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Trabajos en la tierra de nadie

En las últimas tres semanas han sido secuestrados siete trabajadores humanitarios en regiones deprimidas de África.

01 de noviembre de 2011 - 04:56 p. m.
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Monserrat Serra ya no está cooperando en Dadaab, el campo de refugiados más grande del mundo, en Kenia, muy cerca de la frontera con Somalia. Tampoco está en Palafrugell (Girona, Cataluña) con su familia o dando clases de tecnología. Hace meses que dejó Haití, Burkina Faso, Yemen, Darfur; hace 21 días que se sabe muy poco de ella, apenas que fue secuestrada por un grupo armado junto a su compañera, Blanca Thiebaut.

Mone Serra ya no está en Inglaterra, donde conoció a Camilo Vélez, nacido en Bucaramanga y criado en Medellín. El carro en el que se transportaban las dos mujeres fue hallado a 20 kilómetros de la frontera somalí, el 13 de octubre pasado. Dicen que entre los cerca de 463.000 refugiados que habitan Dadaab había infiltrados que pasaban información a sus secuaces y que el secuestro se perpetró cuando las dos mujeres se dirigían a Liboi —la última ciudad de Kenia antes de la frontera— para llegar a un puesto de salud de Médicos Sin Fronteras (MSF) y tratar temas de logística.

Camilo Vélez la conoció cuando ambos tomaban un curso sobre tratamiento de agua: “Mone es experta en saneamiento”, comenta. “Es una loca muy comprometida con la causa de ayudar a la gente”. No es que esté loca sino que le sobra buena onda. Para completar ocho años como cooperante de Médicos Sin Fronteras, más que altruismo se necesita mucha cordura y paciencia y resistencia. Ser cooperante no es ser un turista solidario y Mone “no es una turista solidaria”, como le aseguró su amiga Dolors Gubau al diario El País de España.

Esas cosas pasan, simplemente. En los últimos cuatro años, más de 350 cooperantes han sido secuestrados en el mundo. En todo caso, resulta mucho mejor ser secuestrado que ser asesinado, como los cerca de 700 nombres que conforman esa lista en la última década. Son cifras de Naciones Unidas y ya son 55 los cooperantes españoles raptados en los últimos 15 años.

No obstante, la violencia contra ellos parece haberse desatado en las últimas semanas, en particular desde mediados de octubre. Diez días después del secuestro de Monserrat Serra y Blanca Thiebaut, fueron raptados Ainhoa Fernández, de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de Extremadura; Enric Gonyalons, miembro de la ONG Mundubat, y Rosella Urru, del Comité Italiano para el Desarrollo de los Pueblos. Se los llevaron de los campos de refugiados saharauis en Tinduf, en medio del desierto de Argelia. Un grupo de alrededor de 10 hombres armados llegó en la madrugada y se dirigió a la carpa de los cooperantes como quien ha recorrido el camino una y otra vez. Se los llevaron sin dar explicaciones porque para eso estaban las armas, pero ¿cómo conocían el lugar? Da la impresión de que en Tinduf, como en la mayoría de los campos de refugiados de África, puede que escasee la comida y el agua, pero por lo general no faltan los informantes.

Y apenas dos días después el carro en el que se transportaban el danés Poul Thisted, de 60 años, y la estadounidense Jessica Buchanan, de 32, fue interceptado por milicianos cuando salía de Galkayo (norte de Somalia). Ambos son miembros del Grupo Danés Antiminas y ahora están secuestrados en ese país que completa 20 años de guerra civil.

El oficio de ser cooperante

En Darfur, la mujer tendría unos 30 años, 35 quizá. Se acercó al puesto de salud hablando un idioma incomprensible, un incógnito dialecto árabe. —¿Podemos ayudarla? “No le entendíamos nada, llevaba a su hijo entre los brazos y parecía ofrecérnoslo. Nos lo estaba entregando”. Camilo Vélez recuerda la escena como uno de sus días más tristes como cooperante. Asimilar un golpe de estos no es un asunto que enseñen ni en Colombia ni en Inglaterra ni en España. “La mujer estaba desesperada”. La desesperación, el lenguaje universal.

