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Septiembre palestino

El presidente de la Autoridad Nacional Palestina solicitará el reconocimiento de su pueblo como Estado no miembro.

26 de septiembre de 2012 - 04:55 p. m.
Mahmud Abás confía en obtener la mayoría de votos en la Asamblea General para que Palestina sea reconocido como Estado no miembro de la ONU. / EFE
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Hace justo 30 años, en el primer día de este mismo mes de septiembre, los últimos de los miles de fedayines palestinos que bajo el liderazgo de Yaser Arafat habían llevado su lucha desde Jordania hasta las costas de Líbano, se despedían con gestos de victoria y disparos al aire por el malecón de Beirut. Salían del Líbano expulsados por las tropas israelíes que cercaban la capital y bajo la mirada de una fuerza multinacional que se proponía defender a los civiles palestinos que se quedaban en el país de los cedros. Las fuerzas multinacionales se fueron confiadas, dejando campo libre a lo que la historia registrará como la masacre de Sabra y Chatila, los dos campos de refugiados palestinos en la periferia sur de Beirut.

Durante tres días, entre el 16 y el 18 de septiembre, las milicias cristianas libanesas, con el silencioso soporte logístico israelí, perpetraron la matanza de más de mil civiles palestinos, obligando a la comunidad internacional a un colectivo y penoso mea culpa. Un trágico aniversario que se conmemora en estos días y que se ha vuelto otro más de los eventos funestos en la base de la identidad palestina.

Al principio de los noventa los palestinos se pusieron corbata y traje y llevaron su lucha hacia la mesa de negociaciones en Noruega. En un día de septiembre de hace 19 años se celebraba oficialmente la firma de los acuerdos de Oslo, las primeras verdaderas negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, que ponían la base de la solución de dos estados independientes y establecían la Autoridad Nacional Palestina (ANP). La firma de los documentos, aquel 13 de septiembre, se hizo en Washington y no por una simple cuestión logística. El nuevo mundo posterior a la Guerra Fría y liderado por EE.UU. creía con fervor en una solución definitiva a la cuestión palestina.

Desde Oslo, el conflicto codeó hasta llegar en los últimos doce meses a Nueva York. En septiembre de hace un año Mahmud Abás, heredero de Arafat al mando de la ANP, se atrevió a pedir el estatus de Estado miembro en la ONU. El Consejo de Seguridad, en voz de EE.UU., tumbó rotundamente la propuesta. Hoy, Abás intentará volver a poner en el mapa mundial la cuestión palestina, pidiendo a la Asamblea General el reconocimiento de la Autoridad Palestina como “Estado no miembro”. Una iniciativa que teóricamente permitiría a los palestinos acceder a varios organismos internacionales donde intentarán denunciar legalmente la ocupación de su territorio.

Aunque esta iniciativa probablemente resulte exitosa, porque “sólo” necesita del respaldo de más de la mitad de los miembros de la asamblea, al igual que del papeleo burocrático de las altas oficinas de Manhattan, no podrá servir de mucho si a pocos centenares de kilómetros de distancia, en un salón oval en Washington, el tema palestino está olvidado en algún cajón sellado. Las recientes palabras robadas al candidato presidencial republicano, Mitt Romney, desacreditando la actitud palestina hacia la resolución del conflicto, sólo arrojan más luz sobre la escasa voluntad estadounidense de implicarse en una solución negociada. En sus cuatro años de gobierno, la administración Obama ha hecho poco más que criticar suavemente la presencia de asentamientos israelíes en los territorios ocupados con miras a resolver el embrollo palestino.

Actualmente no existe proceso de paz alguno, mucho menos iniciativas de otro tipo para la solución del conflicto. Las negociaciones que se iniciaron en Oslo en 1993 llegaron desde hace años a un punto muerto. En Oslo, los intermediarios noruegos salieron con buena retroalimentación como pacificadores super partes, pero con casi dos décadas de distancia se ha hecho evidente el parcial fracaso de estas negociaciones y del establecimiento de dos estados independientes.

La inminente muerte de la solución para los dos estados parece cada día más cerca si se tiene en cuenta la continua expansión de las colonias israelíes en los territorios ocupados. Hace pocas semanas, desde las columnas del New York Times, un vocero de los colonos en los territorios ocupados declaró que están allí para quedarse. El informal consentimiento del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a los asentamientos ilegales viene acompañado de la voluntad israelí de poner todo el enfoque sobre el programa nuclear iraní y de sellar con el silencio la cuestión palestina, no solo simbólicamente.

Por el bando palestino, las esperanzas se mezclan con el caos de la corrupción de su clase dirigente, las protestas internas y la profunda división entre Fatah y Hamás. La creciente deuda externa, ya demasiado alta para un Estado que no existe oficialmente y consecuencia de las políticas liberales implantadas en forma de ayudas por parte de la Unión Europea y EE.UU., sólo empeora cada día más la crisis humanitaria detrás del conflicto y los años de ocupación.

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Beirut, Oslo, Nueva York, Washington. No obstante la larga vuelta al mundo, sigue siendo más probable que la solución al conflicto pase por las pequeñas aldeas en las tierras disputadas, donde en pocos días empezará la cosecha de aceitunas, una labor que, junto a los trágicos aniversarios de la reciente historia palestina, se ha vuelto símbolo de su identidad. Aldeas y ciudades donde la parcial ocupación, la segregación, el escaso empleo y las inexistentes perspectivas futuras sólo parecen empujar a una futura sublevación.

En uno de los últimos días de septiembre del 2000 explotó la segunda intifada, la última sublevación popular palestina, pero también la que generó más violencia por parte de ambos bandos. Quizás ya sea demasiado tarde para marcar otro aniversario este septiembre. Funesto o no.

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* Profesor de la U. del Rosario e investigador del Centro Colombiano de Estudios Árabes.

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