Si existiera un premio Nobel de sociología, Michael Burawoy lo habría ganado hace tiempo. Como Paul Krugman o Joseph Stiglitz en el campo de la economía, este profesor de la Universidad de California en Berkeley ha hecho lo que pocos: lograr el reconocimiento mundial de sus colegas mientras critica abiertamente la ortodoxia de su profesión.
Antiguo presidente de la Asociación Estadounidense de Sociología y hoy presidente de la Asociación Internacional, Burawoy se ganó su lugar, literalmente, con el sudor de la frente. Porque lo suyo es la etnografía, esa investigación exhaustiva que se hace mimetizándose entre las personas que se quiere estudiar. Comenzó como funcionario de una mina de cobre en Zambia, siguió como periodista en Sudáfrica, continuó como obrero de una fábrica de carros en Chicago y terminó como operario de siderúrgicas en Hungría y Rusia.
A partir de esas experiencias desarrolló toda una escuela de sociología que ha defendido la investigación cualitativa frente al absolutismo de algunos sectores de las ciencias sociales, para los cuales aquélla es apenas una colección de anécdotas.
Hoy se dedica a estudiar el movimiento mundial de Indignados y a conectar a investigadores y estudiantes interesados en este y otros temas globales. Por eso estuvo en Bogotá, donde atendió las preguntas de El Espectador.
César Rodríguez G.: ¿Cuáles son las lecciones de un año de protestas alrededor del mundo?
Michael Burawoy: Estuve en Egipto en diciembre, durante la primera vuelta de las elecciones parlamentarias. Los militares estaban dispuestos a asesinar a quienes salían a protestar a la Plaza Tahrir, pero aún así los egipcios acudieron a las urnas en cantidades sin precedentes. Creo que los egipcios no van a amilanarse, que lo que sucedió el 25 de enero de 2011 fue una verdadera revolución en la mente de la gente, aunque aún no haya llevado al cambio de régimen.
Las revueltas en Túnez y Egipto desataron guerras civiles en Libia y Yemen, y luchas que continúan en Siria. También inspiraron a los Indignados de España y otros países, la huelga general de Grecia, las protestas con la policía en Inglaterra. Ahora incluso hay manifestaciones contra el fraude electoral en Rusia, lo que, como estudioso de ese país, me parece increíble.
C.R.G.: ¿Cómo ve el movimiento de los “Ocupas” en EE. UU. y su relación con lo que pasa en el resto del mundo?
M.B.: En EE. UU. no habíamos visto nada parecido al movimiento Occupy Wall Street en mucho tiempo. Con su lema brillante —“Somos el 99%”—, le ha ganado el terreno del discurso político al conservatismo, al centrar la atención en un tema del que casi no se hablaba: la desigualdad económica.
Creo que este tema es común a los demás movimientos de “ocupas” en EE. UU. y otros países. En Egipto y Túnez, por ejemplo, la gente se rebeló contra autocracias y políticas económicas que los excluían y privilegiaban a unos pocos.
También pienso que comparten una reivindicación fundamental: la democracia participativa. Estuve en Barcelona. Estuve en Kiev. Fui a la Plaza Tahrir de El Cairo. Por supuesto que hay diferencias entre las causas específicas de las protestas. Pero todas cuestionan la capacidad de la democracia representativa de cambiar, por sí sola, el modelo económico y regular el capital financiero.
Estos movimientos no van a desaparecer, especialmente porque están siendo alimentados por una población estudiantil descontenta, como pasa aquí en Colombia, y por amplios sectores excluidos, que los europeos han llamado el “precariado”.
C.R.G.: ¿Cuál es la contribución específica de la sociología al análisis de lo que está pasando?
M.B.: Lo que distingue a la sociología es que mira el mundo desde el punto de vista de la sociedad civil. Esto la diferencia de la economía (que tiene la perspectiva del mercado) y de la ciencia política (que suele estar centrada en el Estado). Los movimientos de indignados surgen de la sociedad civil y buscan ponerle límites a la expansión no regulada del mercado y del Estado. Por eso la sociología tiene mucho que aportar para entender el contexto económico y político en el que operan los movimientos, sus similitudes y diferencias, las causas que los explican, los obstáculos que enfrentan.
Es un momento propicio para que el debate democrático se enriquezca con las voces de los sociólogos, que han sido menos escuchadas que las de otros científicos sociales. Esto es lo que estoy promoviendo como presidente de la Asociación Mundial de Sociología: que se fortalezca lo que llamo “sociología pública”, que combina la investigación rigurosa con intervenciones en los debates públicos que son definitivos para el futuro, desde la crisis medioambiental hasta la desigualdad socioeconómica.
La sociología también tiene que globalizarse. Por eso estamos organizando cursos virtuales a los que invitamos a profesores de diferentes países a que interactúen con estudiantes de todo el mundo y analicen temas como los movimientos sociales y la crisis económica (ver recuadro). El objetivo es entender y conectar lo que está pasando en diferentes rincones del planeta.
Un curso mundial sobre los indignados
Para analizar las movilizaciones mundiales, la prestigiosa Universidad de Berkeley organiza este semestre un curso virtual coordinado por Michael Burawoy y titulado Sociología Pública en Vivo. Sus catedráticos son destacados sociólogos de diferentes partes del mundo, como Manuel Castells, Barbara Ehrenreich, Michel Wieviorka, Nandini Sundar y Sari Hanafi. Por América Latina estarán Chico de Oliveira y César Rodríguez Garavito. Estudiantes de diversos países tomarán el curso e interactuarán a través de redes sociales. Las transmisiones estarán abiertas al público y las grabaciones quedarán en el sitio web de la Asociación Mundial de Sociología (www.isa-sociology.org).
* Columnista de El Espectador. Ph.D. en Sociología y profesor de la Universidad de los Andes.