Vélez estuvo en Darfur entre 2007 y 2008, haciendo lo que mejor sabe hacer en Médicos Sin Fronteras. No es doctor, es ingeniero de producción, pero de su trabajo depende la atención médica. Es coordinador logístico, el responsable del transporte de suministros, del aprovisionamiento de los puestos de salud, de vacunas y alimentos. “Parece que ya había pasado anteriormente; las madres ven a los extranjeros y les ofrecen a sus hijos para salvarlos”.

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Hay puntos en el planeta que son infiernos cotidianos. En Darfur, a dos horas de Al Fashir, donde ocurrió la historia, por años las milicias independentistas se enfrentaron al gobierno de Omar al Bashir haciendo de la violencia un péndulo que un día golpeaba a las fuerzas oficiales, al siguiente a las rebeldes y, en el recorrido, siempre a la población civil. Era menos doloroso que a los niños se los llevaran que verlos heridos o muertos por las balas, degollados o encerrados en una casa en llamas. Los cooperantes palian las realidades de poblaciones en desgracia, pero todavía no tienen el poder para modificar las crueles reglas de la guerra.

Es un oficio peligroso para el que se necesitan emociones bien cimentadas; tiene sus propios mandamientos y también, por supuesto, satisfacciones propias. “A diario uno puede ver al ser humano en la necesidad más extrema, en su nivel mínimo”. Dar un poco de esperanza y recursos en estas tierras, como zonas del nunca jamás, tiene bastantes riesgos: “Necesitamos equipos de radio para comunicarnos, computadores, carros. Se sufren asaltos a menudo”. Después Vélez narra lo peor: “Hay noches en las que se escuchan las balas, hay minas en terrenos cercanos, hay gente a la que no le interesa que estemos presentes en la zona, ni nos respeta, ni les importa. Procuramos no salir de noche, ir en caravanas de mínimo tres carros, no acercarnos a zonas rojas…”.

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Son 11 años trabajando para Médicos Sin Fronteras: en Tanzania colaboró para reconstruir las estructuras sanitarias en la frontera con Mozambique; en Marruecos abasteció los campos de refugiados cercanos al estrecho de Gibraltar, una de las principales rutas que los migrantes africanos cruzan para buscar un porvenir menos cruel en Europa; en Darfur, atendió los campos de refugiados cercanos a Al Fashir.

En Kenia, secuestraron a Mone Serra y a Blanca Thiebaut, allí donde Dadaab es el Gibraltar de los somalíes. La ministra de Defensa española, Carme Chacón, declaró esta semana que, por informaciones en el terreno, el Gobierno pudo establecer que ellas, así como Ainhoa Fernández y Enric Gonyalons, se encuentran bien.

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En el primer caso y en el del Grupo Danés Antiminas, las sospechas apuntan a la insurgencia islamista Al Shabaab que actúa en Somalia. En el segundo, las autoridades del Frente Polisario, que representa al pueblo saharaui, afirman que detrás de la retención estaría Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Es difícil pensar en lo que viene. Entre 2009 y 2010, AQMI secuestró por 267 días a los cooperantes Roque Pascual, Alicia Gámez y Albert Vilalta, integrantes de la caravana humanitaria Barcelona Acción Solidaria en Mauritania. Después de largas negociaciones, la extradición hacia Malí de un condenado por terrorismo en el país del secuestro y el pago por un valor cercano a los US$5 millones efectuado por el Gobierno español, los tres pudieron recuperar su libertad.

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“Mone quiere un mundo mejor”, respondió Dolors Gubau cuando le preguntaron porqué su amiga hacía lo que hacía.

Zona de refugiados

La frontera entre Somalia y Kenia se convirtió desde 1991 en una zona en que los refugiados que huían de la guerra se asentaron para sobrevivir. En dicho año fue derrocado el dictador Mohamed Siad Barré en Somalia, lo que produjo un vacío en el poder que distintos grupos armados apostaron por llenar.

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Los enfrentamientos entre tribus, milicias islamistas y oficiales, ejércitos privados y una declaración de guerra a Etiopía en 2006, han ocasionado un conflicto de más de 300.000 muertos y 2’000.000 de refugiados.

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