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Torre de Tokio: machismo imperial

Una columna para acercar a los colombianos a la cultura japonesa. Hoy, la tradición y el poder.

05 de diciembre de 2020 - 09:00 p. m.
Cartel de una exposición en homenaje a los 30 años del reinado del emperador emérito Akihito y la emperatriz Michiko en Kioto.
Foto: Cortesía de Gonzalo Robledo
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Pocos países como Japón pueden darse el lujo de dedicar una enorme hacienda en el centro de su capital a una sola familia, la imperial, y asignarle más de US$100 millones al año para manutención y gastos misceláneos, con el pretexto de congregar a todos sus súbditos en una milenaria tradición. Mientras en Europa crece el desencanto con las familias reales, por considerar que sus escándalos amorosos o financieros, y sus pocas tangibles funciones, son un despilfarro de la plata de los contribuyentes, en Japón hay preocupación por el eclipse de la estirpe imperial.

Como una alegoría de la crisis demográfica que aqueja al país, la familia imperial japonesa se achica y se hace mayor: de sus 18 miembros, solo siete tienen menos de 40 años, y entre ellos solo uno es varón. El candidato más idóneo a heredar el trono después del actual emperador Naruhito es uno de sus sobrinos, quien deberá tener un hijo varón o, según los más alarmistas, el linaje se extinguirá. Una solución sería permitir que las mujeres fueran emperatrices regentes, algo vetado actualmente por una normativa patrilineal, denominada ley sálica en Europa y adoptada por los japoneses en 1947, según la cual solo los hombres descendientes de emperadores pueden sentarse en el trono del Crisantemo.

Los miembros actuales de la dinastía nipona se presentan como una familia discreta y de buena conducta, incapaz de incurrir en las televisivas y melodramáticas infidelidades de sus colegas británicos, o las no menos cinematográficas piruetas financieras de su contraparte española. Su único desmán sentimental en las últimas seis décadas ha sido el amor por las plebeyas. Tres herederos al trono desafiaron el protocolo y se casaron fuera de la aristocracia. El pionero fue el hoy emérito emperador Akihito, quien en 1957 anunció su amor no negociable por una elegante y adinerada plebeya, Michiko Shoda, que había conocido en una exclusiva cancha de tenis. (Lea aquí más columnas sobre Japón).

La pareja tuvo dos hijos y una hija, que se casaron todos con personas sin alcurnia. A los varones, el matrimonio con personas comunes no les mermó ni sus títulos ni su estipendio, pero a la hija, la princesa Sayako, se le despojó de su título imperial cuando se casó con un funcionario tokiota y se le retiró su asignación mensual. También le tocó hacer un curso para aprender a comprar en los supermercados y ahora vive como una mortal común en un barrio de Tokio.

El hijo mayor, el emperador Naruhito, se casó con la exdiplomática Masako Owada, apodada la “princesa triste” por los trastornos psicológicos ocasionados, según la prensa local, por la presión de la burocracia imperial para engendrar el anhelado varón. Masako solo dio a luz a la princesa Aiko, que tiene 18 años y cuyo destino depende ahora de la abolición de la normativa machista, promovida por algunos políticos progresistas, pero poco probable en el país con menos mujeres en el gobierno y en las juntas directivas de empresas dentro del mundo industrializado.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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