Un resumen ejecutivo (aunque inhumano) diría que hace justo un año Israel lanzó la operación Margen Protector contra la Franja de Gaza, que hace parte de Palestina y es controlada por el grupo Hamás. El resumen continuaría con la cifra de víctimas: según la ONU, 1.462 civiles del lado palestino murieron, un tercio de ellos niños; del lado israelí fallecieron 73: seis de ellos eran civiles y el resto soldados. Para dar luces sobre Gaza y su estado, después de que los 6.000 misiles lanzados por Israel y los 50.000 tanques prestos a disparar destruyeron 18.000 casas, habría que acudir a un método sencillo: escuchar la voz de un gazatí. Rabah, un palestino de 57 años, habitante del barrio Chajaya en Gaza, dice: “Nos iba mejor hace un año: el mundo entero se preocupaba por Gaza y hoy tanto les da”. El testimonio, recogido por la Agencia Francesa de Prensa (AFP), apunta a una conclusión somera: Gaza salió de la bitácora de hechos desastrosos desde que en agosto de 2014 cesó el fuego entre Hamás y el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. Desde entonces, aunque líderes de ambos bandos negocian una supuesta tregua más extensa que las anteriores (ha habido tres guerras en seis años), se han acusado por crímenes de guerra. Entretanto la realidad a nivel del suelo es bien distinta: la mayoría de los gazatíes (los más afectados en un sentido material por los bombardeos) están desempleados (44%, según el Banco Mundial) y sólo el 5% de los materiales para la reconstrucción entran a la Franja. Mohamed Odeh, miembro del Movimiento de Liberación de Palestina, le recordó hace unos meses a este diario la razón de esa prohibición: quizá (sólo quizá: la presunción es suficiente) un gazatí podría crear un arma de guerra con un tubo de metal y el refuerzo de un muro. Esa forma del abandono produjo el escape de más de 300.000 personas de la Franja, vigilada en sus bordes por Israel y Egipto, que cada tanto abre parte de su frontera. Más de 100.000 gazatíes, además, esperan ser reubicados porque su casa quedó en escombros o sin techo o sin un muro esencial o porque temen y sospechan de la tregua. Del otro lado están las discusiones propias de la guerra: a finales de junio la ONU publicó un reporte dedicado a reconocer posibles crímenes de guerra cometidos durante la rebatiña. El organismo acusó a Palestina y a Israel de crear terror adrede sobre la población. Anotó que Palestina lanzó 4.881 cohetes y 1.753 morteros y que los israelíes, a causa del arrojo de violencia, vivieron una cotidianidad insegura y tambaleante durante aquellos 51 días que duró la guerra. Dijo que Israel, aunque sabía que los civiles palestinos estaban muriendo, continuó sus ataques con armamento de impacto masivo, indiscriminado. El gobierno israelí, en respuesta, espetó que la ONU desconocía la diferencia moral entre Israel y sus enemigos. En ambos bandos, la impunidad por las muertes de civiles es, en la práctica, total. El grupo Hamás sostiene hoy conversaciones con los israelíes, mientras que Al Fatah, el movimiento que gobierna en la otra parte de Palestina, Cisjordania, encuentra inexactos aquellos acercamientos. “Ni Israel ni Hamás quieren ahora una nueva guerra”, dice a la AFP el politólogo gazatí Mukhaimer Abu Saada. El bloqueo económico, que suma nueve años, ha forzado al gobierno de Hamás a pedir la apertura de un puerto para alimentar sus arcas porque, parece, ya no hay otro modo de salir de allí: el aeropuerto fue destruido por las bombas.