Son dieciséis de los más ricos ciudadanos franceses y aparentemente están aterrados por la situación económica y fiscal de su país. Y en una carta enviada a la revista Le Nouvel Observateur, se ofrecieron a meterse la mano en el bolsillo y aumentar sus contribuciones al fisco de su país.
“Nosotros, presidentes o directivos de empresas, hombres o mujeres de negocios, financieros, profesionales o ciudadanos adinerados, deseamos que se instaure una contribución especial que afecte a los contribuyentes franceses más favorecidos”, reza la comunicación que circuló ayer por todo el mundo, y que hizo eco a la columna publicada la semana pasada por el multimillonario Warren Buffett en el New York Times, pidiéndole al gobierno de los Estados Unidos un acto similar.
La situación es atípica. La teoría siempre ha indicado que el Estado debe incentivar a las ciudadanos a pagar impuestos, y no los ciudadanos invitar al Estado a recolectarlos. Mucho menos si se trata de los más ricos, que en una economía de libre mercado deben ser liberados de cargas impositivas para sentirse a gusto e invertir.
Y, sin embargo, el excesivo endeudamiento de las economías europeas (con Grecia, Portugal, Irlanda y España como casos extremos) y el atolladero político vivido en Washington entre mayo y julio para lograr un pacto que a la vez reduzca el gasto público y aumente los ingresos fiscales, parecen haber hecho sonar las alarmas de los más ricos.
En Francia, entre los millonarios que firmaron la carta se encuentran Liliane Bettencourt, accionista de L’Oréal, Frédéric Oudéa, presidente del banco de Société Générale; Stéphane Richard, presidente de d’Orange, y Louis Schweitzer, CEO de Volvo y del laboratorio farmacéutico AstraZenec.
La carta aparece sólo un día antes de que el presidente de este país, Nicolás Sarkozy, presente un proyecto de reforma fiscal para paliar el endeudamiento francés y granjearle a las arcas estatales unos 10.000 millones de euros.
Según la prensa francesa, el gobierno en París aspira a recolectar este dinero aumentando entre 1% y 2% los impuestos a los 30.000 franceses que tienen ingresos superiores a un millón de euros.
Por su parte, Warren Buffett, la tercera persona más adinerada del mundo según Forbes, pidió la semana pasada que se dejara de “mimar a los ricos”. El multimillonario, dueño de más de cincuenta compañías y que amasó su fortuna en los mercados bursátiles, publicó la columna en el New York Times en vísperas de que un comité especial de 16 congresistas norteamericanos comenzaran a determinar en qué sectores se reducirá el gasto público con el fin de subir la capacidad de endeudamiento.
En su columna, Buffett fustigó a quienes pregonan que los impuestos desincentivan la inversión y demostró, cifras en mano, que los millonarios en Estados Unidos, pese a estar percibiendo ganancias cinco veces mayores que hace dos décadas, están pagando una tercera parte menos de impuestos.
La prensa internacional saludó el anuncio de Buffett con la misma perpleja efusividad con la que fue recibida ayer la carta de los franceses. Que un grupo de acaudalados ciudadanos sumaran a sus actividades filantrópicas la causa por una reforma fiscal progresiva, ‘a la Obama’, que alivie a los pobres y les exija más a los ricos, no es algo que se ve todos los días.
Sin embargo, a la columna del millonario de Omaha le salieron rápidamente muchos escépticos y detractores. Los primeros no podían creer tanta maravilla y argumentaron que detrás de esta campaña subyace la profunda preocupación por parte del grupo Berkshire (el conglomerado de Buffett) de que con el resquebrajamiento del fisco norteamericano venga el empobrecimiento de las clases medias y bajas de este país, que proveen la mano de obras para más de las 51 empresas de Berkshire y además constituye los principales consumidores de sus productos.
David Weidner, columnista del diario Wall Street Journal, escribió hace unos días: “el éxito de Berkshire depende ampliamente del éxito de la economía y la confianza y la habilidad de la clase media para comprar los productos de la compañía. Uno no necesita ser Warren Buffett para caer en cuenta de que la demografía financiera (de Estados Unidos) se está moviendo en una dirección poco favorable para una empresa que vende chocolates y sofás y publicita su aseguradora con una lagartija hablando”.
Un segundo grupo de detractores, más aliados con las doctrinas económicas clásicas y el paradigma económico alabado por el ala republicana opuesta a Barack Obama, calificó de irresponsable la solicitud de Buffett, al achacar la responsabilidad del excesivo déficit estadounidense a la falta de recaudación en los sectores ricos y no en la ampliación en los programas sociales de salud, pensión y educación, defendidos por el gobierno demócrata.
“Mientras que la recaudación superará un máximo histórico de 18% del Producto Interno Bruto, en promedio una vez se alcance la recuperación económica, el gasto ya hoy supera el 25%, muy por encima de su promedio histórico”, criticó Mike Brownfield en The Foundry, blog de la organización conservadora The Heritage Foundation.
Con vivas por un lado y detractores por el otro, el gesto de los multimillonarios en Francia y Estados Unidos parece ser un capítulo más de lo altamente polarizada que se encuentra el debate económico en el seno de los centros de poder de Europa y Estados Unidos. Aún falta ver si, como ahora suele suceder, el gesto se contagiará a países como España, en donde esta semana se discute también el techo de la deuda. También habrá que ver qué resultados tangibles tendrá en la política de los gobiernos, especialmente ahora que, en el caso de Estados Unidos, Warren Buffett es consultado por el presidente Obama para desenmarañar el enredo político y económico norteamericano.