“¿Qué tal? ¿Cómo estás?” Estira la mano y me aprieta fuerte. Una sonrisa grande se dibuja en la cara, con la mirada fija y sin dejar su gesto cortés me invita a sentarme. Ella, la mujer de edad adulta con la mirada dulce y el rostro arrugado por el tiempo, lleva en su saco de hilo azul un prendedor con el rostro de su hija sonriendo. Es Vera Jarach, una de las mujeres más tenaces que ha tenido Argentina, madre de Plaza de Mayo línea fundadora; a su lado Alejandra Naftal, sobreviviente, defensora de derechos humanos y directora del Sitio de Memoria y Derechos Humanos (Antigua Esma, en donde funcionó durante la última dictadura el centro clandestino de detención, tortura y exterminio más grande de Argentina).
Cuarenta años atrás, el 24 de marzo de 1976, se instauraba el horror en el Estado argentino a través de un golpe cívico-militar autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, encabezado por Jorge Rafael Videla, y con él, uno de los acontecimientos más tristes, sangrientos y desastrosos de la historia del continente. Estos sucesos estuvieron en contexto con una realidad latinoamericana golpeada por fuertes dictaduras militares en varios países, que acompañadas del gobierno estadounidense y su pretendida lucha contra el comunismo, emprenderían desde años atrás escuelas de formación militar y “colaboración” internacional de dichas fuerzas para la interrupción y el derrocamiento de las democracias, consolidando gobiernos militares que ejecutaran “El Plan Cóndor”. Fue entonces que se pusieron en práctica las enseñanzas de dichas escuelas a través de la tortura, el secuestro, la desaparición forzada y el exterminio de personas.
Y fue allí, en medio del silencio impuesto con el terror y a través de mundiales de fútbol como estrategia mediática, que en la búsqueda imparable de impunidad por parte de los represores para sus crímenes de lesa humanidad, los familiares de las víctimas consiguieron en una larga lucha romper el silencio, demostrar que no alcanzaban las armas para matarlos a todos y reclamar al mundo verdad, justicia y memoria.
¿Por qué decir sí a la memoria a 40 años del inicio de la dictadura? En medio de la conversación acerca del panorama político latinoamericano y la importancia de la memoria como trabajo colectivo en el continente, fue enfática Naftal en asegurar que a pesar de las ganancias democráticas que existan en los países, y hablándolo desde el caso argentino, no hay batalla ganada puesto que una de las luchas más largas que llevan las organizaciones de derechos humanos es la de garantizar que dichos crímenes no se repitan, y ello es sólo posible a través de los ejercicios de memoria donde se colectivicen la solidaridad con las víctimas y el dolor de aquellos años.
Es la semana de la memoria en Argentina. Muchos sobrevivientes, nietos recuperados, madres, abuelas y familiares de desaparecidos concurren con sus organizaciones a los sitios de memoria y desde allí, a través de diversos eventos, se recuerda a las personas que la memoria también es presente, pues de los más de 30.000 desaparecidos en la dictadura aún no se han judicializado muchos de los casos. Hay archivos que no se han abierto, queda todavía el mal sabor de la impunidad y la continua búsqueda de la verdad y la justicia para las familias y la sociedad argentina.
Vamos a iniciar el recorrido por el sitio de memoria. Vera comienza con valentía su relato: “Ustedes dirán que yo digo esto por ser la mamá, pero no es así, de todas maneras se los voy a decir: Franca era una niña maravillosa, fue abanderada del Colegio Nacional y tenía unas notas excepcionales. Tenía 18 años cuando se la llevaron, ella siempre estuvo interesada en hacer del mundo un lugar mejor y participaba por eso en diferentes asuntos, estaba convencida, y lo repetía en forma constante, de que para cambiar el mundo había que partir de la educación”. Aunque no se ha esclarecido aún qué pasó el día que secuestraron a Franca, algunas versiones dicen que fue secuestrada junto con otras cuatro personas que compartían con ella la pertenencia a un pequeño grupo sindical de gráficos”.
Mucho dolor guarda ese lugar en el que se busca mantener todo tal cual lo dejaron los represores; después de un recorrido que permite imaginar las situaciones extremas vividas por personas sometidas a capuchas y grilletes las 24 horas, mujeres agredidas sexualmente, choques eléctricos, robos a las casas de los secuestrados, tortura psicológica, trabajos forzados, robo y apropiación de niños a secuestradas que llegaban embarazadas y la muerte rondando en la vida propia o las de los compañeros, queda esa angustia general de resistirse a la crueldad, el odio y la deshumanización.
“Vos sos periodista, ¿no?, me pregunta una mujer joven dentro del predio. “Acercate si querés. Allá están presentando un libro que te puede interesar”. Me encuentro con Silvia Graciela Fontana, hermana de Liliana Fontana, desaparecida en julio de 1977. “Lili” habría desaparecido embarazada y tuvo a su hijo en cautiverio. Allá sigue desaparecida, pero su hijo fue apropiado y recuperado en 2006. Su hermana me recibe calurosamente, acaba de presentar el libro biográfico que con amor ha escrito para su hermana. Lili, se titula. Lleva su fotografía. Ha sido una jornada difícil, hubo lágrimas y recuerdos de las luchas en la presentación del libro. Aún hay vestigios de tanta tristeza. Es inexplicable estar ahí. Aún así, Silvia se sienta conmigo, me habla de la vida de su hermana, de la urgencia de mantener la memoria como garantía de la democracia, como símbolo de no repetición.
Esta no sólo es la lucha por su hermana, ni el libro representa sólo la biografía de ella, es la visibilización de todos los desaparecidos, me dice. Y agrega: “No vamos a bajar los brazos, continuamos luchando y resistiendo”.
Me llevo entonces no sólo los pasos recorridos de una realidad en América Latina que no debió suceder, me quedo para siempre con el ejemplo de lucha y resistencia de personas como ellas, la fuerza del amor que no cede ante la injusticia, pensar en la construcción de un continente diferente, en la solidaridad latinoamericana con las víctimas, en el aprendizaje para que en Colombia también sepamos decir no a la crueldad y la guerra, para buscar y reclamar las miles de personas desaparecidas que nos ha dejado un conflicto de más de 60 años. Como agregó Vera antes de despedirme: “Una cuarta consigna quiero compartirte: Nunca más el silencio, porque no me alcanza el tribunal, si queremos el nunca más, queremos nunca más el silencio”.