El bombardeo aéreo de Estados Unidos a un hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz, la ciudad afgana tomada por los talibanes el lunes pasado, se está convirtiendo en una novela de acusaciones. El director de operaciones de la ONG, Bart Janssens, anunció el retiro del personal de la ciudad (algo gravísimo para los civiles, que se quedan sin atención médica en medio de la guerra), no sin antes señalar que “los bombardeos continuaron aún después de que MFS indicara a los ejércitos afgano y estadounidense que su establecimiento había sido alcanzado por proyectiles”.
Por su parte, el presidente Barack Obama señaló que esperará los resultados de la investigación “antes de tener un juicio definitivo sobre las circunstancias de esta tragedia”. Un hecho que dejó 22 muertos, entre ellos tres niños. Mientras tanto, el Ministerio de Defensa afgano aseguró que “la operación apuntaba a terroristas que atacaron el hospital de MSF y lo utilizaron como base para atacar a las fuerzas afganas y a los civiles”. Algo que MFS niega, al declarar que las puertas del hospital estuvieron cerradas toda la noche y nadie había entrado antes del ataque.
En medio del fuego cruzado de acusaciones, Lajos, un trabajador del hospital, testigo de los hechos, relata que estuvo casi 30 minutos bajo las bombas. “Durante toda la semana pasada habíamos oído bombardeos y explosiones, pero siempre sonaban mucho más alejadas. Esta era diferente: cercana y atronadora”.
Explica que al comienzo de los hechos hubo mucha confusión. “Estábamos tratando de averiguar lo que ocurría, empezaron a producirse más bombardeos. Después de 20 o 30 minutos en los que no pararon de caer bombas, escuché que alguien gritaba mi nombre. Era uno de los enfermeros de la sala de urgencias. Se tambaleaba con una herida muy grave en un brazo”.
Cuando terminaron los bombardeos, relata Lajos, el personal salió para ver qué era lo que había pasado: “El hospital estaba destruido y varias salas completamente en llamas (…). Tratamos de ver si podíamos entrar a uno de los edificios en llamas para ayudar a la gente. No era posible. No puedo describir lo que había ahí dentro. No hay palabras para explicar lo terrible que era. En la unidad de cuidados intensivos seis pacientes estaban ardiendo en sus camas. Luego, una vez de vuelta a la oficina, todo eran gritos y pacientes heridos por todas partes. Fue una locura. Vimos a nuestros colegas morir. El hospital era la única asistencia sanitaria que había en Kunduz. Ahora ya no está. Lo que ha pasado es totalmente inaceptable. ¿Cómo pueden suceder cosas así?”.