Llegó la hora de la verdad. Esta semana —dicen que entre viernes y domingo— el candidato demócrata Barack Obama anunciará quién va a ser su compañero de fórmula. Días después, el turno será para el republicano John McCain. Aunque los comentaristas políticos estadounidenses llevan varias semanas especulando quién va a ser, el abanico de posibles candidatos parece cambiar a diario. Pero cualquiera que sea, jugará un rol muy importante.
Como primera persona en la línea de sucesión presidencial, el vicepresidente asume el poder en caso de que el presidente muera. También es el que llegaría a desempatar una votación apretada en el Senado, que cuenta con cien senadores. Fuera de estas dos funciones, el vicepresidente estadounidense, al igual que el colombiano, no tiene un rol asignado por la Constitución. Sus labores dependen, en gran parte, de su relación con el presidente.
Es el caso del actual vicepresidente, Dick Cheney, y George W. Bush. “Según la última encuesta —dijo el comediante Jay Leno— el 66% de los americanos piensa que el presidente Bush le ha dado demasiado poder a Dick Cheney. El otro 34% piensa que el Vicepresidente le ha dado demasiado poder al presidente Bush”.
En noviembre termina la era de Cheney, el vicepresidente más controversial de los últimos tiempos. La izquierda lo ve como un villano de James Bond, manejando el país desde un búnker. La derecha lo respeta como uno de los grandes políticos republicanos de las últimas décadas, habiendo trabajado en Washington desde los años 70. Un especial publicado el año pasado, The Washington Post lo describió como el vicepresidente más poderoso de la historia. Tiene la confianza absoluta del presidente Bush, quien le permite un gran protagonismo en temas delicados como la seguridad nacional y las relaciones con el Congreso.
Sus antecesores terminaron manejando comisiones sin gran trascendencia. Dan Quayle, el vicepresidente de Bush padre,
fue nombrado director del Consejo de la Competitividad, con la tarea de mejorar el desempeño internacional de la industria americana. Como vicepresidente, Al Gore dirigió la Comisión Nacional para Reinventar el Gobierno.
Un poco de historia
Durante gran parte del siglo XIX, el vicepresidente no tuvo función alguna. John Adams, el primer vicepresidente, dijo que este cargo era “el puesto más inútil que alguna vez haya sido inventado por el hombre”. Cuando le ofrecieron la posición a Daniel Webster, un senador del norte en la época de guerra civil, contestó: “No tengo intención de ser enterrado hasta que me muera”.
En el siglo XX la posición empezó a cambiar. Franklin Roosevelt comenzó la práctica de invitar al vicepresidente a las reuniones del gabinete. Pero fue Richard Nixon quien como vicepresidente de Eisenhower reinventó el cargo. La personalidad arrolladora de Nixon hizo de la vicepresidencia el segundo puesto político del país.
Viajó por el mundo promoviendo los intereses norteamericanos. En una visita a Moscú, en 1959, entró en un famoso debate televisado con Nikita Kruschev sobre los méritos del capitalismo. Desde entonces el perfil mediático del cargo subió.
En la segunda mitad del siglo XX, la vicepresidencia se convirtió en un puesto con un gran futuro político. Hoy en día el vicepresidente es automáticamente considerado presidenciable. En los últimos veinte años todos los que han ocupado ese cargo se han postulado a la Presidencia, con excepción de Cheney.
En esta oportunidad la elección ha cobrado mayor importancia. De llegar a ser elegido, John McCain, de 72 años, se convertiría en el presidente más viejo de la historia. Por eso es consciente de la importancia de elegir su vicepresidente. Por otro lado, Obama, acusado de inexperiencia en el campo internacional y militar, decidió darle un perfil mediático a su selección.
El blog político The Huffington Post dice que al escoger su compañero de fórmula, un candidato presidencial puede lograr tres cosas: unir al partido, dar fortaleza a sus puntos débiles o, simplemente, escoger una figura carismática que no meta la pata en los últimos días de campaña y le ayude a reunir un mayor número de votos.