mensaje a toda la comunidad negra el pasado domingo en el foro preparatorio para la convención afroamericana de Nueva York, que se realizará en abril de 2009. “Esta victoria es tan sólo el comienzo, la lucha continúa”.
Sin dejarse distraer por las mieles de la histórica victoria, estos líderes consideran que el cambio sólo vendrá si toda la nación afroamericana participa activamente. “Por primera vez en la historia tendremos a alguien en la Casa Blanca que nos escuche y nos entienda, pero eso no quiere decir que debemos esperar que el cambio venga a nosotros”, explica Anderson.
Para muchos, el evento de este domingo será el primer paso para que la comunidad negra se movilice en pos de la agenda que debe construir. Y es que, como dice Watson, si los afroamericanos no se organizan en torno a sus necesidades, el cambio que tanto pregonan por estos días pasará a la historia como un amarillento eslogan de periódico.
Es por esto que ya se empiezan a levantar por todo el país más voces con la mira en la misma empresa. Se cree que las redes de activismo que se crearon durante la campaña presidencial pueden garantizar un efectivo canal de movilización afroamericana a nivel político. “Obama hizo su parte, ahora tenemos que organizarnos y asegurarnos de que el voto negro no sea tomado a la ligera ni mucho menos traicionado”.
Las lágrimas del reverendo Jesse Jackson
El llanto incontenible del líder de los derechos civiles Jesse Jackson se convirtió en el símbolo de la emoción y el orgullo de los afroamericanos al ver a Barack Obama, uno de los suyos, elegido presidente del país, el pasado martes 4 de noviembre.
La imagen del emocionado rostro de Jackson, que compitió sin éxito por la candidatura presidencial demócrata en 1984 y 1988, durante el discurso de la victoria de Obama en Chicago, le dio la vuelta al país.
Sus lágrimas marcaron un antes y un después. Este activista por los derechos civiles de los negros ha sido uno de los que más han luchado por la igualdad.
Obama, a quien algunos bautizaron como “la gran esperanza blanca” , encarna el sueño de reconciliación en una nación con profundas divisiones raciales. El martes en la noche, Jackson lloró porque vio cumplido su sueño.
Una nueva identidad
Poco después de votar, el activista comunitario Donald Robinson, de 70 años, se preguntó “¿por qué tengo que figurar como afroestadounidense? ¿No puedo ser estadounidense, y punto?” La respuesta solía ser sencilla: porque una sociedad obsesionada con la raza había tomado la decisión por él. Pero después de la notable victoria presidencial de Barack Obama, circulan rumores de cambio sobre la naturaleza de la identidad negra y el camino a la igualdad económica de los estadounidenses de color. Antes del martes, la identidad y comunidad negras estaban arraigadas en gran medida en la experiencia compartida de la lucha —real o sentida— contra una mayoría blanca hostil. Incluso hasta el día de las elecciones nacionales, muchos negros tenían dudas de si los blancos votarían por Obama.
El camino de los negros a la notoriedad
Medía un metro con setenta, lucía un bigote recortado y luchaba usando métodos pacíficos contra la segregación racial en Estados Unidos . Se llamaba Martin Luther King, un ministro bautista que lideró la batalla por los derechos civiles y recibió el Nobel de Paz en 1964. Su sueño terminó con una bala que le destrozó la cara.
Él, en cambio, medía 1.92 m, siempre llevaba anteojos de marco grueso y denunciaba los crímenes históricos de los blancos contra los negros. Malcolm X profesaba el Islam y era partidario de la lucha armada. Un balazo en el pecho acalló su voz a los 39 años de edad.
Estos hombres lograron que la nación tomaran conciencia de la población largamente oprimida por el color de su piel. Desde entonces, los afroamericanos comenzaron a hacerse importantes en varios campos: en la música, con Jimmy Hendrix; en el deporte, con Tiger Woods; en el cine, con Morgan Freeman. Hoy dejan huellla en la política con Barack Obama.