Algún día, mucho tiempo después de que hubiera huido de Camboya y del infierno que vivió entre 1975 y 1979 durante el régimen de Pol Pot, Dith Pran dijo que en la vida real no existían los happy ends. Por aquel entonces, año 96, se acababa de divorciar de su esposa. Ella jamás pudo superar los ataques de paranoia y esquizofrenia, los temores y pesadillas de un hombre que se acostumbró a tutear a la muerte, de un simple mortal que para sobrevivir tuvo que comer cualquier tipo de animal, o incluso, como lo confesó alguna vez, carne humana.
Su vida comenzó a ser en realidad una muerte en vida en 1975, cuando luego de la conquista de Phnom Penh, Camboya quedó en manos de un régimen comunista liderado por Pol Pot. Tras rebautizar el país como República Popular de Kampuchea, Pot y sus asesores, ministros y demás, instauraron un experimento de ingeniería social que no era otra cosa que un exterminio generalizado que acabaría aproximadamente con la tercera parte de la población.
Pran quedó preso de aquel sistema. No pudo escapar, y debió aprender a representar diversos roles. Actuaba en el mundo de las realidades para no morir, o mejor, para que no lo mataran. Se camufló como jardinero y portero de hotel, y se hizo pasar por un pueblerino que ejercía de taxista, pero en enero del 76 algún delator sin rostro que recibía perdones a cambio de sus señalamientos lo acusó ante la policía. Fue enviado entonces al campo para su “reeducación”, y allí conoció en carne propia lo más bajo de la condición humana.
Antes del golpe de Pot y los Jemeres Rojos, Pran trabajaba como intérprete para un reportero de guerra del New York Times, Sidney Schanberg, quien había viajado hasta Camboya para cubrir la guerra que estallaba por debajo de las declaraciones oficiales. Sus textos destilaban crueldad, solía decirle Pran. Schanberg simplemente le respondía que aquella guerra soterrada ya él la había vivido antes. Se refería a Vietnam, y a los múltiples reportajes que escribió para el Times, antes de que las guerras fueran “oficialmente” guerras, y sobre los cadáveres de centenares de inocentes.
Cuando los Jemeres arrasaron con el régimen anterior, dejaron marcharse a Schanberg. Creían que sus testimonios y sus textos los justificarían a ellos y a sus actos ante el resto de la humanidad. Sin embargo, más allá de aquella teoría, algunos altos mandos del nuevo sistema sabían que los días por llegar estarían teñidos de horror. No querían testigos, y el asesinato de un corresponsal de Occidente sería la peor de las propagandas. A Pran no lo dejaron salir, muy a pesar de las innumerables peticiones que interpuso ante el gobierno de Pot, su amigo y jefe.
“Durante cuatro años busqué sin éxito cualquier pista de Pran. Ya estaba perdiendo toda la esperanza. Pero una llamada suya de emergencia fue como el milagro de la existencia para mí. Me devolvió la vida”. El llamado llegó desde Tailandia, adonde fue a parar Dith Pran a finales de 1978, aprovechando un momento de transición en la historia política de su país. Los vietnamitas habían invadido parte de Camboya y habían derrocado a los Jemeres Rojos. La guerra de guerrillas se había extendido por todo el territorio. En medio de la confusión, muchos “campesinos” huyeron de los campos hacia sus lugares de origen. Pran fue uno de ellos, pero su regreso fue una tragedia: los esbirros de Pol Pot habían torturado y asesinado a sus tres hermanos, a sus amigos de infancia y a todo aquel que había osado mirarlos a los ojos. “Destruyeron toda la ciudad. El pasado, aquel negro presente y el futuro”, escribiría luego Schanberg.
Pran huyó entonces a Tailandia, se comunicó con Schanberg y acordó una cita con él. El reencuentro fue feliz y triste. Schanberg no vio en su antiguo amigo casi nada de lo que había conocido. Era otro hombre, claro, un hombre que no podía ser el mismo de antes, habiéndole visto el rostro a la muerte en tantas ocasiones. Luego de unas semanas de diligencias diplomáticas, el periodista del Times le consiguió documentos a su viejo intérprete, y a comienzos de los 80 viajaron a los Estados Unidos. Pran tomó algunas clases de fotografía, asesorado por el staff del periódico de Schanberg, y en las noches le relataba a éste sus días en Camboya.
Muerte y vida en 450 páginas
Hacia fines de 1980, Schanberg describió en un reportaje, y posteriormente en un libro, el calvario de su compañero, un relato que sirvió de inspiración para la película Los gritos del silencio, que obtuvo tres Óscares en el 84. El artículo, que se llamó La muerte y vida de Dith Pran , le valió a Schanberg un Premio Pulitzer. Desde aquellos tiempos, los dos sobrevivientes de Pol Pot se dedicaron a hablar sobre la represión en Camboya y las vejaciones del régimen Rojo en cuanta conferencia o medio de comunicación se encontraban por el camino. El día que se enteraron del fallecimiento de Pot, en 1998, organizaron una manifestación para recordarles a sus conciudadanos, tanto estadounidenses como camboyanos, y en general al mundo entero, algunos sucesos que jamás deberían volver a ocurrir.
“Jamás olvidaré que Pran lamentó el hecho de la muerte del dictador y genocida, pues deseaba que se le condenara internacionalmente”, diría con el tiempo Sidney Schanberg. El pasado 29 de marzo, Schanberg citó a una improvisada pero solemne reunión para informar que su amigo, el fotógrafo Didth Pran, había fallecido en la ciudad de Nueva Jersey, como consecuencia de un cáncer en el páncreas. En pocas aunque emotivas palabras, recordó algunos de los apartes del libro que había escrito sobre Pran, la película sobre su vida, y los esfuerzos que durante 26 años había hecho su “hermano” para devolverle a Camboya algo de la dignidad que alguna vez tuvo. Luego lloró.